
Camino negro
El regreso de un texto con 30 años de historia
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Autores: Oscar Viale y Alberto Alejandro / Dirección general: Rodolfo Ranni / Intérpretes: Luciano Castro, Rodolfo Ranni, Romina Ricci / Diseño de escenografía: Daniel Feijoo / Sala: Roxy (Mar del Plata) / Duración: 100 minutos.
Nuestra opinión: regular.
Casi treinta años y marcadas diferencias conceptuales separan, alejan, a esta versión de Camino n egro de aquella puesta de Laura Yusem protagonizada por Betiana Blum, Miguel Angel Solá y Juan Leyrado, representada en el Blanca Podestá en 1983. La pieza, a pesar del humor que la atraviesa, es un drama negro en el que la manipulación psicológica marca el desarrollo de las acciones en un ámbito de encierro suburbano y de cuyas interlíneas se desprenden nítidamente las connotaciones que el material expone como una radiografía de la Argentina de los años 80. De hecho, la obra sufrió demoras en su estreno original debido a que no estaban dadas las condiciones políticas y sociales del país para que se llevara a escena un texto de clara denuncia de aquellos años de plomo, ostracismo y libertades cercenadas.
En plena noche de lluvia y temporal, una ejecutiva formal, autoritaria y distante accede a ser llevada por un camionero de su empresa. Un inconveniente en los neumáticos impone una parada en una gomería a la vera del Camino Negro bonaerense, donde transcurre la acción. Aquí comienza un ida y vuelta verbal que detona en una batalla psíquica y física que desnuda paulatinamente los fines de cada uno de los personajes. Ella, aliada del poder como una informante que denuncia empleados. El, por su parte, busca ajusticiar a muchos de los suyos que fueron víctimas de la mujer y de un sistema opresivo. En el medio, un hombre enigmático que suma misterio a la acción.
Rodolfo Ranni, en tanto director responsable de esta puesta, acierta al conservar, en algunos pasajes, la atmósfera de violencia verbal y física y respetar la sordidez del ámbito. Pero, quizá dada su amplia trayectoria en el género de la comedia o bien buscando seducir a un público estival y festivo, imprime al material ciertos tópicos propios de un vodevil de consistencia más liviana. Y aquí reside el mayor escollo que limita los resultados. Determinados momentos, de connotación sexual, se transforman en pasos de comedia un tanto grotescos y vulgares. En cambio, cuando la pieza retoma la profundidad del resonar de sus palabras, Ranni gana como director.
La marcación actoral es el punto más endeble que puede, en el caso de Luciano Castro, ajustarse y superarse con el transcurso de las funciones. Pereyra, su personaje, grita permanentemente (se nota el esfuerzo vocal del actor por mantener ese tono altivo y exasperante), y cae en el lugar común de la caricatura errónea y prejuiciosa de su camionero, abusando de movimientos algo groseros y redundantes sin matices. Pero se intuyen en Castro su compromiso con el material y el convencimiento con el que lo interpreta. Mejor guiado desde la dirección hubiera convertido a su Pereyra en un personaje con una variada paleta de colores expresivos. En el caso de Romina Ricci, la macchietta conduce a resultados enclenques que no logran convencer. Rodofo Ranni, a su vez, encarna con oficio al tercer personaje signado por el misterio.
En el marco de una lograda escenografía diseñada por Daniel Feijóo, el desnudo de Romina Ricci -en un entrepiso- está coreografiado de manera tal que ningún espectador se pierde detalle, y al personaje de Pereyra se le imponen movimientos que permiten la exhibición física de Castro. Esta liviandad de recursos bastardea y diluye el peso dramático de un texto cuyas connotaciones políticas y sociales fueron, son, su pilar fundamental.
La sala casi colmada celebra con énfasis cada momento de humor, las espectadoras de todas las edades agradecen a viva voz (a los gritos) la presencia de Luciano Castro y sobre el final una parte mayoritaria de la platea aplaude de pie.
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