Soledades y reencuentros en invierno
Brillantes trabajos de Emma Thompson y su madre, Phyllida Law
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La visitante del invierno (The Winter Guest, EE.UU.-Gran Bretaña, 1997), presentada por Reco -Film Four Dist.-, en inglés. Libro: obra teatral de Sharman Macdonald. Guión: Sharman Macdonald y Alan Rickman. Música: David Harrod (piano). Fotografía: Seamus McGarvey. Intérpretes: Phyllida Law, Emma Thompson, Sheila Reid, Sandra Voe, Arlene Cockburn, Gary Hollywood, Sean Biggerstaff, Douglas Murphy. Dirección: Alan Rickman. 109 minutos.
Nuestra opinión: muy buena.
Las tomas iniciales denuncian la singular gramática con que el texto fílmico va a narrar esta cálida y sutil historia. Una anciana llega apurada a la ciudad por campos y calles nevados. Por corte a otra escena, una mujer más joven, se retuerce en una cama, entre sueños dolorosos. Así se despliega el resto, por situaciones paralelas que sugieren simultaneidad, oposiciones, continuidad y contrastes.
Esta peculiar modalidad narrativa toma en cuenta cuatro parejas de personajes: el recorrido y los diálogos de una madre y su hija; un adolescente y la chica que quiere brindarle su primera experiencia erótica; dos pibes que faltaron al colegio y que se pasan información sobre la sexualidad que se les despierta; y un par de ancianas que concurren a los velorios cercanos para pasar el rato y prepararse para lo que venga.
Sobre esta línea, el hasta ahora actor Alan Rickman logra un saludable triunfo en su primera película como director. Gracias a una severa inserción del paisaje invernal dentro de la historia, convirtiéndolo en un protagonista más, y gracias a la expansión de la acción fuera de los límites de un encuadre en calles o habitaciones, Rickman logra el sueño dorado de todo adaptador de una pieza: arrancarle el remanente teatral a su transcripción en imágenes visuales. No obstante, la superabundancia de diálogos y de frases, por lo general sabias o severas, conspiran contra la esperada aireación más allá del escenario.
Las conversaciones colmadas de sabiduría y el permanente recorrido de los personajes por un paisaje sin límites visibles, entre la nieve y la niebla, confieren a la narración cierta atmósfera metafísica, inexplicable a veces, seductora siempre e intemporal por la sugerida ausencia de fronteras cronoespaciales.
Un invierno lunar
El diálogo en profundidad y la tierra calcinada de un invierno lunar, igual que el enclave del pueblo sobre una extraña roca, le restan al cuento el inevitable realismo que atraen las conversaciones. Hay algo de Esperando a Godot, de Beckett, en el contraste entre lo humano y lo automático en la construcción de las cuatro historias, especialmente en la de los dos chicos y en la de las dos ancianas que van a los velorios, arrastrando una estela de absurdo, precariedad y mutua necesidad.
Alan Rickman no navega a la deriva ni tiene la vocación academicista de cierto cine inglés reciente. Se larga a la lid cinematográfica atado a cabos que lo orientan en su aventura: lo venimos diciendo desde los párrafos anteriores. Habría que añadir una reconocible influencia de Ingmar Bergman en el manejo de diálogos concretos, pero pronunciados por seres inasibles y hasta cierta convergencia paisajística -espesor del lugar, permanencia del mismo más allá del paso de las criaturas- con el visualismo sensible y cargado de significación y sin personajes visibles, que probó en la pantalla Michelangelo Antonioni, para su propia eternidad.
La visitante del invierno es una película optimista. Unos procuran sólo el lugar del coro y lo consiguen. Los que pasan al frente -la desolada hija que acaba de quedar viuda, un logro de la espléndida Emma Thompson, y su convincente madre, Phyllida Law, madre en la vida real de Thompson- alcanzan el tiempo de la promesa de transformación.
Es una historia de soledades profundas y de encuentros cotidianos, sobre relaciones familiares o de amistad bien conocidas. Capturamos a los personajes en un día más de tantos, justo ése en que se producen los cambios y las decisiones y en que el alma de la aparentemente quieta naturaleza se traga a unos y les da sangre nueva y voluntad positiva a otros.
La inevitable palabra
La palabra inmediata y sugerente tiene mucho que ver con las transformaciones individuales -aquella cita sobre la posesión de las estrellas y de la luna, proveniente de La extraña pasajera (1942), de Irving Rapper-, donde es evidente el paso de los núcleos teatrales a la progresión fílmica. Desde otra dimensión, un piano (David Harrod) contribuye con la imposición de una voz comunicante que ensambla situaciones ajenas entre sí, ligándolas por el sentido.
Titular el film La visitante del invierno, con el sustantivo femenino, es un hecho pedestre. Habrá sido por asociarlo con la madre de la historia, cuando el visitante (the guest, en el original) designa, en la esfera simbólica, algo más genérico, inasible, acaso el invierno mismo, o la nieve, o la muerte y la vida, o los cambios de comportamiento, las tomas de decisiones y esas cosas del universo dramático en la imaginación de los escritores y creadores fílmicos.
Las actuaciones son cuidadas y cautivantes gemas. Que Phyllida Law sea la madre de Emma Thompson (dos actrices formidables) acentúa en la ficción cierta reservada afinidad en donde el verdadero lazo materno-filial es un juego constante en la puesta en escena, en los espejos y en los frente a frente.
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