
Cinco actrices potentes
La vagina enlutada / Dirección: Gastón Marioni / Autor: Walter Ghedin / Adaptación: Gastón Marioni / Intérpretes: Cecilia Tognola, Jessica Schultz, Silvia Pérez, Mónica Salvador, Ana Padilla / Escenografía: Eliana Sánchez / Vestuario: Pablo Battaglia / Producción general: Silvia Ponce / Producción ejecutiva: Pablo Silva / Sala: El Tinglado, Mario Bravo 948 / Funciones: domingos, a las 20.15 / Duración: 65 minutos / Nuestra opinión: buena
Cinco mujeres, dos bancos de estación y una espera pueden albergar todas las historias del mundo. La propuesta camina por esa idea: confesiones, anécdotas, recuerdos, desamores, amores y un sinfín de historias que irán apareciendo a lo largo de la pieza.
Este grupo de señoras viene de un velatorio, la sexta del grupo acaba de enviudar y sus amigas incondicionales dijeron presente a pesar del largo viaje en tren que tuvieron que hacer. Ahora no les queda más que el retorno a casa y entonces temas como la muerte, la viudez, el matrimonio, la soledad, el paso del tiempo y unas cuantas cosas más afloran en este tiempo muerto que las obliga a parar la pelota.
Habrá que superar el nombre de la pieza -que no le hace justicia para nada ya que aquellas mujeres (una mejor que la otra) son mucho más que unas vaginas enlutadas, son inmensas y aunque subsumidas unas cuantas en ciertos desamores tienen bastante para decir-, para poder entrar en el mundo de estas mujeres y compartir con ellas sus historias.
La obra pivotea entre el tono cómico, que se cumple -la platea realmente se divierte-, y un costado más humano, más profundo que llega más bien pasada la mitad de la obra con el personaje más completo (el de Carmen, genialmente interpretado por Ana Padilla), el que de alguna manera aglutina y contiene a las otras cuatro mujeres (es ella el nexo, la que ha presentado a todas) y que tiene a su cargo la ardua tarea de desarmar esos cuantos nudos que se han ido enmarañando en el historial de amistad de estas cinco mujeres (seis en realidad).
La obra tarda en volverse profunda y la liviandad del comienzo se extiende, tal vez, más de la cuenta. Pero llega y cuando las mujeres comienzan a confesarse todo cobra sentido y la ligereza inicial queda en el olvido.
Que por fin se suban a escena mujeres de unos cincuenta años para hablar de sus deseos sexuales, de sus fantasías y de sus pasiones es uno de los grandes aciertos de la puesta. Además, las actuaciones de todas son de un nivel altísimo, por eso tanto la escenografía (apenas compuesta por unos bancos de plaza y unos carteles que ayudan a ubicarnos rápidamente en una estación), el vestuario (cada una viste de negro y un color que la distingue del resto y de alguna forma la define) como el diseño lumínico se ponen al servicio del texto y del despliegue actoral de las actrices. Sin embargo, podría ganar en potencia si no se exacerbasen tanto los estereotipos (la borracha, la soltera empedernida, la gay, la religiosa y la Susanita) y ni qué hablar si se les permitiera hablar de otra cosa que no sea el hombre porque estas cinco actrices para eso tienen resto y mucho.





