Patricia Palmer: la química con Mario Pasik, su infancia en Mendoza y el matrimonio “nefasto” del que escapó al venir a Buenos Aires
La actriz escribió y protagoniza Adán y Eva un amor de aquellos, en el Teatro Picadilly
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Nació y creció en Mendoza, en el seno de una familia intelectual, con un papá catalán, anarquista y doctor en Ciencias Económicas, y una mamá pianista. Todos los hermanos leían y disfrutaban la música y, quizá por eso, con apenas 4 años, Patricia Palmer ya estaba sobre un escenario. Y cuando tenía 13 años se estrenó una obra de su autoría que, curiosamente, se llamaba Soy artista. Ese fue uno de sus primeros deseos.
A los 24 años, y con una hija pequeña, se mudó a Buenos Aires, escapando de un matrimonio en el que no era feliz. Enseguida empezó a trabajar en teatro y televisión, y no solo como actriz sino también como guionista, directora y, muchas veces, productora de sus obras. Desde hace tiempo tiene su propio teatro, Taller del Ángel, en Palermo, donde también da clases. LA NACION conversó con ella sobre Adán y Eva un amor de aquellos, que protagoniza junto a Mario Pasik, los viernes y sábados en el Picadilly, y los fines de semana, de gira. Además, recordó su infancia y adolescencia, la decisión de venir a Buenos Aires y cuánto le costó adaptarse. También habla de amor y de maternidad.
-Además de protagonizar Adán y Eva un amor de aquellos, escribiste la obra. ¿Qué querías contar?
-Cuando me llamaron, el texto no me pareció atractivo y sugerí intentar algo distinto. Creé una obra totalmente paralela, la historia de Mario y Mariela, que estuvieron casados durante cuarenta años, tienen hijos, están separados y hace cinco que no se ven, y por una circunstancia, se reencuentran. Ellos se han amado mucho, es un amor de aquellos. Y como ha sido un gran amor, donde hubo fuego siempre quedan interrogantes. Poco a poco, empiezan a sacarse dudas del pasado y descubren cosas que no sabían, pero a destiempo. Tomé algunos textos de Mark Twain, pero los reversioné. Parece que hemos evolucionado tanto con toda la tecnología que tenemos y la inteligencia artificial, y seguimos siendo aquellas personas que queremos amar y ser amadas. Eso no cambió nada, en absoluto. Siempre está ese deseo del ser humano de ser amado y, sobre todo, de pertenecer. Hoy, con todo lo que hemos evolucionado, por ejemplo, en la inclusión de géneros, y no importa de qué género se autoperciba, una persona quiere ser amada, quiere amar, y quiere constituir algo de pertenencia. Esta idea me surgía muy fuerte, y entonces traté de llevar los textos de Mark Twain a ese molino. La obra tiene mucho humor, aún en los momentos más álgidos. La gente se ríe mucho y también se conmueve porque los interpela. Y aquí estamos, en calle Corrientes, de gira, y en verano vamos a Mar del Plata, al Teatro Colón.

-¿Cómo es el vínculo con Mario?
-La verdad que estamos felices, nos estamos disfrutando con Mario y nos llevamos súper bien. Nos cruzamos solamente dos veces haciendo pareja en ficción, en la tira Cuando me sonreís y en un piloto del unitario Situación límite. Para esta obra era fundamental la química en el escenario, porque ellos se han amado mucho, han sido el gran amor de su vida, a pesar de que ya tienen otras parejas. Es importante que suceda la química también entre los actores. Es una comedia que amamos. Para mí, particularmente, es como un hijito.
-¿Y con Diego Ramos, el director?
-Fue una sorpresa para mí. Yo no quería dirigir la obra porque tuve la experiencia de dirigir y actuar, por ejemplo, en Volví una noche. La hice durante dos años y es agotador y dije: “nunca más”, porque no puedo poner la energía en ninguno de los dos lugares. Así que fue un error que me salió fantástico, pero no lo voy a volver a repetir. Es un placer trabajar con Diego. La obra es hermosa porque vale la pena preguntarse sobre el amor y ser una costilla de un entero, ya sea el hombre o la mujer o el quien fuera. Como que necesitamos algo más para completar el sentido de la vida que es tan cruel. Porque la única certeza que tenemos es saber que vamos a morir, y que los que amamos van a morir. Entonces, creo que no hay mejor excusa o mejor fórmula que el amor para llenar ese agujero tremendo que nos presenta la vida.
-Hace muchísimos años que escribís, incluso hiciste novelas, ¿cómo nació esa vocación?
-Mi primera obra se estrenó cuando tenía 13 años, en Mendoza, y el actor era Nerio Tello, que también es periodista. En ese momento yo tenía 13 años y él, 19, y fue protagonista de Soy artista, una historia que transcurría en un circo. Cuando le conté a mi papá que había ganado un concurso e iban a hacer mi obra, no me creyó (risas), porque además estaba el elenco de la Universidad Nacional de Cuyo, todos adultos. En mi casa fomentaban el estudio y la lectura. Mi papá era doctor en Ciencias Económicas y daba Sistemas Políticos en la universidad. Mi mamá era pianista y una gran estudiosa. En nuestra casa había libros por todas partes y estábamos todo el tiempo leyendo, porque no había celular, ni YouTube, ni nada de eso. Entonces, este viaje que hacíamos con la lectura también lo queríamos poner en la escritura, porque todos escribíamos.
-La obra se llamaba Ser artista, ¿vos ya soñabas con ser artista?
