"Soy una elegida"
En Costa Rica, su tierra natal, la legendaria cantante recorrió su vida junto a La Nación y anticipó su actuación en Buenos Aires
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SANJOSE, Costa Rica.- En la casa de Chavela Vargas el tiempo parece suspendido. Un estado casi minimalista la asalta cuando se tiene que mover o cuando se sumerge en su propia filosofía existencial y extrae de su vida una melodía propia con sabor a tequila, amores, ranchera y corrido revolucionario.
"Me considero el ser más libre del mundo. No pertenezco a ninguna religión, a ningún credo político, no pertenezco a nadie, ni a nada, sólo a Chavela. Es la única que me entiende", sentencia en diálogo con La Nación , antes de su concierto, el miércoles 22, en el Opera.
Su voz rompe el silencio de la tarde en el barrio Heredia, a media hora del centro de San José de Costa Rica. El aroma del incienso perfuma el ambiente. La aproximación a la verdadera Vargas y no a la leyenda construida alrededor de su vida, o a los lugares comunes que con justicia la ubicaron como un símbolo de la canción mexicana, se produce espontáneamente cuando empieza a cantar en la cocina, acompañada por el silencio: " No me pregunten quien soy/porque no se los digo/sólo sé que donde voy... el amor va conmigo... ".
Una mujer mansa
La misma que hace un instante se estremecía en el denso compás de su canción, se pone a preparar café. El olor tostado transita las tres habitaciones de su pequeña casa, en la que vive con las comodidades justas. Parece una mujer mansa. Pero cuando comienza a contar su historia única, como su voz, vuelve a arder como una pira.
Llegó a México cuando tenía 17 años, donde despertó a la adultez, al canto y a la fama. Todos cayeron automáticamente a sus pies cuando la escucharon cantar:" Ponme la mano aquí Macorina, ponme la mano aquí ", una canción que la hizo reconocida antes de que grabara su primer disco, a principios de los años sesenta. "La Macorina", convertida por la guerrilla salvadoreña en un himno, fue una de las canciones que cautivaron al público junto a "Noche de ronda", "La nave del olvido", "Somos" o "La llorona". El recuerdo lleva a la cantante a esos primeros días de bautismos de fuego: "La primera noche que debuté como La Vargas salí con un jorongo -un poncho indio- y pantalones. Cuando pegué el primer grito de rebeldía sentí que por un segundo se paró el ambiente musical del planeta. Al otro día, el comentario en un diario fue: salió una figura extraña, vayan a verla". Desde ese momento, el mundo empezaría a tener noticias de ella. Chavela pasó a ser un icono de la bohemia cultural de México. "A mí me tocaron los años más bellos, del 50 al 70. Ese tiempo con Frida Kahlo, con Diego Rivera, con Guadalupe Amor, y todo aquel rejuego era encantador. Había una cantina que estaba cerca del museo de Frida, donde Diego había pintado unos murales hermosos en una noche de borrachera. Eran gentes encantadoras y tan extraordinarias que se adelantaron a su época. Yo estoy desubicada, ellos no. Ahorita estarían apenas bien en esta época." Los recuerdos le atraviesan el cuerpo. Los ojos se le humedecen. Aparece la imagen de esa Chavela joven, indomable, que había aprendido a probar todo a fondo, incluso el tequila. "Tiene su historia bonita el alcohol. Al principio, eres una figura simpática, ves cosas maravillosas, conoces gente increíble... Luego todo se te vuelve espantoso. Ya cuando tocas fondo y no te bastan 10 copas, sino una botella o dos, entonces empieza el infierno, que lo viví. Pero tuve que salir así -empuja el aire con sus manos hacia arriba-. A puro valor, como canto en una canción."
Se queda pensativa unos instantes. La casa está en silencio, hasta que Chavela vuelve a cantar: " A puro valor he cambiado mi suerte/ hoy voy hacia a la vida y antes a la muerte ". Es ella quien se ubica en ese nuevo tiempo de su vida, sin sus vicios más queridos: el alcohol y el cigarrillo. La canción, sin embargo, siguió latiendo dentro de ella. Cuando la daban por muerta, redescubrieron su canto.
Chavela volvió a subirse a un escenario en los noventa y demostró que su arte estaba inalterable. "Entonces pude sacar a la ranchera de la cantina y los balazos y llevarla a las universidades." Los tiempos de parranda y alcohol sólo habían fortalecido más su voz. "Soy una elegida. No metamos a Dios en esto. Pero tengo algo dentro que no sé como explicarlo. Sólo sé que cuando canto todo ese desgarro sale pa´ fuera ."
