
137 llamados en tres episodios: cómo es la nueva serie de Netflix sobre el hombre que convirtió el crimen en espectáculo
Conversaciones con asesinos: Las cintas de Charles Manson usa como columna vertebral conversaciones inéditas que el criminal hizo desde la prisión
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Charles Manson no fue uno de los ejecutores materiales de los asesinatos que convirtieron su apellido en sinónimo del crimen. Pero distaba mucho de ser un simple ideólogo que permanecía al margen de la violencia.
En julio de 1969 disparó contra el traficante Bernard “Lotsapoppa” Crowe y creyó haberlo matado (finalmente, Crowe sobrevivió) y poco después participó en el cautiverio de Gary Hinman, a quien hirió en la cara con una espada antes de que Bobby Beausoleil lo asesinara. Para entonces, Manson, exconvicto, músico frustrado y líder de la comunidad que sería conocida como la Familia Manson, había construido alrededor de sí un pequeño universo de obediencia, drogas, sexo y manipulación psicológica.
Beausoleil, quien era músico y ocasionalmente actor, le contó a Truman Capote que había conocido a Manson en un local nocturno donde los dos estaban acompañados por un nutrido grupo de mujeres. Se pusieron a charlar y unos días después empezaron a juntarse para tocar.
En ese momento el apellido Manson no tenía la dimensión que ganaría muy pronto. En la noche del 8 de agosto de 1969, cuatro de sus “seguidores” entraron en el 10050 de Cielo Drive, la casa que compartían Sharon Tate y el célebre cineasta Roman Polanski, entonces ausente, y asesinaron a Tate (embarazada de ocho meses y medio) y a sus amigos Jay Sebring, Abigail Folger, Wojciech Frykowski y Steven Parent.

La noche siguiente fueron asesinados Leno y Rosemary LaBianca, un matrimonio de muy buen pasar económico que podía darse el lujo de vivir en el lujoso barrio de Los Feliz , uno de los más exclusivos de Los Ángeles.
Manson no mató personalmente a ninguna de esas siete víctimas, pero dirigió a la tropa y participó en la preparación de los crímenes. Incluso entró en la casa de los LaBianca y los ató antes de retirarse y dejar la ejecución en manos de otros miembros de la Familia. Fue condenado en 1971 por asesinato y conspiración. Murió en prisión en 2017, a los 83 años.
La repercusión de aquellos crímenes excedió rápidamente el expediente policial. Manson terminó personificando el reverso siniestro de la utopía hippie: drogas psicodélicas, comunas, sexo libre y rechazo de las convenciones podían ser reinterpretados, bajo esa nueva luz, como ingredientes de una pesadilla.

La exquisita escritora Joan Didion formuló mejor que nadie aquella sensación en su ensayo The White Album, donde sostiene que muchos empezaron a pensar, a partir de aquellos hechos macabros, que los años sesenta habían terminado abruptamente en ese preciso momento. “La tensión se quebró aquel día. La paranoia se hizo realidad”, escribió Didion.
Lo cierto es que la contracultura californiana ya mostraba síntomas de descomposición antes de los asesinatos del clan Manson. En un notable artículo publicado en The Atlantic en el que analizó el legado de Manson tras su muerte en 2017, la crítica cultural británica Sophie Gilbert sostuvo que “el Summer of Love ya se había transformado en un clima de paranoia y degradación antes de la matanza”.
Los crímenes de agosto de 1969 no provocaron por sí solos ese derrumbe, pero sí dibujaron una imagen brutalmente eficaz para simbolizarlo: Sharon Tate, embarazada de ocho meses y medio, asesinada en su casa por jóvenes surgidos de la misma contracultura que pocos años antes había prometido paz, amor y liberación.
El hombre que convirtió el crimen en espectáculo
Manson entendió muy bien algo que luego aprenderían muchos criminales: la cámara podía convertirlo en un personaje. Y ser un personaje popular era para él algo muy importante, evidentemente a cualquier costo.

Durante el juicio, fue una fábrica de titulares polémicos, actuó deliberadamente frente a la prensa y hasta transformó su aspecto físico hasta convertirlo en una especie de ícono pop.
Joe Berlinger, director de la nueva miniserie que acaba de estrenar Netflix Conversaciones con asesinos: Las cintas de Charles Manson, lo definió en una entrevista publicada por Rolling Stone como “el big bang del true crime”, no sin argumentos.
Esa mitología quedó fijada definitivamente en 1974 con Helter Skelter: The True Story of the Manson Murders, libro escrito por el fiscal Vincent Bugliosi junto con Curt Gentry. No fue un suceso editorial más: con más de siete millones de ejemplares vendidos se posicionó como el libro de true crime más exitoso de la historia.
Bugliosi construyó allí la explicación que durante décadas dominó el caso: Manson esperaba una guerra racial apocalíptica provocada por la comunidad negra que él había identificado con el nombre de una canción de The Beatles, “Helter Skelter”, y pretendía precipitarla mediante asesinatos que pudieran atribuirse a los afroamericanos. Pensaba que eso podría desviar la atención sobre él y su grupo después de los crímenes de Cielo Drive y Los Feliz, una teoría delirante que sin embargo funcionó más de lo esperable.
Berlinger no niega cierta obsesión racial de Manson, pero cuestiona que esa teoría explique por sí sola la cadena de asesinatos. Su reconstrucción concede mayor importancia al asesinato previo de Gary Hinman y a los posteriores intentos de la Familia por crear crímenes similares que pudieran hacer creer a la policía que Beausoleil estaba encarcelado injustamente. El propio director sostiene que la historia real resulta menos grandiosa y bastante más absurda que la mitología posterior.

