Quinto round: precisión y grato desborde de humanidad

Jazmín Carbonell
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12 de julio de 2019  

Libro: Pacho O'Donnell / Dirección: Gerardo Otero / Elenco: Osvaldo Santoro, Ramiro Martínez, Juan Carlos Ricci, Lía Bagnoli / Escenografía: José Escobar / Luces: Ricardo Sica / Teatro: Timbre 4, México 3554 / Funciones: domingos, a las 19 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: muy buena

Cuando ya no queda nada, Renato, el personaje central de esta obra, al menos tiene su derrota. Ese parece ser el rector que estructura la pieza. Una de las cuestiones más atractivas de Quinto round, dirigida por Gerardo Otero (actor, docente y, desde 2016, director con La restauración) y escrita por Pacho O'Donnell, es la capacidad que tiene de humanizar universos derrotados y volver sensibles personajes que en apariencia parecen no sentir ya nada, estar anestesiados por un entorno que se les puso tan hostil que no tienen donde hacer pie.

En ese terreno parece haber indagado Otero, porque a lo largo de la obra la cercanía y la comprensión se hacen evidentes. No importa solo el relato, sino que -y eso la vuelve potente- el foco también está puesto en profundizar para entender a aquellos que se encuentran olvidados.

Renato (en un gran trabajo de Ramiro Martínez, que pone la rusticidad al servicio de la sensibilidad) es un boxeador, tenaz por momentos, caprichoso en otros, inmaduro en casi todos. Su carrera no es demasiado vistosa, y cuando estuvo cerca de conseguir la gloria se le escurrió como arena entre los dedos. Una pelea fundamental que perdió por esas maldades de poca monta lo tiene encerrado, pero no abatido. Él entrena sin parar frente a la platea, y entonces lo físico comienza a filtrarse por el tejido teatral, a tal punto que su ejercicio se siente. A su lado, como entrenador, pero también como padre, amigo y confidente, están Sócrates (Osvaldo Santoro, en un contrapunto tan cierto que hace olvidar que es ficción) y Mili (Lía Bagnoli), una mujer de otra clase social que, enamorada perdidamente de Ramiro, lo ayuda económicamente a subsistir. A pesar de que lo único que podría salvarlos es un ingreso por alguna pelea, para Ramiro la dignidad es el límite. El cuarto personaje (Juan Carlos Ricci) es el que viene de afuera, el nexo entre esta trinchera y la del Ninja, aquel boxeador que derrotó a Renato y que se convirtió en su objeto de venganza.

Las actuaciones y todos los elementos escénicos -la escenografía, el vestuario, el diseño de luces- trabajan en conjunto como una máquina precisa y ajustada, y ese es gran mérito de Gerardo Otero, quien entiende que para contar esta historia es necesario que los engranajes funcionen a la par, en una misma dirección: desbordar humanidad.

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