
Secretos de una bailarina rusa
Elena Kuzmina baila en el Luna
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"El espectáculo luce magnífico aquí, y Julio [Bocca] nos da mucha «polenta» a todos." La joven que acaba de aparecer en el lobby del hotel es una bella rusa alta y delgada, de ojos celestes, sencilla y cordial, que en nada se parece a la conflictuada Catalina II que compone en "Hamlet ruso", en el Luna Park. El vocablo ruso que ha usado para referirse al entusiasmo que Bocca transmite a los bailarines del elenco petersburgués de Boris Eifman es energue, y Tatiana Korolkov, la veterana intérprete y otrora fiel acompañante de Maya Plissetskaia, la ha traducido como "polenta". Es lo que emana también de la presencia de esta sucesora de Maya de 34 años, que se llama Elena Kuzmina y que está impactando al público porteño.
Nació en Kaluge, cerca de Moscú, y a los nueve años ingresó en el Instituto Vaganova de San Petersburgo, hasta que en 1989 se incorporó al Eifman Ballet. Desde entonces bailó en casi todas las producciones del coreógrafo director. "Creo que en todos los casos fueron grandes espectáculos -asegura-, pero a mí, en cuanto a volumen de participación, el que me favoreció especialmente fue «La Giselle roja», de 1997." Otra de las muchas piezas de Eifman, "Los Karamazov" (a partir de Dostoievsky), tuvo gran repercusión en los Estados Unidos, donde la crítica destacó, en Kuzmina, "una electrizante elongación". "Sí; fue muy fuerte la acogida allá -confirma la bailarina-; bailamos en San Francisco, Los Angeles, Boston, Nueva York y otras ciudades. Claro que las ovaciones no fueron tan calurosas como las que recibimos del público argentino, pero me parece que aquí ayuda la presencia de Julio, el artista nacional."
Los ballets privados no existen en Rusia: todos funcionan con un subsidio estatal. "Todavía no pueden sostenerse grupos privados, por razones económicas -aclara-; nosotros recibimos más apoyo oficial que otras compañías, pero porque salimos mucho al exterior."
El "coreograma"
-¿Hay mucha diferencia entre la danza que se hace ahora y la que se hacía en la época soviética?
-No sabría qué decir. En lo básico, la danza que teníamos allá era famosa por su rigor clásico, y mientras el país permanecía cerrado al exterior, en lo interno había más fuerza. Ahora los maestros se han ido a otros países y la escuela rusa se ha debilitado. Al mismo tiempo surgió interés por la danza moderna, que en Occidente está mucho más difundida. Para lo que hacemos en obras como "Hamlet ruso", hemos encontrado una definición: "coreograma". No es ni moderno ni clásico; es algo propio de Eifman.
-¿Qué aspecto le atrae en el personaje de esta soberana que compone?
-Los problemas de Catalina la Grande pasaban por los hombres que tuvo, como el Favorito, que urde intrigas. Aspiraba a ser sólo mujer, pero los hombres la acechaban por interés político. De ahí que cuando se vio en la necesidad de asumir el poder decidió alejar a los hombres. Ese conflicto me atrae.
De pronto aparece un atlético bailarín de la compañía: es Albert Galitchanine, precisamente el Favorito, como si hubiera sido misteriosamente invocado. Elena lo presenta como su esposo, en la vida real. El joven acuerda algo con su mujer, saluda cortésmente y se va.
-En la vida conyugal este muchacho ha de ser más cariñoso que el fiero Favorito, ¿no?
-Bueno, en la cotidianidad yo tampoco soy como Catalina...
-¿Cómo se siente interpretando a una mujer mayor, poderosa?
-Su edad no está definida con precisión en la obra, pero era muy joven cuando asumió el poder, no mucho mayor que yo. Para mí es importante comprender su relación con su hijo y con los hombres.
-Hace de madre de Julio Bocca, que es mayor que usted...
-Para eso somos artistas, para transformarnos. Y es muy fácil tratarlo a él como a un niño porque no es de estatura alta y además es un gran actor. El único problema es que por momentos debo tratarlo con rabia, pero Julio tiene una mirada tan amorosa, ¡que es difícil enojarse con él! Yo lo había visto en 1988 en el Teatro Kirov, en "Don Quijote", y me impactó; lo vi como un ídolo.
-¿Pensó que alguna vez bailaría con él?
-Por supuesto que no. La profesión del ballet es algo que se vive en el momento. ¿Cómo explicarles a los chicos de ahora que hubo una estrella de esa magnitud? Voy al Mariinsky y esas impresiones ya no se dan.
-¿Fue difícil integrar a un bailarín con otra formación y otra cultura a la compañía de ustedes?
-El se preparó muy bien para integrarse y comprendió a fondo el espíritu de este drama y del personaje.
-¿Encarnó a algunas de las heroínas románticas?
-Sí, en el grupo nuestro hicimos la "Giselle" clásica y también "Don Quijote" en una revisión de Eifman. Y también asumí a Odette y a Odile, las de "El lago de los cisnes", pero sólo hicimos fragmentos.
-¿Qué impresión tiene de la Argentina?
-Espero mi día de descanso para recorrer la ciudad, pero ya me impresiona la actitud abierta que tiene la gente aquí con nosotros. En Europa y en los Estados Unidos todos están autoprotegiéndose.