De ese largo regreso a la canción, Chavela recuerda otro episodio extraño. "Una noche estaba en un concierto al aire libre en Barcelona y empezaron a volar unas gaviotas sobre mí. Entonces sufrí algo extraño. Dejé de ser yo en ese momento y una parte de mí se fue con el vuelo de las gaviotas hasta el mar. Canté como nunca esa noche, pero no estaba en mí, era otra la que seguía cantando: esa Chavela que yo amo, que es mi compañera, con la única que hablo mucho. Pero se está cansando, ya no le puedo decir muchas cosas. No alcanzamos las dos a dialogar tanto."
Los rituales de la vida
Para Chavela hay varias cosas que son sagradas. "Yo me subo a un escenario y para mí es como hacer una ceremonia india. Es como que me estoy desangrando. Estoy contando cosas... que con música son más entretenidas, pero que la gente siente como autobiográficas... y yo dejo mucha vida en cada una. Entrego todo mi arte."
El otro rito que cumple cotidianamente es charlar con los astros. "Le converso a la Chicalculicue, que en la mitología india es Venus, para que me proteja con su luz azul. Igual que la hermana Luna", cuenta con naturalidad como si hablara de sus hermanas de sangre.
En ese instante se llega a comprender mejor el mundo de La Vargas . La que está sentada sobre su propia leyenda, sin que le pesen las palabras, ni las historias inventadas ("siempre me miraron mal porque soy valiente. No me importa el qué dirán"), la que mastica silencios o dispara frases burlonas ("me tendrían que dar un premio por todo lo que viví"), la que habla con respeto de Sai Baba ("fue la única persona que no me condenó y me escuchó cuando estaba agarrada al tequila"), la que cuenta con orgullo los dos kilómetros que camina al alba ("tú a mi edad no lo harías") y la que quiere despojarse de todos sus bienes materiales: "Tenía casas en México, España y Costa Rica, pero las vendí. Seguramente, después me iré a vivir con los indios".
Esa Chavela que cultiva una sabiduría que le viene de un tiempo inmemorial se siente extraña en esta época. "Qué vamos a ser con las computadoras, con los que no tenemos amor, con los que no tenemos sueño nunca. Yo espero no estar mucho en el 2000. No me gustaría empezar una carta escribiendo: México 2001. Te amo tanto... No me suena."
Igual acepta el destino, que la devolvió al punto de partida de su vida. "Me fui de Costa Rica hace setenta años. Fue donde nací, pero acá nadie me entendió nunca. Volví sólo porque las cosas están marcadas. Hoy estoy aquí, hasta que la vida me ponga en otro lado. Ella sabrá."
-¿Puede ser que la ponga en un estudio de grabación de nuevo?
-Puede que haga un disco más y quién sabe qué. No puedo decir que no, por algo tengo la voz y tengo el mismo sentimiento, con alcohol y sin él, que cuando cantaba hace cuarenta años. Eso es lo que a la gente le gusta de mí. Sabe que me entrego toda a la canción.
-Todavía ve lejos el retiro...
-Es que estoy como arrancando de nuevo. Pero es peligroso, porque cuando el artista traspasa los niveles del arte y quiere llegar más arriba, muere. Le pasó a Picasso o a Dalí.
-¿Tiene miedo de que esté cerca ese momento?
-Tengo respeto a la muerte, pero miedo no. Me parece el paso más elegante del mundo. Por eso nadie volvió. Y yo no sé qué viaje voy a hacer. No lo siento como una despedida. Simplemente voy a detener mi camino. Así será mi muerte.
-¿No le pediría prórroga, como dijo su colega Compay Segundo?
-Yo no le pido prórroga a nadie. Ya viví todo lo que tenía que vivir. Sé que estoy llegando al final... bueno son días, meses o años, no tengo la menor idea. Sí sé que algo va a suceder. Pero no me siento mal por eso.
-Quizá porque siente que la sobrevivirán sus canciones...
-Ese es mi mayor orgullo. Porque nada quedará de mí sobre la tierra, como decía la poesía náhuatl. Yo no quiero entierro ni velorio; que me quemen y mis restos desaparezcan. Que nadie sepa pa´ dónde me fui. Y si me quieren encontrar, que escuchen mis canciones, que ésas vivirán eternamente.





