
Sangre fría en Palermo
La grata convivencia de un estudiante y sus cincuenta reptiles
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Ni perros ni gatos; para mascota, Santiago Magdaleno prefiere los reptiles. Es que su afición por estas extrañas criaturas creció de tal forma que actualmente convive en su departamento de tres ambientes de Palermo con casi medio centenar de estos animales que parecen detenidos en el tiempo.
Estudiante de segundo año de Veterinaria en la Universidad de Buenos Aires, Santiago cuenta que todo comenzó hace cuatro años, "cuando me regalaron una iguana bebe". En aquel tiempo, vivía con sus abuelos Olga y Lino en Pigüé, provincia de Buenos Aires. "Me gustó, busqué información en Internet y me encontré con una enorme cantidad de animales que hasta entonces desconocía", explica, sin dejar de tararear los jingles que suenan de fondo en la radio.
Hoy, su departamento se transformó en un pequeño Jurassic Park, donde habitan parejas de dragones barbudos, anolis, basiliscos, dragones de agua, Gecko leopardo, camaleones, además de diez Anolis carolinensis, veinte Gecko tokay y tres iguanas verdes, que de la cabeza a la cola miden más de sesenta centímetros.
Del living a los dormitorios
Mantener semejante estructura no es tarea sencilla. Los reptiles están separados en varios receptáculos de vidrio que se reparten entre el living y los dormitorios. "Los tenés que iluminar con tubos de luz ultravioleta porque están acostumbrados a vivir en un hábitat seco y cálido", explica el chico. Y agrega: "Hay que darles suplementos de vitaminas, especialmente calcio, porque si no se enferman o se quiebran. Esto es algo que la gente no sabe; cree que tener un animal de estas características es algo divertido y nada más".
Las tres iguanas -dos hembras que se pelean una y otra vez por el sofá- más un macho que eligió como guarida la cocina, justo detrás de la heladera se alimentan de vegetales. El menú para el resto de los comensales tal vez sea poco agradable a la vista: gusanos, larvas de escarabajo y grillos que ellos saborean con gusto.
Santiago cría a los gusanos con los que alimentará a sus mascotas en terrarios y asegura que a su novia, Marcela, no le molesta. A los grillos los compra en cantidades: de 200 a 300. El inconveniente es que durante las noches de verano, y a veces en invierno, su vida se transforma en un desvelo continuo: "El canto de los grillos no me deja pegar un ojo. Me tengo que mudar de dormitorio cuando a ellos se suman los Gecko tokay, cuyas características son las de permanecer pegados sobre cualquier superficie y emitir un sonido muy parecido a su nombre".
Buenos vecinos
Con paciente voluntad y alguno que otro susto, los vecinos de Santiago Magdaleno se acostumbraron a los reptiles. "Les tengo que agradecer. Cuando hace mucho calor suelo dejar a las iguanas, que son más tranquilas, en el balcón. Ellas son muy territoriales y muchas veces se pelean; entonces, no falta la que se descuelga al patio de la vecina", sostiene, mientras señala el lugar por donde pasan los animalitos. "Al principio gritaban del susto, pero ahora hasta me avisan cuando se están por pasar", confiesa.
Los reptiles no son simpáticos, no mueven la cola ni le hacen demostraciones de afecto a su dueño. Sin embargo, Santiago está encantado con ellos: "Precisamente por eso me gustan. A cualquier otro animal lo tenés que sacar a pasear y encima te raya los muebles". ¿Que si tendría otro tipo de mascota? Prefiere no responder…Tal vez alguna víbora y, por qué no, un yacaré. "Aunque ahí sí que a mi familia le da un ataque", se ríe.




