Sandor Vegh fue un auténtico artista
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Cuando se lo vio en Buenos Aires por última vez, en 1993, al frente de la Camerata Académica de Salzburgo se tuvo la impresión de asistir a un concierto dirigido por un patriarca de la música. Flotaba su blanca cabellera por encima de los arcos del conjunto, pero se adivinaba en cada indicación su mirada, mezcla de bondad y, a la vez, de rigor de rigor hacia los excelentes músicos que la integraban. Había logrado insuflarles el ideal de formar un conjunto en el cual él mismo se ubicaba - "como en un gran cuarteto de cuerdas"- en el primer lugar entre sus pares.
Sándor Vegh, aun con su marcha dificultosa hacia el podio, una vez en él se transfiguraba y exhibía junto a la gravedad de sus años, la gracia de su maestría que era un síntesis de lógica y naturalidad expresivas.
Sándor Vegh había nacido en 1912 en la región de Siebenbürgen (Transilvania) y a los dieciséis años de edad ya cursaba, en Budapest, estudios superiores de violín con la dirección de Jano von Subay. Su talento se denunciaba tempranamente, y le fue adjudicado su diploma antes de terminar el bachillerato.
Como violinista juvenil, extraordinariamente virtuoso, poseía increíble delicadeza en el trazo melódico. Había estudiado composición con Zoltán Kodaly y música de cámara con los maestros Waldhauer y Leo Weiner. Esa invalorable experiencia le sirvió al fundar, en los años treinta creó el Cuarteto de Cuerdas Húngaro, del cual se retiró cuando aceptó el cargo de profesor en el Conservatorio Real de Hungría. Casi inmediatamente formó el Cuarteto Vegh, grupo ganador del Primer Concurso organizado en Ginebra al cabo de la segunda guerra mundial, que fue la piedra angular de su carrera y su fama internacional.
Refiriéndose a esta decisiva etapa de su vida, Vegh declaró que era un cuarteto "pacífico", aludiendo a su surgimiento en plena guerra, cuando debían tocar con el fragor de cercanas batallas. "Nos impusimos una deiciplina tiránica", precisó.
"Trabajábamos día y noche las cuerdas. Buscábamos una perfección que no parecía pertenecer a este mundo, empeñado en destrozarse." Cuando terminó el horror, junto a Sándor Zoldy (segundo violín), Georg Janzer (viola) y Paul Szabo (violoncelo) iniciaron un desfile sin fronteras . "Nuestra música parecía venir de un mundo distante de paz y celestes armonías. Beethoven y Bartók eran milagrosos analgésicos de grandes dolores."
La labor sostenida de estos cuatro adalides de la música pura hicieron que la obra de los verdaderos genios de la música llegase sin clisés interpretativos a los oídos europeos , como resultado de la ardua y perseverante labor conjunta, hablando un mismo lenguaje sin desmedro de sus personalidades. Los cuatro arcos supieron apuntar hacia un solo blanco: el arte, con lo cual dieron un rotundo mentís a quienes creían -o aún creen- que la música de cámara es sólo para los "intelectuales de la música" o los "puristas". El gran triunfo llegó pronto: la conquista, por unanimidad, del Primer Concurso Internacional de Ginebra.
En 1946, Sandor Vegh abandonó Hungría para dedicarse a dirigir cursos superiores de violín en los conservatorios de Basilea, Fribugo, y Dusseldorf y el el Mozarteum de Salzburgo.
Gran importancia tuvo, tanto humana cuanto artísticamente, su encuentro con Pablo Casals en 1952. A partir de entonces, los famosos festivales de Prades lo tuvieron como invitado permanente y continuó su fecunda labor pedagógica en los cursos de verano de Zermatt, patrocinados por el célebre catalán.
Vegh adquirió, pues, prestigio mundial como pedagogo en Europa y América, al frente de prestigiosos seminarios, pero también como solista interpretando, entre otras obras, las Sonatas para violín de Bach. Su actividad como director se afianzó en la década del sesenta al frente de su propia orquesta de cámara.
En 1991, en el bicentenario de Mozart, Vegh fue invitado a dirigir la Orquesta Filarmónica de Viena, honor legítimo para una vida como la que vivió, dedicada con autenticidad a la música.





