After Life: ¿el principio del fin del cinismo que domina nuestras vidas?

Ricky Gervais, en la serie de Netflix
Ricky Gervais, en la serie de Netflix Fuente: LA NACION
Franco Varise
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21 de abril de 2019  

¿Es el fin del cinismo canchero? Bueno, podría empezar a ocurrir, aunque suena inverosímil. Como todos notarán, las series condensan en dosis intelectuales aspectos de la narrativa social emergente que antes eran exclusivas de otro tipo de vehículos, como los libros, el cine, la música, la moda y los claustros universitarios. Por eso, el caso de After Life: más allá de mi mujer, en apariencia una solitaria producción en el enorme tapiz de las plataformas de streaming, llama la atención y, en el fondo, abre vías de reflexión sobre el espíritu de una época confusa y de dramatismo grandilocuente ¿Para qué estamos acá? ¿Qué es lo verdaderamente importante? ¿Son los otros nuestros enemigos? Preguntas de la filosofía clásica que regresan siempre, aunque intenten solaparse hoy bajo toneladas de videítos emotivos y superficiales que se comparten en las redes y que las hacen ver cándidas, lacrimógenas e ingenuas.

Ricky Gervais, que escribió, dirigió y protagoniza After Life, disponible en Netflix, es una de las mentes más agudas de la comedia británica moderna. Para ver su currículum está IMDB, pero a grandes rasgos podría decirse que es una especie de Larry David inglés y menos enrevesado.

El argumento de After Life, como su planteo técnico, es bastante sencillo: un tipo que perdió a su mujer compinche y amada ya no le encuentra sentido a la vida. Desde ese lugar de desasosiego muy transitado en el cine y la TV, Gervais construye un personaje bastante estereotípico, hundido en el lodazal de la misantropía y el nihilismo. Pero a medida que transcurren los capítulos (seis en total), él mismo empieza a sospechar de su propia farsa y surgen líneas argumentales dirigidas hacia una reconstrucción ética y moral. "Hoy es un buen día, no tuve ganas de dispararle en el rostro a un extraño y luego apuntarme con el arma", le dice Gervais a su psicólogo. "Entonces es malo", responde el profesional exitoso y superado que uno comienza a sospechar que es la contracara de un mensaje por develarse.

Justamente en esas sesiones aparecen las primeras grietas entre el pensamiento estético predominante y lo ridículo y nocivo que resultan esos postulados "cancheros" que, en definitiva, no son más que cinismo. "No es bueno ser un idiota perezoso y autocompasivo", comienza a interpelarse el personaje. Es que Tony va cambiando. Y en el encuentro con personas mayores (regresa la figura de la sabiduría clásica) descubre en la bondad (una pieza retórica muy pasada de moda) su forma de redención, que, sin embargo, resulta aún muy difícil de encajar en la paranoia del espíritu de época que encarna.

Que el personaje sea un varón típico, muy joven para morir, muy viejo para seguir igual, no parece una casualidad de la serie. El guion parecería pretender una "deconstrucción" de nuestra especie más que la de un género en particular, porque, según se soslaya, la condición humana sería equivalente en los aspectos más hondos. Una premisa tan comprobada como olvidada en estos tiempos. Y lo curioso es que al final, After Life (como también ocurre con otra serie, El método Kominsky) logra transmitir algo que podría traducirse así: "Estuvimos equivocados. El cinismo no está bueno, la bondad no es una tontería de gente poco lúcida, las otras personas son fundamentales para nuestra felicidad". La reafirmación de tales razonamientos sin la intervención interesada de la fe o la religión no es poca cosa.

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