
Cabaret: llega uno de los grandes clásicos del musical
Sórdido, pero a la vez glamouroso, se estrenará el viernes próximo en un teatro astral renovado
1 minuto de lectura'

"Aquí la vida es divina, las chicas son divinas, la orquesta es divina", dice el maestro de ceremonias, todavía en jogging, para ponerle una sonrisa entre clownesca y sórdida al estallido de platillos y vientos de la orquesta femenina, ubicada en el nivel superior del escenario. Abajo, el "Wilkomenn" que inmortalizó Joel Grey y evolucionó en Alan Cumming transcurre con un verdadero seleccionado de la comedia musical, con jóvenes y "veteranos" de treinta y pico.
La platea se desvistió de butacas y se emperifolló con mesitas, de veladores lúgubres. Entre ellas, se mueven todavía impertinentes a la escena sonidistas, iluminadores, utileros y toda esa población teatral tan bella y emocionante de ver en momentos cercanos al "parto".
Porque fue un embarazo accidentado, pero la nueva versión local de Cabaret se estrenará finalmente el viernes que viene, en el renovado Astral. Casi dos meses después de la fecha prevista. Indecisiones en las pruebas y un cambio de protagonista obligaron a retrasar todo.
Afuera, la marquesina es impactante. El foyeur art déco del teatro es igual, pero una vez que el espectador atraviese la puerta de entrada a la sala, se encontrará sumergido en la sordidez de un cabaret berlinés de fines de los años 20. Las paredes de la sala tienen un revestimiento de ladrillo gastado que le da al ambiente un aire bastante denso y oscuro. Asimismo, el color blanco original del techo fue pintado de bordó y dorado, e interminables guardas de luces bordean palcos, pullman, escenario y bambalinas. "Tuvimos que solucionar con la densidad lo que un espacio enorme como el Astral no permite -explica el escenógrafo Jorge Ferrari-. No pretendíamos un espacio lujoso, sino todo lo contrario. Fijate que las sillas y mesas rojas se ven como gastadas y patinadas. Tratamos de lograr una impronta única y personal."
Un mes y medio le llevó al creativo, junto con 50 personas más, elevar el nivel de plateas, destacar los óxidos de los hierros y construir con fibra de vidrio las paredes de ladrillo. Además, sobre el escenario, los decorados son una continuación de la sala. Dos niveles, con posibilidades escénicas a los costados superiores e inferiores, con escaleras de hierro y foros de ladrillos que se abren o se cierran para dar lugar a otros ámbitos. Arriba, en el centro, con luces puede leerse: Kit-Kat Klub, el nombre del "cabaret".
Obra revolucionaria
-Desde la producción está todo; desde mí, no -dice el director general, Ariel del Mastro.
-¿Querés una aspirina?
-No. Tengo una úlcera nueva.
"Cuando vas a un texto te preguntás por dónde lo mirás. Este libro que hizo Joe Masteroff tiene una mirada política, social y humana muy fuerte. Lo que hice fue acentuar eso y lograr una puesta un poco más comprometida y oscura que las demás. Me acerqué más al autor y al mundo donde vivía esta gente. A su vez, evocamos una época en forma firme, con algunos toques lógicos", explica Del Mastro.
Es que cabe aclarar que Cabaret es una de las obras que revolucionó el género musical. Y su gestación fue tan experimental que permitió numerosas puestas y versiones. Pero siempre impacta. ¿Quién fue el causante de esta obra de arte? Alguien que no figura en los créditos: Harold Prince. Es uno de los productores más afamados, luego convertido en uno de los grandes directores del teatro musical de la segunda mitad del siglo XX. Después de haber deslumbrado a todos con su trabajo conceptual en El violinista en el tejado (también gestor de esa idea), se juntó con el escritor Joe Masteroff (con quien terminaba de trabajar en She Loves Me ) y le sugirió hacer una versión musical de I Am a Camera , la obra de John van Druten, basada en las Berlin Stories , de Christopher Isherwood. Prince estaba sobresaltado por los hechos de violencia y el odio racial que sacudían a los Estados Unidos en los años 60, y le interesó trazar un paralelo entre esa realidad y la declinación moral y espiritual de la Alemania de los años 20. La obra tuvo una lenta metamorfosis. Masteroff escribió la primera línea en el verano de 1963, pero se pudo estrenar recién en noviembre de 1966. Con Cabaret se terminaba el mensaje optimista del género musical y la realidad se inyectaba en fuertes dosis. El realismo de los ámbitos en los que se movían los personajes de afuera del cabaret contrastaba con el expresionismo de ese impuro burlesque simulador de una suerte de limbo, de espejo de eso tremendo que ocurría afuera.
