Albert Plá, ahora actor
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Presentación de El malo de la película , con la actuación de Albert Plá y Judit Farrés. En el ND/Ateneo. Nueva función, el sábado 14, a las 23, en el Faena Hotel.
Nuestra opinión: muy bueno
Una butaca de automóvil, con su respectivo volante; un corral con dos gallinas; un hongo gigante; una especie de zorro embalsamado de aspecto agresivo; una gran piedra (que no es la movediza), y una pantalla esperan por Albert Plá y su nueva historia, El malo de la película , una producción que desde el comienzo de la obra se define como ultraindependiente.
El artista catalán, acompañado por la ubicua Judit Farrés, trajo a Buenos Aires un trabajo que lo sitúa enteramente en el papel de actor, aunque con un lado musical que, aunque no central, logra ser certero tanto por sus líricas como por su clásico contenido contestatario.
Si bien su trabajo estuvo muy enfocado en una mirada crítica hacia las instituciones y la autoridad, en un sentido políticamente correcto para un sector del progresismo y que, por cierto, esto incluye un criterio casi apologético sobre las diferentes sustancias psicoactivas, aquí Plá trasciende el plano puramente conceptual y actúa sobre los dilemas de conciencia a través de un personaje construido desde las contradicciones.
La obra se centra en un abogado que trabaja para una firma multinacional y debe conseguir la firma de un intendente para la construcción de un polígono industrial en una idílica reserva natural. "Soy un buen profesional, el mejor abogado del mundo, pero me olvidé de ser una buena persona, la mejor persona del mundo", dice en un momento y, mientras va afirmándose en esa potestad, atropella con su imaginario automóvil a un niño, al que no asiste y lo deja por temor a otro juicio. "No soportaría otro juicio; sigo y mañana me dedico a ser mejor persona", concluye.
El trabajo se sostiene sobre un audiovisual con el cual tanto Plá como su partenaire Farrés interactúan de manera muy fluida, al punto de convertir la obra en un sólido espectáculo en el que imagen, actuación y música lograron conjugarse en una propuesta que tuvo al humor ácido como principal baluarte.
Intenso, sin altibajos y sin afectación, Plá desarrolla ese personaje lleno de dobleces, pero que suena tan natural que hace posible la identificación. Cínico, con algunas señales hasta de cretinismo, el artista transmite un ser humano que, doblegado por su propio poder, vive en conflicto. Abogado exitoso, debe seguir las directivas de su empresa, que sólo tiene como norte el interés económico. Los escrúpulos del profesional se hacen por momentos insoportables, pero lo convierten más en un cínico que en un arrepentido.
La obra transcurre durante un viaje por carretera entre su despacho y el del intendente al que debe convencer; en medio de ese viaje hay pequeñas historias que enriquecen la obra, como el incendio que devastó a los Estados Unidos y que provoca uno de los dos momentos musicales del espectáculo; otra viñeta será "La mujer triste", con imágenes que si bien reflejan los padecimientos de una señora no dejan espacio para el dolor, sino más bien, para la risa.
En realidad, el talento de Plá está en hacer reír al auditorio con tragedias; sus bromas, o más bien su juego con la ironía, es brutal y así, por ejemplo, el abuelo que coleccionaba enfermedades se superpone con imágenes sobre diferentes patologías, algunas francamente conmovedoras, que terminan por agobiar al espectador; todo esto, con un niño disfrazado de hombre araña que confunde la palabra hámster con cáncer y que el abuelo se ocupa puntillosamente de corregir.
Otro sketch desopilante es el de Plá, a la manera del subcomandante Marcos, pasamontañas y pipa, pero con la camiseta del Barça, declarando en un tape la guerra a España. En la imagen aparece una asistente que le quita el pasamontañas y le pone una media en la cara que deforma sus rasgos y su voz; no contenta aún con el asunto, le pasa una máscara de un mono.
La infaltable mención de las drogas llega durante un paseo en el que come un hongo que lo lleva a un viaje por diferentes momentos de su historia y que termina en un orgasmo.
Hacia el final, llega al pueblo donde debe hacer firmar el permiso para la construcción del complejo industrial. Lo espera un levantamiento popular que es violentamente reprimido en la pantalla, en tanto, Farrés y él cantan "Gracias a la vida".
"No se preocupe jefe, el intendente ya firmó... ¿si hubo problemas? Los cuatro exaltados de siempre", dice por celular a su jefe.
El malo de la película es la evidencia de un artista inquieto y con una firme propuesta en la cual la crítica y la ironía son su mensaje.




