
Con Clive Owen, Keira Knightley.
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La leyenda del rey guerrero
Buena parte de la crítica respetable del mundo se ha unido para reírse de Rey Arturo , de su productor Jerry Bruckheimer y de sus pretensiones de contar la "verdadera historia que inspiró la leyenda". Pero burlarse de Bruckheimer no es algo muy difícil: éste es el hombre que dio al mundo obras como Flashdance (1983), Top Gun (1986), Armageddon (1998) y Pearl Harbour (2001) y que logró, con las diferentes versiones de la serie C.S.I., que la práctica forense parezca un oficio glamoroso. Bruckheimer representa la versión más actualizada del Hollywood tradicional y por eso era predecible que Rey Arturo tendría mucha gente hermosa vestida de época, flagrantes anacronismos verbales, mucha violencia pero poca sangre y hasta posibles paralelos con la guerra en Irak.
Lo que no podía esperarse es que el libreto de David Franzoni (coautor de Gladiator ) se animaría a detallar complejidades históricas que el cine de este tipo suele desestimar (el origen nada heroico de los caballeros de Arturo, las referencias a Pelagio), que el director Fuqua impondría a la puesta en escena un estilo sobrio y vigoroso, y que la mayor parte de sus protagonistas resultaría convincente representando personajes de la historia lejana, algo que no se logró en películas más caras, como Troya .
Las recetas de la narración clásica son más antiguas que la leyenda de Arturo, pero todavía funcionan cuando se las sabe aplicar. Franzoni y Fuqua invierten una extensa primera parte caracterizando a sus personajes de manera sintética pero eficaz y estableciendo con el suficiente cuidado las correspondientes relaciones entre ellos. Instalan también una motivación verosímil (la postergada libertad después de años de servicio militar obligatorio), adversarios temibles (los sajones) y un traidor detestable, que primero encarna en un solo personaje (el obispo Germanius) pero pronto resulta ser todo el Imperio Romano, que olvida pasados ideales mientras se precipita hacia su decadencia.
Esa primera parte culmina en una batalla sobre un lago congelado que por su tono épico y por la solvencia de su realización debe contarse entre las escenas bélicas mejor logradas del Hollywood reciente. La segunda mitad del film es más errática y repite algunas situaciones de la primera, pero Fuqua evita que se le hunda haciendo que todos los bandos implicados se apresuren a chocar en un combate definitivo, en el que Arturo se luce como estratega, Lacelot como hombre de probada nobleza y Ginebra como portadora de un simpático sostén medieval.
Rey Arturo no es una película de Kiarostami. Es al cine del 2000 lo que las películas con Errol Flynn fueron al cine de la década del 30. Tiene oficio, carisma y una buena dosis de acción analógica.




