
Ricardo Vilca, el maestro del silencio
Hace una década el corazón de Ricardo Vilca se detenía, a causa de una neumonía que lo había tenido internado diez días en un hospital de San Salvador de Jujuy. Ese día en Humahuaca, su pueblo natal, sonaron las campanadas de la iglesia, esas que le habían enseñado sus primeras notas musicales. Tenía 53 años y un reconocimiento musical tardío a través del rock: Divididos incluyó su tema "Guanuqueando" como parte de su repertorio habitual; León Gieco le puso letra a su composición "Plegaria de sikus y campanas" que fue rebautizada "Rey mago de las nubes"; y el guitarrista Skay Beillinson (ex Patricio Rey y sus Redondidos de Ricota) le declaró su amistad. Había grabado cuatro discos - La magia de mi raza, Ricardo Vilca y sus amigos, Nuevo día y Majada de sueños- que se transformaron en piezas de culto de melómanos, turistas y un público joven, que lo seguía con la devoción de un gurú andino. Ricardo Vilca, sin embargo, era un típico habitante de la quebrada, parsimonioso al hablar, que respetaba las siestas, se entregaba al ritual del vino con amigos y celebraba el encuentro con músicos de cualquier género. En cambio, su música instrumental -sus piezas reflejaron como nadie el entorno quebradeño con un gesto simple y complejo como el que había desarrollado Piazzolla en el tango- lo elevaron a la categoría de maestro. La obra de Vilca había llegado con el tiempo a un nivel de comunión con su entorno que lograba sintetizar lo ancestral y lo cotidiano en un solo acorde. Su música era la conexión al cosmos que hacía consciente el lugar del hombre en el universo. Pero no pretendía ser un sabio. Vilca era un maestro intuitivo del silencio, cuya lección de música y amistad no se olvida en Humahuaca




