Amanda vuelve
Potente y sutil trabajo de Marta Lubos en una pieza de Diego Faturos
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Texto y dirección : Diego Faturos / Intérpretes : Marta Lubos y Sandra Villani / Musico en vivo : Matías Macri / Escenografía : Sofía Rapallini / Realización de escenografía: Gianni Faturos / Iluminación : Ricardo Sica / Asistente de dirección : Cinthia Guerra / Sala : Timbre 4 / Funciones : jueves, a las 21.
Nuestra opinión: muy buena
Ella atrae sólo con su aroma. Saber que Marta Lubos es la protagonista dispone bien el alma. Es sentarse, relajarse y prestarse a disfrutar. Pero Amanda vuelve está llena de sorpresas y la más importante es que es mucho más que una obra que la tiene a Lubos en escena. Está ella, sí (y eso es invalorable), pero también hay un buen texto repleto de poesía, una historia con muchos vericuetos para descubrir y otra gran actriz sobre el escenario, Sandra Villani.
Entre las dos -con el aporte fundamental del diseño de luces de Ricardo Sica y de la música del pianista Matías Macri (en vivo)-, desandan una historia de amor y de espera. Ella espera que algún día Amanda vuelva. ¿Una gata, una hija, una amiga? Quizá sí o quizá no, pero mucho no importa. El hecho relevante es la espera en sí misma, el modo en que se espera, todos los recursos que se ponen en juego en ese hecho.
No es fácil, afuera hay guerra, adentro recuerdos dolorosos de otra vida llena de vida -que ya no está- con Amanda. Esa espera que toma toda la obra está bellamente escrita y descripta por las palabras de Diego Faturos, que también hace las veces de director con un trabajo de una sutileza y un cuidado por los detalles que abruma.
En su transcurrir, el personaje de Lubos no puede no narrar su propia vida, sus deseos anhelados, su pasado roto, su futuro incierto. Nostálgico, melancólico, el relato se permite abrirle las puertas al personaje de Sandra Villani, quien le da otra luz al recinto, otro tono que es sumamente bienvenido. Esta mujer trae cordura, cariño, ternura, humor y cierto orden que resguarda a la otra de sus recuerdos. Una está desnuda, la otra aparece protectora.
Amanda vuelve es un bocado para degustar con lentitud, saboreando las palabras (y lo que ellas nombran), los silencios, la música, las imágenes que se forman contundentes. En este juego tiene un rol importante la escenografía de Sofía Rapallini, que crea un espacio circular y giratorio que no deja rincones ocultos al espectador, que le da movimiento a ese dolor, que lo vuelve transparente, traslúcido.
El equipo del que se rodeó Faturos supo y pudo crear un espectáculo repleto de matices, hallazgos y colores; casi tantos como los que él mismo logra con las palabras que dicen sus personajes. Las infinitas enumeraciones y sus variadísimos tonos no hacen más que hacer sonreír el cuerpo de las actrices, y el de los espectadores.
A estas alturas, ¿qué más se puede decir sobre el trabajo de Lubos? Poco. Pequeña ella, se vuelve enorme en escena. Fragilidad y fortaleza en un mismo cuerpo. Una belleza de actriz que no para de sorprender.



