
Fueron los bichos raros del Ozzfest. Directo y sin escalas desde el desierto de California, las “Reinas de la Edad de Piedra” tocan ese grunge psicodélico que no morirá jamás.
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Esta noche, el cantante y guitarrista Josh Homme no tiene que trabajar, así que se pide otro Bloody Mary. En realidad, pide una vuelta para todo su grupo: Queens of the Stone Age. Los Queens son una banda heavy ojo: no una banda heavy metal del desierto de California. Ahora se encuentran tomando unos tragos al aire libre en un bar solitario de Virginia Beach. A más o menos una cuadra están el mar y una rambla poblada de casas embrujadas, dulcerías y restaurantes con nombres como Panqueques Pocahontas. De tanto en tanto, sobrevuelan a poca altura aviones militares de una base cercana. Los Queens vinieron a Virginia Beach a tocar rock & roll.
–¿Nos los podrías traer dobles? ¿En vasos grandes, digamos?– pide alguien a la camarera.
–Y que sean fuertes –solicita Homme, un hombre alto, delgado, pelirrojo y buen mozo, de cabello corto y con aspecto de norteamericano típico–. Que peguen duro. Como nos pegamos entre nosotros…
–Somos unos borrachos. ¡Que comience la joda! –lo apoya riendo Nick Oliveri, compañero de crímenes de Homme desde sexto grado. Si bien Oliveri tiene un aspecto que pide a gritos tatuajes en sus bíceps y cualquiera podría imaginárselo blandiendo un rastrillo –tiene la cabeza afeitada y una larguísima barba que se acaricia a cada rato dejándola puntiaguda–, es el más alegre y cálido de todos los presentes. Hoy tiene puesta una camisa hawaiana con un estampado de botellas de sake.
Los tragos llegan poco después, en vasos gigantes que parecen de limonada. Entonces se acerca una mujer de mediana edad con ropa de playa.
–¿Cómo es que se llama el grupo? –pregunta.
Homme rota sobre su eje y, mientras se le dibuja una especie de sonrisa por el absurdo que está a punto de decir, responde, inmutable:
–Nos llamamos Queens of the Stone Age [Reinas de la Edad de Piedra].
–Ah –dice la mujer, que por un segundo contempla la posibilidad de fingir que los oyó nombrar y después se arrepiente, limitándose a comentar–: Buenísimo.
Homme es un tipo chistoso. aunque hace cuatro años que está en Queens of the Stone Age, sigue divirtiéndose como loco cuando debe decir ese nombre en público. Pero, por otro lado, el músico –que fundó su primera banda, Kyuss, a principios de los 90, cuando tenía apenas 14 años– se toma la música muy en serio. La música es su vida. Por eso, en cierto sentido, además de hacer música le da por burlarse de ella.
Pero si hay algo que los Queens no son, es un grupo en joda: no se trata de una banda como Spinal Tap. Tienen un sonido difícil de definir –cambia de un tema a otro–, pero por lo general es abierto y muy distorsionado; encajaría en algún lugar intermedio entre el grunge y la psicodelia. Es, no cabe duda, un sonido que nació del desierto. Y es un sonido que pega duro (sí, como se pegan entre ellos). De cualquier modo, queda claro que no se puede comparar a los Queens con la nueva ola de metaleros que están al tope de los rankings. Antes de tocar la primera nota, Homme anuncia al público que no los conoce: "Hola. No estamos enojados y no hacemos rap". Es gracias a la extraña vigencia eterna de ese rock que tocan los Queens –la sensación de que hacen exactamente lo que quieren hacer, siga la moda o no, como si estuvieran disociados de los últimos veinticinco años de cultura popular– que Rated R, su nuevo disco, es tan impresionante.
Pero sí, también es cierto que a Homme le gustan los chistes. Por empezar, eligió el nombre Queens of the Stone Age para hacer enojar a los metaleros homofóbicos ["queens", además de "reinas", significa "maricas"]. El tema que abre Rated R se llama "Feel Good Hit of the Summer" [Dosis del verano para sentirse bien], y la letra, en toda su extensión, dice: "¡Nicotina! ¡Valium! ¡Vicodin! ¡Marihuana! ¡Extasis! ¡Y alcohol!". Rob Halford, ex cantante de Judas Priest, se encarga del estribillo: "¡C-c-c-c-co-caíííííííína!".
