
¿Qué ver este fin de semana?: el film protagonizado por Robert de Niro que recuerda a los thrillers de los 90
Susurran tu nombre se acaba de estrenar y relata la persecución de un asesino serial
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Susurran tu nombre (The Whisper Man, Estados Unidos/2026). Dirección: James Ashcroft. Guion: Ben Jacoby y Chase Palmer (basado en la novela de Alex North). Fotografía: Peter Deming. Edición: Christopher Tellefsen. Elenco: Robert De Niro, Michelle Monagham, Adam Scott, Michael Keaton, Acston Luca Porton, Owen Teague, Hamish Linklater. Duración: 111 minutos. Disponible en: Netflix. Nuestra opinión: buena.
“Hay gente como vos y como yo que nació para estar solo”. Eso le dice el legendario asesino de niños a su captor luego de más de veinte años de encierro. Toda la conversación que intercambian Frank Carter (Michael Keaton), el “Susurrador”, y el policía retirado Peter Wills (Robert DeNiro) ofrece quizás la mejor escena de la nueva película de Netflix, Susurran tu nombre. Basada en el libro de Alex North de 2019, recuerda los thrillers de asesinos seriales de los años 90, lógicamente lejos de la maestría de El silencio de los inocentes o Pecados capitales, pero cerca de otros de ellos como Copycat o El coleccionista de huesos, que buscaban fortalecer una tendencia. Lo que consigue Susurran tu nombre, en su modesta producción para streaming con un elenco sólido e inspirado sobre todo en los veteranos Michael Keaton y Robert De Niro, es afirmar el atractivo de estas narrativas perturbadoras, preguntándose el porqué de su fascinación y de la consistente estela de su morbo.
Esa soledad de la que habla Frank en su encierro también aqueja a Pete, aislado en los bosques de Nueva Jersey desde su retiro de la policía. Al parecer aquel caso del Susurrador, que dejó varios niños como víctimas de un ritual perverso y macabro, confinó al investigador al aislamiento, el alcoholismo, y el desencanto de aquello que la humanidad tenía para ofrecerle. Sin embargo, la reaparición de un posible heredero de ese victimario lleva a la detective Amanda Beck (Michelle Monaghan) a tocar a su puerta. Un poema aterrador, unas cintas grabadas en cassette, dibujos infantiles a trazo de crayón concentran el modus operandi de un nuevo artífice de secuestros y crímenes seriales. ¿Un fanático que decide emular a aquel predador encarcelado? ¿Un cómplice que nadie pudo encontrar? ¿La confirmación de que el horror no tarda demasiado en repetirse?

Los interrogantes se acumulan mientras el nieto de Wills se convierte en la nueva víctima de ese misterio. De allí que el encuentro con Tom Kennedy (Adam Scott), exitoso novelista que en su seudónimo niega el apellido paterno, permita algo más que la dinámica de la investigación y la complicidad en la pesquisa. Como había ensayado Jonathan Demme en su juego de dobles y traumas entre Hannibal Lecter y la agente del FBI Clarice Starling, aquí también el presente y el pasado se tornan espejados, los involucrados actualizan reclamos, la atracción por el crimen encuentra arraigo no en la anomalía, sino en la propia condición humana. “Este imitador te está eclipsando”, desliza la detective Beck a su ufanado interlocutor, esposado en cadenas en esa prisión de máxima seguridad. “Si tiene suerte y sigue matando, ¿qué pasará con tu mito cuando te supere?”.

En ese espiral de repeticiones los ecos alcanzan a las familias involucradas. Tom Kennedy llega a la ciudad con su hijo Jake y la ilusión de comenzar de nuevo tras la muerte de su esposa. Pero Jake no llega solo, sino acompañado del fantasma de “la niña del suéter azul”, una amiga imaginaria que lo sostiene en el duelo pero que también irrita al padre y convierte el nuevo hogar en un terreno de hostil enfrentamiento. ¿Fue su negativa a comprender el dolor de su hijo lo que impulsó al chico a los brazos de un nuevo Susurrador? También Pete ha malogrado su vida familiar. “Eras un buen detective, un padre pésimo, pero un buen detective”, le recuerda Tom a su padre como el único reconocimiento posible. Y también Frank Carter pide por esa familia que lo traicionó hace tiempo, cuando fue encerrado y acusado de las peores atrocidades. “¿Qué cuentas espera saldar en ese reencuentro?”.
No hay demasiados hallazgos en la estética del director James Ashcroft, salvo los convencionales contraluces de la nocturnidad, algunos bosques con árboles sacudidos por el viento, destellos de un género desgastado por su trajinada explotación. Pero hay ciertas ideas que ya asomaban en su película anterior, The Rule of Jeny Pen (2024), también sobre veteranos psicópatas y perseguidores, asuntos familiares pendientes y un espacio de encierro y confinamiento, que le da esta vez una atmósfera densa, cargada de presagios e ironía.

Pero hay algo fascinante en esa cinefilia “de coleccionista”, como la que abunda en estos tiempos, recogiendo ‘easter eggs’, pequeñas citas ocultas como guiños cómplices para quien las descubre. Se asemeja a ese intento de aferrarse a lo perdido a través de sus representaciones, como la madre de Jake contenida en los objetos queridos. Los retazos de la juventud están también en las películas evocadas: el atractivo vintage en el uso de las cintas analógicas, los ecos de los thrillers de los 90, el terror psicológico fundante de los 40. Un mapa de referencias cruzadas que también permite pensar en la permanencia de este género, en aquello que nos lleva a ver crímenes y muerte en la pantalla como mórbido espectáculo de lo prohibido.


