
Subcultura, género musical y delineamiento estético; una aproximación posible a cómo un movimiento libra batalla contra un sistema que busca ganarle mediante la aceptación
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Antes de siquiera poder abordarlo, el punk dispara una serie inequívoca de preguntas que echan por tierra la vaciedad que sus detractores han querido calzarle. A saber: ¿dónde empieza el género musical? ¿Desde dónde se abarca el fenómeno de la subcultura? ¿Cómo referirse a su estética como "moda", cuando su línea fundadora sería capaz de repeler a botellazo limpio a quien utilizase ese vocablo para referirse a su indumentaria? Estos y otros interrogantes posibles dejan en claro que, detrás de una mascarada de simpleza al borde de lo rudimentario, hay un fenómeno que esconde una complejidad notable.
Pasan los años, y Estados Unidos, Inglaterra y Australia todavía siguen pujando para que se les reconozca haber tirado la primera piedra. Pero seguir una línea cronológica no es suficiente, porque lo que dio sus primeros pasos en Nueva York fue algo más ligado a un circuito arty (el CBGB condensaba a Ramones con el filo poético de Patti Smith y los primeros pasos de Talking Heads), mientras que en Gran Bretaña fue el alarido disconforme de una juventud desocupada y nihilista, en la que las políticas de gobierno impedían vislumbrar ningún tipo de futuro. En Londres, Manchester, y otros centros urbanos, el punk también comenzaba a ser una respuesta generacional a lo que varios creían que se había convertido el rock. Antes de ser el líder de Sex Pistols, John Lydon era un flaco desgarbado que se paseaba por Carnaby Street con una remera original de Pink Floyd a la que le había escrito de puño y letra un tajante "I HATE" por encima del nombre de la banda de Gilmour y Waters.
Construida a partir del inconformismo, la subcultura punk se construye en base a lo que encuentra en el basurero de la historia. Como bien lo describió el periodista y ensayista Jon Savage, es "un bricolaje de casi todas las culturas jóvenes del mundo occidental posteriores a la Segunda Guerra Mundial, unidas entre sí con alfileres de ganchos". Jeans raídos, camperas de cuero curtido, borcegos Dr Martens, tinturas y crestas sostenidas con jabón de lavar surgen primero como identificación estética, pero también como un arma planeada para generar conmoción en los sectores más rígidos y estructurados de la sociedad.

El punk nació como una respuesta iracunda al orden establecido, pero he aquí una cruel ironía. Lo que el sistema no puede destruir, lo termina aprobando, clavándole un visto bueno que anula la fuerza de su impacto. Es el riesgo de jugar con una navaja de doble filo. Antes de que se tocase una sola nota, el punk inglés nació como propuesta estética desde las vidrieras de SEX, una boutique en Chelsea fundada por Malcolm McLaren (luego ideólogo y manager de Sex Pistols) y Vivienne Westwood. Lo que en un principio aterró al sector más conservador de la sociedad, con el tiempo pasó a tener la aprobación del establishment. Piénsenlo de esta manera: musicalmente, basta con que un artista o banda X toque tres acordes a pulso acelerado para ser catalogado como punk, y hasta tendrá su presencia garantizada en festivales mega-esponsoreados. Westwood fue premiada tres veces en los British Fashion Awards y, poco antes de morir, McLaren estuvo en Argentina como parte de ArteBA... ¡auspiciado por una marca de vino espumante! Y, sin irnos tan lejos, podemos pensar qué debe sentir un pibe que en los 90 bancó la parada en una estación de trenes del conurbano cuando ve que en Palermo las casas de marca venden diseños ramoneros en telas de calidad y con precios que superan los tres dígitos. Esto no quita que el costado combativo del punk haya desaparecido. Por el contrario, son el combustible de su lucha. Para encontrarlos, sólo resta hacer lo que debió estilarse al momento de su nacimiento: buscar en los márgenes.





