
Raphael: "No crean que soy un maldito"
Está en desacuerdo con el título de su show
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Raphael es ya un antiguo conocido del público argentino que, desde hace muchos años, le brinda su incondicional admiración. Cada retorno a Buenos Aires significa para él -lo expresó durante un diálogo con LA NACION a pocas horas de su llegada- "una emoción enorme, ya que aquí ofrecí mis primeros espectáculos fuera de mi tierra y supe del cariño de este país hacia España".
El cantante, nacido en Jaén, Linares, como Rafael Martos Sánchez, abre el baúl de los recuerdos y rebusca en la memoria de su infancia y de su juventud: "Mis padres eran muy humildes, y cuando tenía nueve años nos trasladamos a Madrid. A los 5 años comencé a cantar, ya que todos me decían que tenía una voz muy armoniosa... Como yo era crédulo, tomé muy en serio estas palabras de alabanza y no mucho después gané, en Salzburgo, Austria, el primer premio de un concurso a la mejor voz infantil de Europa... Desde entonces hasta ahora no he parado de trabajar, y eso que han pasado ya casi cuatro décadas de trayectoria profesional". Raphael -sonrisa de niño pícaro, modesto, sin rebuscamientos- prefiere retornar al presente. "Acabo de comenzar esta gira en Chile, concretamente en el estadio de la localidad de La Serena, donde se convocaron cien mil personas. Aquí llegué para actuar en el Avenida, en Tucumán, en Santa Rosa y en Punta del Este. Luego proseguiré mi itinerario en Venezuela, México y los Estados Unidos."
-¿Qué temas integran tu espectáculo "Maldito Raphael"?
-El título de mi show se debe a una idea de Ricardo Berbari, mi empresario de esta gira, pero no estoy de acuerdo con esta designación. ¡No crean en eso de maldito! Las canciones que presento son una antología de mis antiguos y de mis recientes temas, una especie de muestra de los éxitos que acuné desde siempre unidos a un repertorio nuevo.
Doctor Jekill, mister Hyde
-Recientemente presentaste en España la comedia musical "Jekill & Hyde". ¿Cómo nació esa idea?
-La comedia musical no era desconocida para mí. Ya había interpretado "Oliver", "Pippin", "Billy el mentiroso", "Aplausos" y "A chorus line". Es un género que me atrae, ya que me permite unir la faceta de actor con la de cantante. En Alemania vi "Jekill & Hyde" y me dije que ésa era la obra con la que tenía que retornar al escenario... Con la dirección de Luis Ramírez la estrenamos en el teatro Apolo, y se mantuvo en cartel durante varios meses. Me dio la oportunidad de ponerme en la piel de dos personajes distintos, pero tuvimos que bajarla de cartel ya que se acercaba el momento de esta gira. Espero volver a esta comedia musical, posiblemente en Broadway, porque como experiencia me resultó fascinante.
Desde hace casi cuatro generaciones Raphael se mantiene en la cima de la popularidad. Su trayectoria tuvo escenarios diversos, sus discos obtuvieron los más resonantes premios internacionales y sus temas son coreados por miles de voces anónimas.
-¿Crees que existe alguna fórmula para perdurar en el gusto del público?
-No creo en fórmulas ni en milagros. Creo en la entrega total al público, en no defraudarlo nunca, en procurar ser feliz para poder hacer felices a los demás. Mi mejor premio es que tanto los jóvenes como los mayores sigan creyendo en lo que brindo.
-¿Cómo vives la nostalgia?
-No soy nostálgico para nada. Lo pasado, bueno o malo, es pasado. Pero yo estoy en el presente, en el ahora.
-¿Qué temas musicales incluyes siempre en tu repertorio?
-Los que, de inmediato, me hacen vibrar. Siempre intuyo que una canción que me apasiona apasionará al público. Felizmente, pocas veces me equivoco.
-¿Procuras que en tu repertorio se hable del amor, de los sentimientos que vienen o que se fueron?
-En mis temas está, siempre, el amor al mundo, porque el amor al mundo es el amor a la vida, el amor entre los seres humanos y, también, el desamor, una forma de llorar y de recomponerse para seguir existiendo.
Raphael habla a media voz, casi con timidez. No especula con su eterno éxito. Prefiere referirse a su mujer, a sus hijos, a su casa madrileña, a sus vacaciones en la Costa del Sol, a su cotidianidad de hombre simple.
"El cine -responde a una inquietud del cronista- no es una asignatura pendiente. Rodé varias películas, entre ellas "Cuando tú no estás", "El golfo", "Sin un adiós" y, en Buenos Aires, "Digan lo que digan", dirigida por Mario Camus. Si tengo la suerte de hallar un realizador que me importe y un guión que me seduzca, volveré al cine. Mientras tanto, mi vida sigue a través de mis canciones."
Raphael continuará sus presentaciones en el Avenida hoy, a las 19; el viernes, a las 21; el sábado, a las 20 y a las 22.30, y el domingo próximo, a las 19. "Mientras tanto -concluye- disfrutaré de este Buenos Aires cuyo público siempre me dio esa energía que necesita todo artista para vivir y para respirar."
Como los buenos vinos
Raphael está otra vez frente al público porteño. Y el teatro Avenida se vistió de fiesta para recibirlo. Frente a una sala colmada, El Niño hizo su aparición en un escenario despojado de todo artilugio escenográfico. Su estampa –camisa, pantalón y botas negras– y ese caudal de voz en la que se detuvo el tiempo fueron suficientes para integrar un espectáculo de casi tres horas.
“Te amamos, Raphael” rezaba un cartel que pendía de uno de los palcos. Lluvias de claveles en el proscenio. Alguna fanática admiradora llegó hasta él para besarlo. El público deseaba tocarlo y lo vivaba incansablemente.
El artista, en tanto, desgranaba sus canciones. Así desfilaron títulos tan entrañables como “Maldito duende”, “Mi gran noche”, “Digan lo que digan”, “Somos”, “Maravilloso corazón”, “En carne viva”, un melancólico popurrí de boleros, una magnífica versión de “Acuarela del río” y casi treinta temas más. Raphael se brindó íntegro. Demostró, una vez más, que continúa manteniendo ese mágico duende lorquiano en el manejo de sus manos, en la sensualidad de su cuerpo, en su plácida sonrisa.
Acompañado por un excelente grupo musical –Ignacio Alonso Salcedo en bajo, Francisco J. Alonso Salcedo en guitarra, Raúl Ramos Rodríguez en teclados, Marcos Parra Muñoz en batería y Juan Ringer en percusión sinfónica, con la dirección musical de Víctor Simonet Gómez– y por un notable coro integrado por Yolanda Campa Fernández, Pahola Gutiérrez Vargas y María Isabel Ramos Campos, el artista deslumbró, como siempre.
El público se negaba a retirarse de la sala. Y Raphael no lo defraudó. Sin muestras de cansancio, cerró su espectáculo con “Costumbres” y “Yo soy aquél”, dos temas emblemáticos de este cantante que, como los buenos vinos, mejora con el tiempo.
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