-Dicen que vocación es un llamado del alma y en mi caso no hay ninguna duda. No sé si era un sueño o era una certeza. Y tuve la suerte de que mi familia me acompañara. Mi padre era anarquista, muy particular, muy libre, muy feminista. En mi casa éramos seis y cada uno tenía que hacer lo que realmente amaba, lo que deseaba, y ellos lo único que hacían era acompañarte. Eso fue una suerte. Ya desde muy chiquita me empecé a formar en la poesía, en la literatura, en la danza, en el canto, en la actuación. Mi primera maestra de actuación fue Eloísa Cañizares, que vivía en Mendoza y era la esposa del Doctor Pozo.
-¿Cuándo te subiste por primera vez a un escenario?
-Más chica, porque mi papá era catalán y teníamos mucha actividad en el Centro Catalán de Mendoza, que tenía un elenco al que yo pertenecía desde los 4 o 5 años. Hacíamos teatro, hacíamos zarzuelas. Nací en un escenario. Para mí, el lugar más cómodo de la vida es un escenario.
-¿Por qué te mudaste a Buenos Aires a los 24 años y con tu hija muy chiquita?
-La decisión de venir fue para escapar de un matrimonio muy nefasto, muy violento, y para proteger a mi hija, de alguna manera. Yo amaba Mendoza y me desarrollaba y crecía. No sentía que había que venir a Buenos Aires para eso. No era un sueño. Fue por otra razón. Allá tenía mi familia hermosa, a la cual amaba y amo y me apoyaban. Y tenía mis grupos de teatro, de danza, mis amigos. Era bailarina de la Universidad Nacional de Cuyo, pertenecía a un elenco que se llamaba TNT. Después le pusieron una bomba al teatro, cuando estábamos haciendo El avión negro.

-Debe haber sido todavía más difícil adaptarte...
-Fue muy difícil, sobre todo los dos primeros años. Además, en esa época no era fácil el acceso al teléfono para hablar con la familia. Tenías que ir a una telefónica, y te decían “vení pasado mañana a tal hora”, ibas y a lo mejor esperabas dos horas hasta que te comunicaban. Tampoco era barato. Era un lujo para mí poder hacer un llamado. Los dos primeros años fueron de muchísima soledad. Ahí escribí mucho también. Fue muy duro. Lloraba todos los días de mi vida. Pero lo que no te mata te fortalece, y eso me dio una parada en la vida que agradezco. Mi familia era una burbuja muy amorosa. La vida después es otra cosa. Así que me sacudió bastante Buenos Aires, en el buen sentido.
-¿Cuándo sentiste que pertenecías?
-No tengo ese recuerdo. Siento que vine con un propósito que era seguir con todo lo mío, en teatro fundamentalmente. Y empecé a relacionarme con gente y a trabajar. Quizá, algún día vuelva a Mendoza. No lo descarto, para nada. Siento que en Mendoza hay un lugar importante para mí, y están mis hermanas. Tal vez, cuando ya no me interese más trabajar, mi lugar esté en Mendoza, o yendo y viniendo. También quiero decir que amo Buenos Aires. Es maravillosa, única, inigualable. Tuve la suerte de viajar mucho y no hay otra ciudad tan mágica como Buenos Aires. La elegiría mil veces. Hoy en día, la propuesta teatral que tiene no existe en ninguna parte. Y tenemos una adicción a la cultura, a la música, a la lectura, al teatro, a la danza, al arte, a la pintura, a la plástica. Y eso para mí es oxígeno. En Buenos Aires no hay ninguna posibilidad de que uno se pueda aburrir o pensar que la vida no tiene sentido.
-Hablabas antes del amor. ¿Tuviste un amor de aquellos?
-Por supuesto que tuve grandes amores. Bueno, no tanto en plural. A lo mejor uno o dos, quizás. Después, sí he salido y he tenido parejas a quienes he querido y he sido muy querida. Me siento muy amada y he amado y he tomado compromisos, pero el gran amor es otra cosa. Puedo establecer una diferencia de lo que es un amor de aquellos a estar bien en pareja, y diría que esto es más saludable. No tener un gran amor, sino estar bien.
-¿Hoy estás sola o en pareja?
-Sola no estoy nunca porque estoy rodeada de amor y de familia. Quisiera estar un poco sola (risas). Y lo de la pareja, me lo reservo.
-¿Cómo es el vínculo con tus tres hijos?
-Prefiero preservar todo lo familiar porque involucra a otras personas que no les gusta salir en los diarios. Y yo tengo mucho respeto por mis hijos. Ellos no son figuras públicas. Mi hija mayor, Paula, es cantante lírica y está en la ópera, que es otro mundo. Puedo decir que están todos bien y que nos amamos.
-¿Tenés proyectos?
-Este año estoy haciendo un montaje de una obra mía que se llama Berrinche Hamlet. Hamlet es una obra que se da en todo el mundo, indefectiblemente, cada año. Es la única obra, creo, que no se deja de dar nunca. Y según Harold Bloom, que es un estudioso de Shakespeare, dice que cada vez que se hace Hamlet es una manera más de hacerlo mal. Es como un berrinche que tenemos los actores, los directores, de meternos con esta obra que es tan compleja, que tiene capas y capas y capas, y cada uno se agarra de la capa que puede y la cuenta desde ese lugar. En Berrinche Hamlet hay un grupo de muy malos actores, que tienen el berrinche de hacer Hamlet. Tiene mucho humor, porque me sale escribir así.
-¿Y lo vas a presentar en tu teatro, Taller del Ángel?
-En el Ángel, claro. Se va contando paralelamente lo que le pasa al grupo, que son todos perdedores, y lo que sucede en Hamlet. Me apasiona el trabajo, porque nuestro trabajo no es trabajar. Yo siempre digo que peor es trabajar (risas). Y además voy a dirigir un espectáculo con Julia Zenko sobre la vida de María Elena Walsh, en 2027.
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