
1984
Una impecable adaptación del clásico de Orwell, dirigidao por Tim Robbins, en esta pieza que se presenta hasta hoy en el Teatro San Martín
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Texto: de George Orwell, con adaptación de Michael Gene Sullivan, a cargo de The actor's gang (EE.UU.) / Intérpretes: Cameron Dye, Nathan Kornelis, Chris Schultz, Kaili Hollister, V.j. Foster y Steven M. Porter / Diseño de sonido: David Robbins / Diseño de Iluminación: Bosco Flanagan / Diseño De vestuario: Allison Leach / Diseño de Escenografía: Richard Hoover y Sibyl Wickersheimer / Dirección: Tim Robbins / Sala: Teatro San Martín / Duración: 130 Minutos, con intervalo
Nuestra opinión: Muy buena
Curiosamente, George Orwell finalizó de escribir 1984 en 1948 para hablar de lo que serían las sociedades en 1984, sin saber que también se estaba refiriendo a las políticas de estados de principios del XXI que construyen un mundo apocalíptico para su propio beneficio, donde la pesadilla que imponen es la moneda corriente.
La vigencia de su propuesta moviliza la respuesta del público que reconoce en el Gran Hermano a los gobiernos totalitarios, represivos, contemporáneos que tratan de modificar los hechos reales para contar su propia historia: "Quien controla el pasado, controla el futuro. Quien controla el presente, controla el pasado", dicen los personajes. Y con la verdad/mentira de estas versiones se va ocultando la verdadera historia.
Son múltiples las lecturas que ofrece este texto, pero siempre orientadas hacia la omnipotencia que pretende alcanzar una corporación política que se puede transformar en omnipresente a través de la figura vigilante del Gran Hermano. Con él, se puede infundir temor, reprimir, deformar el lenguaje con palabras extrañas para no permitir el pensamiento ni la libertad de expresión.
"Libertad es esclavitud", porque el esclavo se siente libre al no conocer otra cosa". "Paz es guerra, porque con la guerra la gente tiene temor de rebelarse contra la tiranía local. "Ignorancia es fuerza", porque con la ignorancia se evitan las rebeldías contra el partido. Con estos lemas, cientos de dictadores cercenaron las esperanzas de los pueblos. Lo curioso radica en que algunas de estas situaciones arrancan la risa del espectador, no porque sean graciosas sino porque el patetismo que emana de situaciones de tortura, de destrucción de la identidad, de la imposibilidad de amar y de la anulación del libre albedrío, resulta conocido por ser experiencias que se vivieron y se siguen viviendo en la actualidad. Gran visionario resultó ser Orwell.
Afortunadamente, esta novela encontró un adaptador que supo concebir una estructura dramática para llevarla con solvencia a escena y desarrollar una puesta coherente y efectiva. La escenografía se apoya en un espacio vacío, coronado por paneles opacos y bancos de madera, que adquieren diferentes conceptos gracias a la iluminación. El vestuario, por su parte, subraya la uniformidad de las ideas y los pensamientos.
El gran soporte de esta puesta es, sin dudas, la actuación que se enriquece al encarar, a excepción del protagonista, un desdoblamiento de personajes.
Cameron Dye interpreta a Winston, ese oscuro empleaducho del Ministerio de la Verdad, cuya función es distorsionar las noticias del pasado para ajustarlas al presente, hasta que empieza a sospechar de las verdaderas intenciones del Gran Hermano. Es muy elocuente el trabajo que realiza Dye para modificar su comportamiento con matices que exponen la angustia, la emoción y el temor. El resto de los actores compone a funcionarios del gobierno, donde sobresalen el sadismo, la crueldad y la ironía que suelen manejar esos seres que se consideran impunes por el simple hecho de cumplir con los mandatos y valiosos porque aumentan la obsecuencia que rodea a los tiranos.
En la dirección de actores, indudablemente, mucho tiene que ver la mano de Tim Robbins, quien además supo crear un ritmo muy apropiado para el desarrollo de estas acciones y lograr una versión teatral muy loable.
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