El maestro de ceremonias fue tomado de un enano con pestañas postizas enormes, engominado y con raya al medio que Prince vio en un cabaret de una localidad cercana a Stuttgart.
El letrista Fred Ebb y el compositor John Kander hicieron 47 canciones de las cuales fueron utilizadas 15. A su vez, en la versión fílmica se eliminó la mayoría y se agregaron unas nuevas por los mismos autores, mientras que en la reposición de 1987, se recuperaron otras que habían sido dejadas de lado. Entretanto, en la puesta que Sam Mendes estrenó en Londres, en 1993, y luego en Broadway, un año después, se hizo una mezcla entre los temas originales de la obra y los de la película. "No usamos muchas de las canciones de la puesta original de Prince. Por ejemplo, La canción del teléfono será un incidental; en cambio, recuperé No huyas , un tema que canta Cliff y que fue eliminado en muchas puestas. Refleja las contradicciones del personaje, es uno de los más lindos y prácticamente es desconocido. Lo uso varias veces y nos sirve para que él pueda entender por qué está en Alemania", explica Del Mastro.
Liza Minnelli estuvo pensada para el proyecto teatral original de Broadway, pero Harold Prince la dejó de lado por dos motivos: era muy norteamericana como para hacer de británica y cantaba muy bien. El prefería a una intérprete que reflejara una sordidez mayor en su voz, alguien que hiciera creíble a ese personaje que está cantando y bailando durante muchas horas sin parar en ese cabaret. Pero como Prince rechazó dirigir la película, Bob Fosse contrató a Liza por sugerencia de los productores y, luego, por convicción. Entretanto, la hoy tan venerada puesta de Sam Mendes (que puede verse en Londres, los Estados Unidos, Holanda, Francia y España) acentuó el expresionismo de Harold Prince, lo desarrolló y lo alejó aún más del ámbito festivo que podría suponer una comedia musical. Pero queda claro, aunque no figure en los créditos, Cabaret fue una idea de Prince que desarrolló en conjunto con Masteroff, Ebb y Kander durante más de tres años.
"Nuestra puesta está muy alejada de Liza y de Fosse. Sólo hay una evocación en el pelo de Sally. Vi la puesta de Prince de chico, en Pittsburg, y no me gustó. La mía tiene reminiscencias de la de Mendes. De hecho trabajé con él en el Cabaret de España. Pero sólo se parece en lo conceptual y en la austeridad. Tengo una versión más comprometida, con una opinión clara. Acá la mía es muy clara", afirma contundente Del Mastro.
El vestuario tiene diseños personales, aunque también hubo una impronta cercana a Mendes en la imagen del maestro de ceremonias, que nada tiene que ver con el que hizo Joel Grey en la película. "Me atuve bastante a la época, sobre todo en cosas como el peinado y el maquillaje. Es una época que me encanta. Vimos muchos libros con Ariel y tomamos algunos aspectos decadentes para alejarnos de la comedia musical clásica. Esto va por otro camino", describe Renata Schussheim, creadora del vestuario.
La danza también es original. "Está relacionada con el mensaje del texto. Hicimos un trabajo individual con cada uno de los intérpretes y de los bailarines. Sé que hay un recuerdo muy fuerte de las coreografías de Fosse, pero es un desafío despegar de eso. Se logra con ingenio y personalidad. Trabajé mucho con la actitud de los personajes", explica Elizabeth de Chapeaurouge, responsable del área.
Pausa. Hay que ensayar la escena final. Julián Vat da instrucciones precisas a los cantantes, Cliff avanza a proscenio y comienza la acción, y la emoción que provoca se desarrolla en canción. Atrás, arriba, Sally Bowles observa. En la platea alguien hace una aclaración: "Y no es peluquita, eh es su pelo natural". La vida es un cabaret.