–Halford estaba en el estudio de al lado –recuerda Homme– y le dije: "Viejo, ¿te animás con este tema?". El me preguntó: "¿Cómo es la letra?". Lo miré, después miré a los chicos y dije: "Mejor, la escribo". La escribí con letras bien grandes en una hoja y se la di. El dijo: "Ah. Cóctel de rock & roll. Lo conozco".
La otra razón por la cual Rated R es tan genial es que los temas como "Feel Good Hit of the Summer" son ejecutados con total solemnidad, sin que a los músicos se les escape ni una sonrisa, y como si nada pasan a canciones como "The Lost Art of Keeping a Secret", el primer corte de la placa, una composición absolutamente seria, cargada de sonidos de vibráfono, que va acumulando rabia discretamente. Homme y Oliveri –bajista y primera voz en dos de los temas– grabaron el resto de Rated R con un elenco rotativo, lo que intensifica los climas cambiantes del álbum. Las canciones varían de un himno punk a toda velocidad ("Quick and to the Pointless") a un despliegue alucinado de percusión ("Better Living Through Chemistry") y luego a una suave intervención vocal a cargo de Mark Lanegan, ex cantante de Screaming Trees ("In the Fade").
Todo esto empieza a parecer lógico si uno tiene en cuenta de dónde surgieron Homme y Oliveri. Los dos se criaron en familias de clase media en Palm Desert, California, un pueblito ubicado en un valle que también alberga una ciudad glamorosa (Palm Springs), un centro agrícola (Coachella) y una meca de la comunidad homosexual (Cathedral City). Para los adolescentes fanáticos de la música, una de las pocas opciones eran las fiestas que se organizaban en el desierto los fines de semana en los solitarios cañones de Indio Hills, donde los grupos enchufaban sus instrumentos a un generador, o bien en las ruinas de la vieja colonia nudista abandonada, donde desde hacía tiempo los skaters usaban la piscina vacía como pista de patinaje.
–Era la anarquía –explica Homme–. Lo que había que hacer era sonar distinto de la banda de al lado, y con eso alcanzaba. Ese fue el único problema cuando empezamos a tocar con Kyuss. Nos decían: "Suenan de tal manera". Nick, yo y el resto del grupo nos propusimos: "Nunca más van a volver a decir eso de nosotros".
–La mayoría afirma: "Yo me hice músico para conseguir chicas" –continúa–. Pero tardé en darme cuenta de eso. Me hice músico porque me encantaba y porque me daba vuelta la cabeza, y en nuestro ambiente eran todos así. Hasta que una vez dijimos: "Seamos diferentes", y la pregunta pasó a ser: "Bueno, ¿en qué podemos ser diferentes, realmente?". Uno escucha la canción que más le gusta y dice: "Qué bien me hace sentir. Pero, ¿cómo es la cosa? ¿La tengo que tocar sólo si no la toca algún otro?". En el desierto, la cosa era hacer la tuya, y estar aislado para que nadie te jodiera.
Ahora, en virginia beach, esta nueva amiga de Homme –que ahora ya sabe cómo se llama el grupo– recomienda otro bar. "Toca una banda tipo años 70", anuncia, haciendo un pasito Travolta, ese gesto universal que significa "banda tipo años 70". Homme, amablemente, asiente con la cabeza. "Pero estamos al aire libre, hay alcohol", continúa la mujer. "Cualquier tipo de música está bien, ¿no?"
Lo cual nos lleva a la parte siguiente de la broma: los Queens tocan en el Ozzfest.
Homme se encoge de hombros.
–Nos pareció que estaría bueno ser sapo de otro pozo. Me gusta tocar ante un público que esté en contra.
Al día siguiente, en el Anfiteatro de Virginia Beach, resuena el eco de "Feel Good Hit of the Summer". Es el primer tema del show de los Queens, que empieza a las 13.30 y dura media hora.
–Me siento como un cartero, levantándome tan temprano –gruñe uno de los técnicos.