Observada desde este presente tan convulsionado, esa capacidad de convertir una narración delirante en una realidad compartida por sus seguidores adquiere una resonancia inesperada. Manson operaba en un mundo anterior a Internet, pero algunos de sus mecanismos de manipulación resultan reconocibles en la era de las redes sociales: el aislamiento dentro de una comunidad, la repetición de una misma interpretación de los hechos, la identificación de enemigos, la explotación del miedo y la construcción de un líder que se presenta como poseedor de una verdad que el resto de la sociedad no puede o no quiere ver.
Manson dirigía una pequeña secta criminal. Trasladar mecánicamente su historia a la política contemporánea puede sonar a simplificación, claro. Pero el crecimiento en las redes sociales de movimientos extremistas -sobre todo de sectores de la nueva derecha radical- ha vuelto especialmente actual una de las preguntas que plantea su historia: cómo personas aparentemente comunes pueden terminar aceptando explicaciones conspirativas y visiones cada vez más extremas cuando pertenecen a un grupo que las confirma permanentemente. En ese sentido, Manson usó muchos de los mecanismos de persuasión que hoy son moneda corriente en las campañas de trolls.
Las 137 llamadas telefónicas desde prisión
Es legítimo preguntarse qué puede agregarse a una historia sobre la que existen decenas de libros, películas, podcasts y documentales.
La respuesta está en el título de este documental de Netflix. Durante los últimos nueve años de su vida, Manson realizó 137 llamadas telefónicas desde prisión al detective retirado Paul Dostie, conversaciones que no se habían difundido públicamente hasta ahora.
Berlinger las utiliza como columna vertebral de tres episodios que suman aproximadamente 172 minutos y completan su saga Conversaciones con asesinos, en las que aparecieron famosos criminales como Ted Bundy, Jeffrey Dahmer, John Wayne Gacy y David Berkowitz.

Las cintas no contienen una confesión definitiva ni una revelación capaz de reescribir el caso, pero permiten comprobar que muchos años después de los asesinatos del ‘69 Charles Manson seguía con su plan de interpretar un personaje: habla estableciendo asociaciones inesperadas, usando evasivas, incurriendo en contradicciones y amenazas veladas y lanzando curiosos aforismos. Su estrategia siempre fue confundir a quien tenía enfrente.
La serie acierta especialmente cuando contrapone esa inquietante voz narrativa con las de quienes estuvieron sometidos a sus prescripciones. Aparecen antiguas integrantes de la Familia como Dianne Lake y Catherine Share, además de Stephanie Schram, última novia de Manson y la que suena más arrepentida. Bobby Beausoleil participa desde prisión. También intervienen el fiscal Stephen Kay, el biógrafo Jeff Guinn y Linda Deutsch, periodista que cubrió integralmente el juicio.
Con ese abanico de testimonios la película se propone averiguar por qué Manson tenía tanto predicamento sobre sus acólitos sin forzar teorías extravagantes, aunque no dude en apelar a algunos recursos trillados como las recreaciones dramáticas (que distraen y aportan muy poco) y ciertas fórmulas narrativas habituales en los relatos del true crime.
De Errol Morris a Tarantino
Netflix ofrece en Argentina un complemento interesante para esta película de Berlinger: Caos: los crímenes de Manson (2025), otro documental, pero dirigido por Errol Morris, el mismo de La delgada línea azul y Rumores de guerra, premiada con un Oscar. Está basado en el exitoso libro CHAOS, de Tom O’Neill, que revisa las inconsistencias de la investigación y las conecta con el LSD, los experimentos de control mental de la CIA y el programa MKUltra.
Morris trabaja precisamente sobre aquello que Berlinger prefiere evitar: las zonas oscuras, las contradicciones y las posibilidades conspirativas. Es más provocadora y menos prudente que Las cintas de Charles Manson.
También en Netflix, Mindhunter, muy buena serie producida por David Fincher, cuenta con la aparición, en la segunda temporada, de un Manson ficticio interpretado por Damon Herriman en una escena que reconstruye la memorable entrevista con los agentes Holden Ford y Bill Tench.
Herriman volvería a interpretar al personaje en Érase una vez en... Hollywood, donde Quentin Tarantino reescribe la historia a través de una fantasía alternativa en la que en lugar de asesinar a Tate el clan termina masacrado por Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) y Cliff Booth (Brad Pitt), dos personajes que son representación cabal del Hollywood de los años 60, al que Manson asociaba con una industria del espectáculo que le había dado la espalda al no reconocer su supuesto talento musical.
Por más de una razón, la figura de Charles Manson sigue generando controversia y provocando interpretaciones y resignificaciones. El propio artífice del mito estaría muy feliz si pudiera enterarse hoy de su inapelable persistencia.
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