Presidentes de película
Hollywood ahora los retrata con menos inocencia que antes
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La figura del político, especialmente la del presidente, es el eje de uno de los fenómenos más explotados por el cine durante los años 90.
Ya sea como líder nacionalista, héroe de acción, sexópata incorregible, títere patético, populista mentiroso, romántico empedernido o mera víctima de una intrincada conspiración, lo cierto es que los últimos acercamientos hacia los líderes norteamericanos han perdido el candor, el principismo y los valores morales con los que fueron retratados en las épocas doradas de Hollywood.
Los mismos artistas que a principios de los años 90 se manifestaron "enamorados" de Clinton y hasta financiaron su campaña, hoy producen, dirigen o actúan en decenas de películas con miradas cuanto menos irónicas (y generalmente cínicas) inspiradas en las andanzas del presidente.
La Casa Blanca ("un ámbito que para el cine se ha convertido en una mezcla entre la Mansión Playboy y el castillo de Drácula", según la definición de la revista Time) o el Capitolio, que alguna vez fueron símbolos de la fortaleza del sistema americano, se han transformado en el ámbito ideal para todo tipo de turbios manejos con altas dosis de violencia sexual y miserables luchas por el poder. Eso, en el "mejor" de los casos, ya que -como ocurre en "Día de la Independencia"- directamente pueden terminar volando por los aires durante un ataque marciano.
Quizá la mejor síntesis de esta escalada cínica y amarillista sea una línea de diálogo del film "Poder absoluto", en el que un malvado agente del Servicio Secreto le dice a Clint Eastwood: "Para bien o para mal, es mi presidente".
Con más cinismo
"Los tiempos fueron cambiado a medida que fui creciendo -opina el asesor presidencial Douglas Sosnik-, porque cuando yo estaba en la escuela te enseñaban que tenías que tener una confianza absoluta en tu gobierno. Pero, después de Vietnam y Watergate, la sociedad se fue poniendo cada vez más cínica acerca de sus funcionarios, y eso se ve reflejado en nuestras películas."
Algo similar opinan Jack Valenti, titular de la Motion Picture Association of America, para quien "en los días de Jack Kennedy y Lyndon B. Johnson la gente veía a la Casa Blanca como un lugar sagrado", y James R. Ketchum, un veterano ex trabajador del lugar, que recuerda que hace medio siglo un grupo de cineastas llegó a filmar una película en la que se reverenciaba al perro de Franklin D. Roosevelt, Fala.
Si bien el cine clásico también se ocupó de diversos casos de políticos corruptos o demagogos, prácticamente siempre aparecía en ellos algún rasgo de humanidad o mínimos valores que los redimían o, al menos, no los dejaban caer en el ridículo.
En films como "Caballero sin espada" ("Mr. Smith Goes to Washington", 1939) o "Triunfo supremo" ("Yankee Doodle Dandy", 1942), las figuras presidenciales aparecen como intachables y veneradas. Incluso en "Su último deber" ("State of the Union", 1948), donde Spencer Tracy engaña a su esposa Katharine Hepburn, el primer mandatario tiene el suficiente decoro como para abandonar la política.
Relaciones peligrosas
Ya en los años 60 las cosas empiezan a cambiar, aunque todavía hay películas ejemplificadoras como "Diez pasos inmortales" ("Sunrise at Campobello", 1960), donde el Roosevelt -que es interpretado por Ralph Bellamy- alcanza la cima de la decencia y las buenas intenciones, y "El mejor candidato" ("The Best Man", 1964), adaptación de la obra de Gore Vidal en la que se enfrentan hasta las últimas consecuencias Henry Fonda y el inescrupuloso Cliff Robertson.
Por entonces, ningún productor se atrevía a filmar las relaciones peligrosas entre Roosevelt y Lucy Mercer Rutherford, las de Dwight Eisenhower con Kay Summersby ni las innumerables aventuras amorosas de John Fitzgerald Kennedy.
Pero la Guerra Fría y el creciente descontento de la sociedad norteamericana para con sus gobernantes hizo cambiar la mirada del cine: Stanley Kubrick realizó una fuerte parodia en "Doctor Insólito" (Dr. Strangelove", 1964), mientras que ya en "Todos los hombres del presidente" ("All the President´s Men", 1976) aparece por primera vez un presidente real como Richard Nixon en el papel del villano. Su figura sería retomada dos décadas más tarde, también en un retrato tormentoso y poco favorable, por Oliver Stone.
Pero tan sólo en los años 90 se produjo el masivo interés de Hollywood por los excesos de la política. Desde el progresismo, Tim Robbins optó por la sátira para retratar en su ópera prima, "El ciudadano Bob Roberts", los métodos que un cantante de folk, tan yuppie como reaccionario, utiliza para manipular a su audiencia y a la prensa durante su campaña para senador. Una película que remite a otros clásicos sobre el ascenso y caída de candidatos oportunistas como "Decepción" ("All the King´s Men", 1949).
Como en botica
La galería de presidentes de los últimos años van desde el piloto chauvinista que Bill Pullman encarna en "Día de la Independencia" hasta el sexualmente violento que interpreta Gene Hackman en "Poder absoluto", pasando por el viudo enamorado de Michael Douglas en "Mi querido presidente", el mandatario improvisado de Kevin Kline en "Dave, presidente por un día" o el desquiciado Jack Nicholson en "¡Marcianos al ataque!". También pueden ser víctimas de tenebrosas confabulaciones como en "Asesinato en la Casa Blanca", "En la línea de fuego" o "Conspiración".
Y así llegamos hasta el amoral presidente de "Wag the Dog, mentiras que matan", que mantiene relaciones con una menor de edad, y al cínico político de "Colores primarios" para quien el fin justifica cualquier medio. Pero todavía hay más: en fase de preproducción se encuentra "Sacred Cows", guión de Joe Eszterhas en el que el primer mandatario se acuesta con... una vaca.
Por suerte, el establishment todavía encuentra a un héroe de historieta como el Harrison Ford de "Avión presidencial". Su guionista, Andrew Marlowe, dice que la película es como un bálsamo frente a la escalada cínica que se evidencia tanto en Hollywood como en Washington: "La gente está muy desilusionada con nuestro proceso político y lo que nosotros quisimos presentar es a un presidente en el que se pueda creer, una figura que pueda hacer su trabajo, moralmente correcto, y que incluso pueda patear unos cuantos traseros".






