
Sin demasiadas emociones
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Werther , ópera de Massenet, basada en la novela de Goethe, con Jonathan Boyd (Werther), Mariana Rewerski (Charlotte), Luciano Garay (Albert), Graciela Oddone (Sophie) y elenco. Régie y escenografía: Louis Désiré. Dirección: Arturo Diemecke. Coro de Niños y Orquesta Estable del Teatro Colón. Teatro Coliseo. Nueva función: hoy, a las 17.
Nuestra opinión: buena
Pocas óperas pueden exhibir, como Werther , un argumento que se ajuste tan milimétricamente al estereotipo romántico del amor contrariado, aquel que proviene de una fascinación ocurrida en un primer contacto, que atraviesa a fuego el alma de los enamorados y que no puede concretarse por un juramento o un mandato que es respetado aun cuando su acatamiento implique, como en este caso, la frustración y el suicidio. En 1774, cuando finalizó la novela, Goethe se instalaba como uno de los preclaros exponentes de un movimiento que estaba llamado a forjar la historia. Más de un siglo después, cuando el romanticismo y el realismo ya compartían caminos en el mundo de la lírica, Massenet lo llevó al mundo de la ópera. Y más de otro siglo después, la atracción que Werther puede ejercer sobre el público está en directa relación con los valores agregados que una representación pueda añadir, fundamentalmente, desde la realización musical. Si bien la ópera de Massenet tiene sus méritos, conforme va avanzando el tiempo, más requiere que su puesta sea impecable. Y esta del Colón en el Coliseo no lo ha sido.
En el haber del régisseur, hay que colocar una escenografía casi minimalista, muy interesante, con paredes oscuras que enmarcan un espacio despojado sobre el que, dispuestos como los vértices de un triángulo, están una cama, un clavecín y una mesa con sus sillas. Completan el escenario, el gigantesco cuadro de la madre de Charlotte y un panel en la pared posterior sobre el que se proyectan imágenes de simbolismos entre pueriles e impenetrables. También son de destacar las marcaciones actorales, la proyección de las cartas de Werther sobre las paredes, los movimientos escénicos, la idea de presentar los monólogos individuales dentro de escenas de conjunto como pensamientos expresados en voz alta frente a testigos presenciales que no oyen, y la escena final en la que Werther prepara el ambiente para su muerte, y la escisión entre el cuerpo agónico y el alma del suicida, que ronda al dolor de Charlotte. Por el contrario, no pareció una buena apuesta transformar el preludio del primer acto, con sus aires pastoriles o navideños, en una especie de música incidental para la muerte de la madre, ni tampoco otorgarle una extraña multifuncionalidad al gran lecho en el cual fallece la señora, donde duermen los hermanitos. Albert le hace el amor a una Charlotte demasiado desganada; tienen su episodio amoroso los protagonistas y, por último, se mata Werther. Con todo, son propuestas válidas y muy interesantes de Désiré que lejos están de restar o de tergiversar una idea argumental. Fueron las cuestiones musicales las que no acudieron para salvar a Werther , la ópera, no el personaje.
Desajustes
Ni siquiera un buen director como Diemecke pudo lograr que sonaran medianamente bien algunos solos instrumentales de la Orquesta Estable ni que los bronces afinaran cuando quedan en soledad ni que la orquesta, en su conjunto, tuviera homogeneidad. No obstante, fue el elenco el que no proveyó esos valores agregados necesarios. A ninguno de los cuatro personajes principales se les puede acusar de incorrecciones, salvo los dos remates sucesivos del solo del primer acto de Oddone, cuya cuarta ascendente al agudo no alcanzó la mejor resolución. Pero ninguno brilló en especial. Mariana Rewerski pareció la más sólida y musical, en un primer acto que pasó sin despertar demasiadas emociones.
En el segundo acto, Boyd pareció apartarse de una actuación un tanto grandilocuente e hiperactiva para poner lo mejor de sí y cosechar una larga ovación con "Pourquoi me réveiller", esa aria en la cual Massenet se sale de tanta circunspección francesa y, violines de por medio, decide tomar prestadas algunas ideas pasionales del ascendente verismo italiano. Garay, por su parte, cumple correctamente con su papel, y están muy bien los chicos del coro, por lo demás, sin entrar ni salir corriendo del escenario, imagen muy repetida aun cuando los pequeñuelos, en la vida, también caminan. Afortunadamente, con Jonathan Boyd en plenitud, el final de la ópera hizo olvidar la intrascendencia con la que la ópera se había desarrollado, hasta que el tenor asumió un muy bienvenido protagonismo.
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