–Es difícil acostumbrarse al rock de día –dice Oliveri–. La principal diferencia es que, después de tocar, en vez de cuatro horas de fiesta descontrolada tenemos como doce.
A los Queens se los ve chiquitos sobre el escenario, debajo del gigantesco logo de metal corroído que dice ozzfest. Homme lleva puesta una camisa de etiqueta con puños de cuero negro, arremangada. Oliveri tiene una remera que dice el punk no murio, solo que ahora es una porqueria. En el anfiteatro, apenas un tercio de la platea está ocupado, y los que están ahí no son excesivamente receptivos. Se ven unos cuantos cortes de pelo típicos de los metaleros, así como una cantidad estadísticamente inquietante de tatuajes con la bandera de la Confederación [los Estados del sur de los Estados Unidos durante la Guerra de Secesión].
Alguien se acerca al pie del escenario y comienza a gritarle a Homme. En concreto, le informa: "¡Tu remera es de puto!". (Las remeras que se venden en el Ozzfest dicen andate a la reputamadre que te repario, ¿tenes metanfetaminas? y manson presidente. Estas vendrían a ser, parece, las remeras heterosexuales.)
–¿Qué? –retruca Homme–. ¿Me querés coger?
Toca otra canción. El tipo sigue gritando.
–Lo que pasa, pelotudo de mierda –señala Homme–, es que no te das cuenta de que yo tengo micrófono mientras que a vos el único que te escucha soy yo. El próximo tema habla de cogerme por el culo a la nueva novia de mi amigo –aúlla, antes de dar comienzo a "The Lost Art of Keeping a Secret". Finalmente, el tipo se va.
–¡Esperá! –lo llama Homme–. ¡Volvé! No te asustes. ¡Te amo! ¡Se supone que lo estamos pasando bien!
Después del show, en el bar del Ozzfest, un amigo del grupo Slaves on Dope felicita a Homme. "Qué bien estuviste, man. ¿El tipo te estaba diciendo «pelotudo»?"
–Me parece que más bien me dijo "puto", "forro" –dice Homme. Luego reflexiona–: No quiero que ese tipo compre el disco. Algunos técnicos del Ozzfest se acercaron a nuestro tour manager durante el show y le preguntaron: "¿Ustedes quieren asustar a la gente o quieren gustarle?". Pero no entienden. Por cada tipo al que no le gustamos, atrás hay dos chicas que están disfrutando el recital. No queremos que nos quieran los chicos. Queremos a sus novias.
En muchos sentidos, los Queens muestran una actitud muy tradicional de rockeros alternativos: desconfían del circuito comercial; cuando coquetean con él, siempre hay en el fondo un poco de subversión. Esto es así desde la época de Kyuss: su música pesada y difícil de clasificar fue catalogada (muy a pesar de Homme) como stoner rock. Aquellos cuatro discos llamaron la atención de bandas como Metallica, White Zombie y Faith No More e incluyeron al grupo en sus respectivas giras.
–Fue duro decirle que sí a una banda como Metallica, porque nosotros no éramos un grupo de metal –observa Homme–. En nuestro reducido círculo del desierto cundía el sentido de culpa del punk, cosa que paralizaba a muchos. La idea era: "Que nos vaya bien, pero no demasiado bien". Fue por eso, a fin de cuentas, que se terminó Kyuss. Pensábamos: "La única forma de preservar esto es destruirlo".
En 1992, Oliveri se fue de Kyuss para integrar una banda de punk extremo llamada Dwarves. Adoptó entonces el seudónimo de Rex Everything.
En 1995, cuando Kyuss se disolvió, Homme suspendió su carrera musical durante un año. Entonces viajó y cursó algunas clases en la facultad. Luego se sumó a los Screaming Trees como guitarrista invitado de giras. "Fueron dos años en los que no hice más que fumar porro, tocar música y leer libros", recuerda con nostalgia. (Una de sus lecturas preferidas era el ultraviolento Western Blood Meridian, de Cormac McCarthy.)
