
Segismundo vuelve a soñar
"La vida es sueño", de Calderón de la Barca. Intérpretes: Víctor Laplace, Elena Tasisto, Franklin Caicedo, Noemí Frenkel, Claudio Gallardou, Tony Lestingi, Walter Sana Ana, Grisel Bercovich, Nicolás Bernazzani, Eduardo Bozzo, María Colloca, Pablo Giovine, Marcelo Melingo, Daniel Ramos, Ezequiel Rodríguez y Carlos Scornik. Escenografía: Alberto Negrín. Vestuario: Mimí Zuccheri. Iluminación: Jorge Pastorino. Dirección: Daniel Suárez Marzal. Duración: 107 minutos. En el Presidente Alvear. Nuestra opinión: buena.
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El rey Basilio -al igual que Layo, rey de Tebas, con Edipo- se dejó influir por las predicciones que señalaban que el hijo por nacer (Segismundo) sería nefasto para su vida y para su corona.
El pobre Edipo cumplió con su destino: mató al padre, se casó con la madre y accedió al trono de Tebas. Después de esto, vino el castigo y el derrumbe del reinado.
En cambio, el pobre Segismundo, protagonista de "La vida es sueño", desde su nacimiento y a consecuencia de la muerte de la madre en el parto, se vio encerrado clandestinamente por su padre en un castillo perdido, al que sólo accedía el fiel Clotaldo. Toda su infancia, adolescencia y juventud las pasó encadenado como una fiera, compadeciéndose de su destino.
Este lamento, ya un clásico en sí mismo, refleja la inmensa poesía de la pluma de Calderón, donde se trasluce un profundo sentimiento de libertad. ("Ay mísero de mí, ay infelice, apurar cielos pretendo, ya que me tratáis así, qué delito cometí contra vosotros naciendo. Aunque si nací ya entiendo qué delito he cometido, bastante causa ha tenido, vuestra justicia y razón, pues el delito mayor del hombre es haber nacido.")
El hombre y su destino
Frente a este destino agónico, Calderón intercala, según el gusto barroco, otra historia paralela, la de Rosaura, una joven que sigue el rastro del hombre que la ha seducido y abandonado.
Estas dos historias provocan el contraste de situaciones: las vicisitudes de Segismundo, que finalmente lo conducirán a la conquista de su verdadera libertad, y el afán de venganza de Rosaura, que se transforma en el imperio de la razón que domina el embate de los sentimientos y las pasiones.
La obra ofrece un final feliz con ciertas moralejas: la humildad, la bondad y el afán de justicia son los caminos que llevan a las grandes aspiraciones. Por otro lado, subraya que la vida humana es un sueño del cual despertamos más allá del tiempo, y que todas las cosas del mundo son ilusorias y no tienen en sí otro valor que el que les confieren nuestros sentidos y nuestras pasiones inmediatas.
"La vida es sueño", con su concreto problema de la vida real y vida ilusoria, del imperio de la razón y de la necesidad de libertad que está implícito en el ser humano, adquiere trascendencia universal.
Ajustando los tiempos
La versión de Suárez Marzal desbroza mucho material, hasta ajustarse a la fábula de las dos historias, dejando de lado incluso la relación entre Segismundo y Rosaura, tarea que resulta aceptable, sobre todo para estos tiempos de fin de milenio, donde el "zapping" es el tirano.
Para este texto, la escenografía de Alberto Negrín logra sintetizar el espacio, con un diseño atractivo e inteligente, que renueva las acciones y las traslada a épocas visualmente modernas, sin llegar a desentonar. El recurso de las escaleras entubadas en aros metálicos ofrece interesantes salidas. Por ellas suben y bajan los personajes, recurso que le permite al director diseñar en un solo espacio los distintos ámbitos que requiere la obra.
La puesta, todo el espacio
Para lograr esta puesta, Suárez Marzal despojó al escenario de todo adorno y lo mostró en toda su amplitud y en total desnudez. Aprovechó las paredes de ladrillos del fondo y la escalera que conduce al piso superior de la sala para incorporarla a la puesta.
Con una muy buena iluminación, creó los matices emocionales, y el diseño escénico facilitó la continuidad ininterrumpida de las acciones, recursos que permitieron agilizar el ritmo de las historias. El vestuario, donde se intercalan vestidos antiguos y modernos, resulta atractivo, sin grandes ostentaciones. Sólo una carroza dorada representa el concepto barroco del siglo XVII, un toque estético que resulta elocuente.
El gran tema de una obra de estas características es la interpretación, que no se limita solamente a la composición del personaje (son todos actores de trayectoria), sino a la forma en que se expresa un texto poético. Y aquí quedó demostrado que no todos los actores tienen en la boca la melodía del verso.
Frente al trabajo solvente de Elena Tasisto, Walter Santa Ana y Franklin Caicedo, que emiten la frase con una intensidad y una puntuación que escapan de la rima, el resto del elenco se muestra recitando el texto, tratando de acentuar la consonancia del verso, el cual por la construcción sintáctica no siempre resulta inteligible. Este defecto se acentúa en el personaje de Noemí Frenkel, quien no logra transmitir ninguna emoción.
Un símbolo dramático, elocuente, se presenta con la caída permanente de arena, que remite inexorablemente tanto al tiempo que transcurre como al paso vacilante con que el hombre, ignorándolo, transita la vida, como para poner de relieve que es efímera y que no se detiene.




