Urbe et Orbe / LEF
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El quinto álbum de Skay Beilinson, secundado por su banda de siempre –que cambió de nombre (ahora son Los Fakires) pero no de integrantes–, es probablemente el más abierto, sónica y estilísticamente, de toda su carrera solista. Quizá porque ya definitivamente afianzado en esta etapa post Redondos, llegó la hora de tomarse libertades y hacer algunas cosas que se "estaba debiendo", como confesaba a este cronista. La luna hueca es un álbum con la idea de viaje, con letras que indagan en preocupaciones existenciales o se estructuran como pequeñas fábulas, y sonidos que traen ecos de lugares lejanos, especialmente de Medio Oriente, que siempre ha estado presente en la música de Skay. Esto último es especialmente notable en "Sombra golondrina" y "La fiesta del karma" –con percusiones exóticas, acústicas y mandolinas que recuerdan los últimos trabajos de Robert Plant–, mientras que "Ya lo sabés" y "Cicatrices" remiten a los Beatles psicodélicos. Pero hay más: la intrigante "La nube, el globo y el río" tiene un arreglo de cuerdas y vientos a cargo de La Petite Hypnofón, de Alejandro Terán y Javier Casalla, y "La última primavera" cierra el álbum en un tono elegíaco, con una balada espaciosa que evoca a alguien que ya no está. La joya del disco es "El sueño del jinete", con un riff de guitarra twang a lo Duane Eddy, que seguramente se ubicará junto a "Oda a la sin nombre" entre las partes de guitarra memorables que en vivo se transforman en estribillos coreados por multitudes.
Por Claudio Kleiman
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