Ya en 1998, Homme estaba listo para asumir un poco más de responsabilidad: formó los Queens con otro ex compañero de Kyuss, el baterista Alfredo Hernandez (quien después se fue del grupo). El disco debut de los Queens, llamado igual que la banda, fue, según Homme, "un anuncio; como si dijéramos: «Esto será pesado, sí, pero lo van a conocer»". Nick Oliveri reapareció en la Conferencia de Música South by Southwest, de Austin, Texas, cuando dio la casualidad de que su grupo, Mondo Generator, se presentó justo al lado de donde los Queens daban su show.
–Les dije a unos amigos: "Vamos a escuchar al grupo de mi amigo Nick" –cuenta Homme–. Resulta que entramos y vimos a Nick totalmente desnudo, salvo por unas zapatillas y unas medias negras. Fredo y yo nos cruzamos las miradas. Entonces Nick le prendió fuego a un papel, se puso algo en la boca, giró, y escupió fuego al público, justo encima de los de la compañía discográfica, y los tipos hicieron: "¡Ahhhh!". Después tiró el papel en llamas, y el papel rebotó en el pecho de un tipo: "¡Ahhhh!". Yo miré a Fredo y le dije: "Viejo, ya mismo le pido a Nick que venga a nuestra banda".
Los músicos invitados que salen de gira con los Queens apodan a Homme y Oliveri "los hermanos Wham!", y al parecer ninguno de los dos tiene pensado dedicarse a una carrera solista. El Ozzfest terminó convirtiéndose en un sádico arresto domiciliario para la banda: pasan mucho tiempo juntos dentro del ómnibus estacionado. (Después de su breve show, se quedan clavados en el anfiteatro todo el día mientras su chofer duerme en el hotel la cantidad de horas reglamentaria.) En Virginia Beach, Oliveri prepara unos tragos fríos con vodka, canturrea el tema de Ozzy "Over the Mountain" por un walkie-talkie y se queja de que todavía le quedó sangre falsa bajo las uñas después de una sesión de fotos que hizo hace unos días para la tapa de Kerrang! Homme es más relajado y tiene un sutil sentido del humor. Hoy toma de punto al grupo Godsmack, que también participa del festival. Se le pegó la frase "Hago lo mejor que hice en mi vida", que no tiene nada que ver con nada, y la canta en voz baja y muchas veces con la melodía de "Stayin’ Alive".
Todavía seguimos en el Ozzfest, por lo que corresponde que la mejor broma del día le toque a Ozzy. Ocurre a quince minutos de empezado su show, entre un tema y otro, cuando un fan sin remera se trepa al escenario. No suena música, no hay nadie de Seguridad; se produce un breve momento de tensión mientras artista y fanático se miran frente a frente, en silencio. Es entonces cuando Ozzy, en una de sus geniales maniobras, abraza calurosamente al tipo; la banda comienza a tocar el tema que sigue y, antes de que por fin los de Seguridad se lleven al admirador a la rastra, ambos entonan a dúo los primeros versos de "Mr. Crowley".
Oliveri, que presenció el episodio desde la platea –trata de ver un poco del recital de Ozzy todos los días–, lo ovaciona con furor. Unos minutos más tarde, mientras camina hacia el ómnibus, detecta al tipo que subió al escenario.
–¿Vos sos el que cantó con Ozzy? –pregunta Oliveri–. Dame la mano, viejo. Fue espectacular.
Oliveri sigue su camino y, después de un buen rato, al tipo se le ocurre gritarle: "¡Ah, eh! Ustedes también hicieron un recital muy bueno. ¿Me firmás un autógrafo?".
Aunque los Queens no son exactamente estrellas de rock, a su manera –y con sus propias condiciones– van juntando votos. De a uno por vez.
–Nuestro tecladista se topó con ése que me gritaba durante el recital –cuenta Homme más tarde–. El tipo le dijo: "Decíle a tu guitarrista que no me quedé furioso". –Se encoge de hombros.– Cuando tocamos en lugares como éste, quiero ser amable, pero a la vez estoy esperando que la gente me desafíe. Supongo que acá me siento fuera de lugar. Uno quiere que alguien apriete el botón rojo; tal vez sea una estupidez. –Vuelve a encogerse de hombros y esboza apenas una sonrisa.– Siempre me doy cuenta cuando ya es demasiado tarde.



