
Steve McQueen, cuestión de carisma
A la hora de enfrentar dificultades, accidentes o peligros, Steve McQueen parecía tener nervios de acero: su conducta revelaba una pasmosa, inmutable tranquilidad. King of Cool, lo bautizaron en los sesenta por esa férrea imperturbabilidad, que venía mezclada con un aire de seca indiferencia, y quizá con un cierto dejo de mal humor, de irritación latente, de velada melancolía. En ese solitario cuya personalidad desbordaba la ficción y se adueñaba completamente de la pantalla el cine encontró un fenómeno de carisma que los espectadores sabían reconocer colmando las salas donde se exhibían sus films. Y le sacó todo el provecho que pudo, mas allá de los escollos que él mismo colocaba en el camino. McQueen era temperamental, rebelde, combativo: casi el arquetipo de la estrella de cine difícil, poco dócil con sus directores y siempre atento a que ningún oportunista pudiera arrebatarle el centro de la escena. A un hombre como ése, claro, le sobraba determinación: "Cuando creo en algo, trabajo por ello como un demonio", decía.
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Pero no era sólo carisma lo que distinguía al actor que el viernes último habría cumplido 75 años y de cuya temprana muerte a causa de un ataque al corazón ha pasado casi un cuarto de siglo. Tenía también plena conciencia de sus posibilidades. Más: sabía que su campo de acción era limitado, pero dentro de ese rango podía alcanzar resultados sorprendentes. "Nunca trabajé con un actor que supiera tanto acerca de cómo aprovechar mejor sus propias condiciones en la pantalla", solía decir Robert Wise, que le dio su primer papelito en "El estigma del arroyo" (1956) –el film que consagró a Paul Newman, su competidor más directo– y diez años más tarde lo llevó al umbral del Oscar con "El cañonero del Yangtzé". Entre una y otra, McQueen desarrolló una parte fundamental de su carrera. Tuvo su primer protagónico en "The Blob" ("La mancha voraz", 1958); su primer éxito personal ese mismo año en la serie de TV "Wanted: Dead or Alive", y su primer gran triunfo cinematográfico en "Los siete magníficos", de John Sturges, el mismo director que le daría otro de sus personajes inolvidables: el de uno de los militares aliados que organizan su fuga de un campo de concentración nazi en "El gran escape" (1963). Allí pudo ejercitar su otra gran pasión: la velocidad. Fueron celebradas (e imitadas) las espectaculares escenas en que McQueen exhibía su destreza y su arrojo de motociclista. El gran éxito del film aseguró su consagración definitiva y elevó su cotización. Pero todavía faltarían varios hitos importantes en su trayectoria: "El affair de Thomas Crown" (Norman Jewison, 1968),; "Bullitt" (Peter Yates, 1968, con una persecución memorable por las calles de San Francisco), "La fuga" (Sam Peckinpah, 1972, al lado de la que fue su segunda esposa, Ali MacGraw) y "Papillon" (Franklin J. Schaffmner, 1973), además de "Infierno en la torre" (John Guillermin, 1974) y "Un enemigo del pueblo" (1977), versión de la pieza de Ibsen en la que reapareció excedido de peso y con visibles huellas de sus desarreglos.
Hace algunos años, James Coburn definía el secreto carisma de McQueen como "pura personalidad": el fruto de muchas experiencias difíciles vividas en carne propia, una verdad que suele faltarles a otros "duros" del cine. Terrence Steven McQueen, en cambio, había tenido demasiadas. Contaba pocos meses de vida (nació en Beech Grove, Indiana) cuando su padre abandonó la casa: nunca lo conoció. Su madre, casi adolescente, se había fugado del hogar familiar y era más fiel al alcohol que a sus ocasionales novios: pronto lo dejó en Missouri al cuidado de un tío. Tamaña inestabilidad fue dejando su huella: Steve frecuentó menos la escuela que las pandillas callejeras y terminó pasando buena parte de su infancia en la República de los Chicos, que no era un parque de diversiones sino un reformatorio. Cuando salió de allí, curtido y solitario, pero con muy firmes convicciones acerca de la amistad varonil, cambió frecuentemente de ocupación: trabajó en un campo de petróleo, fue marinero, reparador de televisores, ratero de playa, vendedor, hachero, camarero en un bar, estibador. También se integró a los Marines, período en el que varias veces conoció la celda de castigo. Pero fue la beca que obtuvo como ex soldado la que le permitió pagarse los estudios: con Uta Hagen y Herbert Berghof, primero, y en el Actor’s Studio después. Un ocasional reemplazo de Ben Gazzara en "Hatful of Rain" fue suficiente para hacerse ver. Su presencia (y su carisma) hicieron lo demás.
Los más fanáticos aseguran que todavía no ha habido reemplazo.




