Teatro Caupolicán Jueves 1 de junio de 2006.
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Hace 18 años los argentinos marcaron la pauta del heavy melódico sudamericano y su influencia perdura hasta hoy.
Cada vez hay más consenso: salvo por Rata Blanca, Argentina no es un país de heavy metal, menos aún para sus derivados más brutales. Argentina es eminentemente rock & roll, pero esta excepción ha sabido mantenerse saludable por casi dos décadas. Pareciera que Rata Blanca, como un voraz depredador, no dejó campo ni talento para nadie más al otro lado de la cordillera, y su reciente presentación en el Caupolicán lo confirmó sin apelaciones.
Los fuegos los inició Alejandro Silva, quien junto a sus músicos satisfizo a los que fueron a buscar virtuosismo y feeling por partes iguales. Fue un show macizo de uno de los guitarristas más aventajados de nuestro medio. Silva ha ganado su espacio a punta de excelencia, y si bien su estilo progresivo cruza varias tendencias, clásicos como el nada diabólico "Rey Satán" y "El lagarto" lo hicieron retirarse ovacionado con justicia.
La cena, entonces, estaba servida para la gran rata.
Pese a no venir con su batero estable por lesión, los argentinos jugaron de local e hicieron desde el primer minuto un show impecable y enérgico. Abrieron con "La llave de la puerta secreta", el single de su último disco, para luego retroceder al viejo repertorio con "Haz tu jugada" (90) y "Sólo para amarte" (88), tal vez las dos canciones que junto a "La leyenda del hada y el mago" concentran las bases musicales de la banda; una suerte de declaración de principios que estremeció a la masa que llenó el Caupolicán para disfrutar de una presentación de dos horas (por suerte, alguien entendió que para un concierto de metal no es necesario reventar los parlantes, menos en ese teatro, donde es habitual quedar con un pito en el oído por tres días).
Con una decena de discos editados, Rata Blanca sentó las bases del actual heavy metal melódico y se transformó en reconocida influencia para megabandas como Nightwish, Stratovarius o Rhapsody; aprendieron a tiempo que no necesitan comportarse en el escenario como Iron Maiden para ser un referente. Pese al intolerable afán de protagonismo de su líder, Walter Giardino, quien muchas veces llegó a ponerse por delante del pequeño vocalista Adrián Barilari para que todos lo vieran hacer sus histriónicos solos de guitarra, su paso por Santiago comprobó que Rata Blanca es de esas bandas que quedaron en la memoria y a la vez son el rito de iniciación para las nuevas generaciones que aún tienen la esperanza de oír buen metal cantado en castellano.






