
Angulos y diagonales
En la página 200 de El arte teatral , de Gastón Baty y René Chavance (Breviarios del Fondo de Cultura Económica, 1951; traducido del original francés por Juan José Arreola), se lee: "En busca de lo real, los italianos del Renacimiento idearon los decorados en perspectiva, esos decorados que se proponían imitar perfectamente a la naturaleza con sus efectos de óptica. Cuando ese sistema de decorados llegó a Francia con La finta pazza , fue sumamente estimado". En efecto, se trasladó el efecto de ventana abierta, o perspectiva ortogonal, de la pintura al escenario: el espectador tenía ahora frente a sí un eje al que su mirada debía obedecer estrictamente, avanzando en el espacio (o retrocediendo; depende de la sensación subjetiva de cada uno) hasta el punto de fuga, central, donde todas las líneas paralelas del cuadro -reales e imaginarias, a la vez- se concentraban. La estructura tradicional del teatro a la italiana, la sala en forma de herradura, favorecía esta disposición.
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Fue a mediados del siglo XVIII cuando se produjo la primera distorsión del sistema, que enriquecería notablemente la capacidad evocadora del escenario e influiría incluso en la dramaturgia. Se trata de la perspectiva en ángulo: al público se le proponen múltiples ejes visuales, abiertos, como en abanico, a otros tantos espacios que van multiplicándose e intercalándose hasta el vértigo, siguiendo el concepto ilusionista de la edad barroca: la vista nunca termina de abarcar todas las fugas, infinitas. Quién fue el primer innovador es materia de discusión entre eruditos. Los franceses sostienen que si bien se trata de un italiano, Niccolò Servandoni (Florencia, 1695-París, 1766), era un italiano que trabajó casi toda su vida en París, en tiempos de Luis XV. Los italianos retrucan que la renovación se debió a la célebre familia de decoradores, los Galli Bibiena, originarios de Bolonia. Dicho sea de paso, Servandoni, de profesión arquitecto, es el autor de la gran iglesia parisiense de Saint-Sulpice, tan de moda hoy a raíz de las fantasías de El código Da Vinci (cuando lo que realmente vale la pena ver allí son los frescos de Delacroix).
En La scenografia italiana, dal Rinascimento all età romantica , de Franco Manzini (Fratelli Fabbri Editori, 1966), se postula que el primero en utilizar la perspectiva en ángulo habría sido otro boloñés, Marcantonio Chiarini (1652-1730), "especialista en encuadramientos y perspectivas, organizador de espectáculos festivos y funerarios", a quien suele atribuirse erróneamente (según Manzini) la condición de seguidor de los Bibiena, cuando en realidad era tan sólo su contemporáneo. Pero fue uno de los Bibiena (dinastía de padres, hijos, tíos, sobrinos y demás deudos), Ferdinando, quien primero advirtió las posibilidades de esa nueva técnica, que también otros escenógrafos -palabra no formada aún en esa época, cuando se los llamaba decoradores- utilizaban, porque la innovación estaba, como suele decirse, en el aire de la época.
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Escribe Manzini: "La perspectiva en ángulo no es sino una de las numerosas variantes nacidas de la adopción de las aberturas laterales del escenario; otra variante sería la perspectiva en diagonal, pintada sobre el telón de fondo de modo de suponer que las arquitecturas atraviesan transversalmente el tablado". Esta técnica de la pintura (porque los decorados eran, básicamente, pintados: casi no había elementos corpóreos) transversal, o en diagonal, fue vastamente utilizada hasta comienzos del siglo XX en los decorados de óperas, pródigos en salones magníficos y bosques tupidos. También Manzini señala que el primer paso hacia estas innovaciones se habría dado en 1690, en la corte de los Farnesio, en Nápoles, en espectáculos "que representan un compendio de las conquistas hechas durante el siglo [el XVII] y, al mismo tiempo, el punto de tangencia de los dos métodos [el ángulo y la diagonal]".
Los hermanos Ferdinando y Francesco Bibiena, sus hijos y sobrinos, se especializaron en imaginar palacios magníficos, atrios imponentes, salas del trono, lugares donde desplegar el esplendor cortesano, propio de la edad barroca. Pero, concluye Manzini, "el ojo [del espectador] terminaba por perderse en el vano intento de devanar el intrincado ovillo de la perspectiva [ ], agravado por lo imponente y lo monumental [ ]. Escorzos violentos, espacios abiertos al infinito, una continua reiteración de escaleras, columnatas, hileras de árboles y de estatuas".
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