
Basado en Horacio Quiroga
"Las sacrificadas" , de Horacio Quiroga. Elenco: Tina Serrano, Julieta Ortega, Jean-Pierre Reguerraz, Mariana Richaudeau, Santiago Pedrero, Rafael Ferro y Pablo Rinaldi. Escenografía y vestuario: Julio Suárez. Luces: Ignacio Rivero y Leandra Rodríguez. Música: Chango Spasiuk. Director: Roberto Villanueva. Teatro Nacional Cervantes, sala María Guerrero. Estreno: viernes 7 de este mes.
Nuestra opinión: bueno
El relato original es uno de los "Cuentos de amor, de locura y de sangre", de Horacio Quiroga, publicados en 1917, y se titula "Una estación de amor". Comparado con su versión teatral, el cuento la supera, lejos, en síntesis y vigor dramático. La filiación con el fatalismo moral de Ibsen en "Espectros", es evidente: los hijos heredarán los pecados de los padres. En esos años, las enfermedades venéreas, el alcoholismo y la drogadicción se contaban -como hoy- entre los mayores estigmas sociales, con una diferencia significativa: se los estimaba infamantes, al punto de que ventilarlos en público era una grave transgresión al código de las buenas maneras. Que el personaje de la madre, en esta obra, sea calificado por otro de "cocota morfinómana", puede provocar la hilaridad del espectador actual, pero en 1923, cuando la estrenó la compañía de Angela Tessada, era una sanción compartida por la mayoría del público.
Julia, la madre de la bella e inocente (al comienzo) Lidia, es la morfinómana y "mantenida" de marras. Se ha instalado con su hija en Concordia, en casa de su cuñado, el doctor Arrizábal, con quien mantiene una relación por todos conocida y reprobada. El joven Nébel, hijo de un vecino rico y prominente, a los dieciocho años enloquece de amor por Lidia, de apenas catorce. Resuelto a casarse, tropieza con la oposición paterna y con la insidia de Julia, empeñada en estimular la relación sexual de los adolescentes y, embarazo mediante, obligar al conflictivo matrimonio.
Pero Nébel resiste la tentación, favorecida por la madre, de acostarse con Lidia: antes que satisfacer su impulso primario, quiere preservar la pureza del sentimiento. Desairada, Julia se marcha con su hija, cuya fragilidad, todavía a medias infantil, le impide rebelarse contra esa imposición. Diez años después, en Buenos Aires, al abordar un tranvía, Nébel -ya hombre cabal y terrateniente próspero- tropieza con una desvencijada Julia, a quien la morfina y la muerte de Arrizábal redujeron a la miseria. Resumiendo: la astucia de Julia y la debilidad de Nébel llevan a éste a invitarlas a pasar una temporada en su establecimiento del Chaco, donde estallará la tragedia. Allí, Julia es víctima del síndrome de abstinencia, Nébel se acuesta finalmente con Lidia (en la escualidez -señala el cuento original- de un cuarto de sirvienta) y siente que al hacerlo ha profanado lo que más apreciaba en el mundo, el recuerdo de un amor puro.
Curiosa idea la de reponer esta obra que, a los ojos escépticos de un espectador de hoy, equivale a un testimonio arqueológico. Tal vez por eso la puesta de Villanueva (director de impecable trayectoria, imaginativo e innovador como pocos) oscila entre una bienvenida, austera estilización en la primera escena, y la casi parodia burlesca de la residencia del Chaco, con unas descomunales cabezotas de animales autóctonos en la pared y sendos osos hormigueros embalsamados a ambos lados de la puerta que se abre a la selva. También la actuación deriva hacia el humor negro: la espantosa muerte de Julia es jugada en clave de cine mudo, con una mezcla de genuino horror y de disparate a la manera de Urdapilleta y Tortonese en su momento. Tal vez al público lo diviertan estas inesperadas acrobacias y aprecie, merecidamente, la notable actuación de Tina Serrano, sin cuya presencia la débil estructura de la pieza se derrumbaría. Reguerraz impone su autoridad en breve papel y Julieta Ortega acredita una silueta interesante: debe aprender a manejar su voz. Los demás, en discreta penumbra.







