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Tamara Paganini es historia viva de Gran Hermano. En la primera edición local de ese programa, transmitida en 2001, logró ser subcampeona y consiguió una popularidad que la consolidó como una de las grandes figuras asociadas al fenómeno de los reality shows. Pero en los años posteriores, Tamara atravesó momentos personales muy difíciles, muchos de ellos relacionados justamente con esa exposición pública.
En una charla con LA NACION, la recientemente eliminada de la edición 2026 habla sobre qué significó para ella su vuelta a la casa, analiza su estadía de 147 días, propone una mirada sobre la generación más joven de “hermanitos” y reflexiona acerca del costado más amargo de la popularidad televisiva.
-¿Te tomó por sorpresa tu salida de la casa?
-No pensaba en que hubiera mucho camino por delante. Si no era esta semana, yo ya me veía afuera la próxima, porque el círculo se estaba cerrando mucho. El embudo ya era muy angosto y no me veía con el perfil como para llegar a la final.
-¿Qué diferencias ves entre este Gran Hermano y esa casa fundacional de la que formaste parte en 2001?
-Este es otro reality. Más allá de que sea otro mundo, es otro reality. Nada que ver. En la casa fundacional éramos todos carmelitas descalzas en comparación con esta edición, que fue muy arriba. A esta casa la había visto un par de veces desde afuera y dije “estos pibes se van a la mierda”, pero cuando entré lo sentí diez veces peor. Acá hay intensidad, y constantemente pensás por qué lado te la van a dar, porque cualquier cosa es para conflicto. Y a veces las cosas que sí eran para conflicto pasaban desapercibidas, y yo no entendía qué pasaba. Pensaba que siempre iba a pasar algo; era vivir todo el tiempo así, despertarse y saber que iba a ser un día durísimo.
-En todos estos años que transcurrieron, ¿fantaseabas con la idea de volver?
-Nunca jamás me hubiese imaginado que iba a volver a entrar en Gran Hermano. Nunca en 25 años me imaginé que iba a pisar otra vez esa casa. Se dio todo por casualidad, aunque dicen que las casualidades no existen. A mí realmente me costó sanar muchas cosas durante muchos años, hice bastante terapia y cuando sané, cuando perdoné, cuando di vuelta la página, ahí empecé a escribir un libro para contar todo lo que me había pasado cuando salí de la primera casa de Gran Hermano. Es el día de hoy que cuando cuento lo que viví, hay gente que no me cree, que no puede entender el nivel de violencia que viví.
-¿En qué sentido?
-La gente me tiraba cosas en la calle, me escupía, me gritaban barbaridades permanentemente. No podía salir de mi casa. Cuando mi novio se tenía que ir a trabajar, se subía al techo y cruzaba por arriba toda la manzana para poder salir. Lo perseguían, incluso lo hicieron chocar contra un árbol para sacarle una foto. La gente no se imagina... Me tocaron tantas veces la cola, que ya a lo último ni me daba vuelta porque era moneda corriente.
-¿Cómo lograste armarte frente a toda esa violencia?
-Casi me tiro abajo de un tren, pero por algún motivo no llegué a hacerlo. Fue una época durísima. Fue depresión, salir, tomar, volver borracha, encerrarme para no chupar. No puedo explicar las cosas que he pasado, que he hecho y que me han hecho en estos 25 años. Entonces pensé en escribir un libro para contar todo lo que había pasado y lo que me costó sanar, pero cuando empiezo a escribirlo, se abre la posibilidad de entrar nuevamente a Gran Hermano y pensé que era la frutilla del postre. Era un tratar de demostrarme que sané y ponerme el desafío de volver a entrar. Y cuando se abrió la puerta y puse un pie adentro de la casa, para mí se cerró un ciclo. En vez de comenzar algo, ahí estaba terminando con algo.
-¿Cómo ves a la nueva generación de “hermanitos” procesar la fama y la exposición que te da este reality?
-A mí me da un poco de ternura pensar en cómo se estresan porque los insultan en redes. Si a estos chicos les hubiese pasado lo que me pasó a mí, no están en el mundo. Estas generaciones son un toque más débiles y me da ternura, pero al fin y al cabo, a cada uno le afecta lo que le afecta. Siempre dije que Gran Hermano es nocivo y si vos no estás preparado para lo que se te viene afuera, te hace mal. Siempre tenés que estar acompañado de un psicólogo. Desde luego que también es importante que te acompañe tu familia y tus amigos, pero más que nada es clave apoyarte en un profesional porque hay mucha gente que cree que sabe lo que le va a pasar afuera, pero uno no toma conciencia de lo que es hasta que te pasa. De todos modos, hoy la fama es diez veces más efímera que antes.
-Atravesaste muchos momentos de dolor, ¿cuál fue siempre el primer paso que encontraste para avanzar?
-Creo que no soy la persona indicada para dar consejos, porque la verdad es que fui a los tumbos. No sé cómo salí, no sé cómo lo hice, no sé cómo estoy viva. Nunca dije “voy a ser fuerte, voy a superar esto”. No me salieron todas esas frases de libro de autoayuda. Hubo momentos en los que no tenía fuerzas ni para proponérmelo. Sí detecto que siempre me ayudó el humor... Le puse humor hasta a las cosas más trágicas de mi vida. Siempre logré reírme y buscarle el lado tragicómico a todo.
-¿Actualmente quién o qué es tu refugio?
-Mi refugio siempre fui yo. La persona con la que más me gusta estar en el mundo es conmigo, sola en silencio, en mi casa. Mi casa es silenciosa aunque la gente crea que pongo música al palo. En su momento cuando salí de Gran Hermano no podía conseguir alquileres, no sabía dónde vivir porque no me querían alquilar. Se pensaba que era una especie de Charly García que les iba a pintar las paredes. Pero hoy mi refugio es estar conmigo, con mis libros, con mis cuadros, y a todo eso desde hace muchos años se agregó Sebastián, mi novio. Él es lo más importante que tengo en la vida, es la mitad de mi cuerpo.



