
O de cómo hacerse cargo de aquellos temas que te abollaron la mente durante la infancia; la culpa siempre es de los padres
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Viajamos por la Panamericana en un Renault 11 modelo 84. Con la frente estampada contra la ventanilla trasera, observo a lo lejos cada uno de los edificios, negocios y casitas que ya me sé de memoria: todos los días, el mismo camino; de ida y de vuelta, el mismo camino. Me aburro. Juego a mi juego favorito, ese en el que imagino qué estaría pensando si no fuera yo y fuera aquella otra nena que corre por el pasto de la colectora junto a su padre y un perro, pero me aburro lo mismo. Intento pedirle ayuda a mi hermanita para inventar otro pero despego la cara del vidrio empañado y la veo dormir despatarrada a mi lado. Sigo intentando. Imagino a personas conocidas en situaciones ridículas: pensar a una maestra de lengua andando en bicicleta fija por otro carril es hilarante. La saludo mientras la veo alejarse. Me retuerzo de la risa pero mi boca no demuestra signo de alegría. Completamente abstraída, me siento conforme con este nuevo invento y continúo hasta que algo irrumpe en mi burbuja mental. Un sonido agudo y punzante. Algo turbada, busco la fuente de la interrupción: mientras maneja alegre, mamá canta al ritmo de una canción pegadiza. Imita la voz que sale desde la radio pero marca específicamente una erre: “forrrrriorló, ie, ie, ie”. La creo loca y me divierte: esta vez me río de verdad, con boca, mofletes, carcajada y todo.
No supe hasta mucho, mucho, tiempo después que el tema que cantaba mi madre era "Dressed for Success" de Roxette. No supe, tampoco en ese momento, analizar el ecléctico gusto musical de mis padres, sometidos inconscientes de una dictadura que los alejaría de todo sonido que se sospechara "peligroso", obligados a consumir productos aparentemente inocuos. Científicos desvinculados al mundo que luego conformaría el hábitat de su primogénita, oh paradoja, ellos tampoco se interesaron mucho por explorar alternativas a las propuestas por las emisoras de hits radiales. Imposible responsabilizarlos del error que terminó engendrando una curiosidad infinita. Sí, quizás, me hice consciente de que no sería fácil olvidar el episodio que estaba viviendo: esos instantes que te marcan para siempre y moldean tu memoria. A partir de ahí, el descubrimiento de lo que (y sospecho que para muchos de ustedes también) sería una suerte de primer placer culposo.
En ese entonces, quizás, y porque no puedo determinar con exactitud la fecha de mi anécdota pero por ahí andábamos, el dúo sueco todavía estaba por llegar por primera vez a la Argentina. Luego, la cresta de la ola pasaría, todo se iría al carajo, mi criterio y mis intereses se alejarían de esos casetes maternos con compilados amorfos. En ocasiones, hasta renegaría de mi pasado. En el camino me toparía con sujetos que hacían bandera de un fanatismo suecofílico engendrado de la misma manera (siempre hay alguien peor que uno...), le daría una oportunidad a Per Gessle solista (posta), comprendería de dónde venía el nombre de la banda y blá. Hoy, muchos, muchos, años después, puedo hacerme cargo del significado del suceso: aquel, y otros temas de Roxette, no podrán ser erradicados de mi mente. Jamás.
Por eso esta noche estaré en el Luna Park, siendo testigo de una versión envejecida y recauchutada de las dos personas responsables de ese agujero en mi cabeza. Los invito, ya que estamos, a rememorar aquellos temas que cumplieron papeles similares en sus respectivas historias...




