Argentinos con un humor frustrante
"Aryentains II" , de Roberto Fontanarrosa. Dirección general: Lía Jelín. Elenco: Daniel Aráoz, Coco Sily, Jean Pierre Noher y Roly Serrano. Directora asistente: Mara Bestelli. Asistente de dirección: Ariel Ibáñez. Adaptación: Jorge Shussheim. Luces: Sebastián Blutrach. Vestuario y escenografía: Alejandro Mateo. Producción general: Darío Arellano y Gustavo Giulioni. En el ND Ateneo.
Nuestra opinión: regular
Los gustos populares, tal vez masivos, habitualmente van a contrapelo con la opinión de una crítica que analiza un hecho artístico en su totalidad. Pero inclusive cuando se trata de un espectáculo popular, el análisis no es desatinado. Además del hecho artístico, se toma en cuenta el buen gusto y el respeto por el público. Y ese respeto se traduce en hacer reír en forma inteligente, en el marco de una obra artística.
Pero quien esto escribe se sintió raro, desubicado y como desenfocado entre una platea que reía sin parar, aplaudía enfervorizada y de pie. "¿Me estaré perdiendo de algo importante en la vida, que no me doy cuenta?", fue la pregunta que apareció cerca del final de la función. Y la respuesta no apareció. Simplemente, esa palmada de consuelo que uno puede darse a sí mismo, para decir: "y... sí... admitilo, sos raro".
Es que iba a contramano del resto. El crítico no pagó la entrada, iba a trabajar y no se veía obligado a divertirse. En cambio, la misión del espectador que pagó su entrada era reírse sin demasiado preámbulo, aunque sólo sea para que le hagan cosquillas. Unos cuantos chistes fáciles y situaciones graciosas ya harían que la misión estuviera cumplida. Pero para quien busca un poco más, el resultado es frustrante.
"Aryentains 2" le gusta muchísimo al público, que festeja cada uno de los trucos milenarios de los cómicos para despertar una carcajada fácil. Pero es un espectáculo que carece de esa profundidad con la que cuenta el humor inteligente. Está basado en una serie de cuentos de Roberto Fontanarrosa, adaptados del libro "El rey de la milonga". Por medio del título y de su precuela se entiende la intención de ilustrar la personalidad generalizada del argentino en estas aguafuertes. Pero si ése es el fin principal, la pincelada sólo roza la superficie. El humorista rosarino es muy agudo, pero no se ve ese ojo cítrico en ninguno de estos sketches. El espectáculo consta de siete cuadros, separados por diminutos puentes musicales en los que, indistintamente, los actores rapean o entonan breves versos que no dicen demasiado.
Como es obligado, los cuatro intérpretes se dividen el protagonismo, según el cuadro, y aunque casi todos varían en contenido y concepto, tres de estos sketches (titulados "Un hombre de carácter") repiten a los personajes protagónicos: el tío Julio y Alfredito (interpretados por Coco Sily y Jean Pierre Noher), tal vez lo más acertado del espectáculo. No por ser una gran genialidad, sino porque estos momentos son los que mejor representan esos aspectos avergonzantes de la personalidad de los argentinos. El sketch del tráfico es lo más divertido y el mejor logrado.
Desorden
La directora no pudo hacer mucho con cuatro actores que buscan el lucimiento permanente. Es evidente que tienen una conexión y una complicidad importante, pero hacen lo que quieren arriba del escenario. Están muy bien ubicados, según las marcaciones, y se mueven muy bien. Pero hay un desorden increíble en los textos. Morcillean , se tientan de risa y se equivocan a propósito todo el tiempo, como recursos trillados y efectivos para lograr la carcajada del espectador. En el cuadro final es muy difícil imaginar cuáles son las líneas escritas por Fontanarrosa debido al morcilleo y a la prolongación innecesaria que hacen los actores.
Si de gracia hay que hablar, los cuatro son graciosos. Si se habla de actuaciones, el único que intenta trabajar un poquito el detalle es Coco Sily.
Un aspecto interesante de la puesta es la escenografía de Alejandro Mateo, realizada respetando la estética de las historietas de Fontanarrosa.





