
Claves invisibles del Teatro Ciego
Con la dirección de Martín Bondone, el Grupo Ojcuro ofrece experiencias sensoriales
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No hay en Buenos Aires un espectáculo teatral más provocador (de toda clase de sensaciones) que el Teatro Ciego, que desde hace siete años viene realizando el Grupo Ojcuro. Una hora y diez minutos en oscuridad absoluta, en donde el espectador sigue, en novedosa e inquietante condición de invidente, la línea de La isla desierta , la obra que Roberto Arlt escribió en 1937 y recién se estrenó luego de su muerte en 1942. La pieza se desarrolla en una oficina en la que los empleados sueñan con escaparse de la rutina y a través de viajes imaginarios procuran distanciarse de una realidad que los empequeñece. Sin referencias espaciales, de las conocidas en la ceremonia teatral tradicional, el espectador recibe, además de los diálogos, intermitentes rociaduras de agua y de algunas otras fragancias (perfume, curry, sal marina, etc.), sonidos de pájaros en la selva, de sirenas de vapores que se acercan o alejan de algún puerto, de una calle en Shangai, de truenos y tormentas. Salvo unos bichitos de luz que rondan el espacio en un momento no hay nada que se atreva a iluminar la escena,dominada por el "no ver para creer". El negro total que se obtiene no tiene antecedentes, ni en el clásico apagón del teatro, ni en el oscurecimiento de la sala de cine. Ni tampoco, como sugirió este cronista y fue de inmediato refutado, con el radioteatro, ese formidable teatro de la mente que nació para ser escuchado y no ser visto.
A pesar de su nombre, no todo el elenco está integrado por no videntes. Juan Mendoza y Marcelo Gianmarco, afectados ambos por severos glaucomas, trabajaban hasta hace poco en una empresa dedicada al análisis sensorial de alimentos y de vendedor ambulante, respectivamente. Carlos Cabrera es ciego y pianista de la Sinfónica Nacional, pero también abogado, afinador y reparador de pianos y ex presidente de la Biblioteca Argentina para ciegos. Gabriel Griro también es ciego y admite que esto del teatro (tarea que comparte con la atención de un polirrubro dentro del hospital Ramos Mejía) "es un poco dar vuelta la tortilla, porque en este caso los ciegos son los demás". Los de ojitos sanos que participan de la charla son el productor general Gerardo Bentatti, el director y actor Martín Bondone y la actriz y cantante Luz Yacianci, del elenco de A ciegas con luz , el otro espectáculo del grupo, en donde además de seguir un show de música y canto, también se come.
Si lo que se espera del teatro es que movilice, esta experiencia singular cumple sobradamente el objetivo. Mientras los actores intercambian ironías escénicas que no pasan desapercibidas ("A ver, a ver"; "¿Lo viste?"; "¿Qué te pasa? ¿Tenés cataratas?") la completa ausencia de luz genera en el público sensaciones físicas y psicológicas contradictorias y fronterizas con cierto descontrol. También desconocimiento de límites, temores y hasta alguna que otra opresiva congoja. A la sala se accede en grupos de diez espectadores en una especie de "trencito". Antes de eso, los organizadores aclaran que quien lo necesite recibirá auxilio ni bien lo solicite. Cuando, al final, se hace la luz llegan aplausos y sonrisitas nerviosas. Gianmarco confirma que uno de los propósitos de la puesta "es el borramiento de los límites para que la gente vuelva a completarlos en su cabeza". Y completa Mendoza: "Cada cuál termina armando su propia isla desierta".
Bentatti, productor de este suceso del off porteño, primero en el Anfitrión, luego en el primer Konex y, desde este año, con sede propia y sala para cien espectadores en Zelaya y Jean Jaurés, cuenta el origen. Estudiaba teatro con Raúl Serrano y en 1992 descubrió la obra Caramelo de limón , el primer antecedente de teatro en la oscuridad, dirigido por Ricardo Sued. "Me sorprendí mucho, porque cuando era chico mi juego casero preferido era moverme en la oscuridad. Lo que descubrimos ahora es que la oscuridad consciente es meditativa, porque incita a disfrutar de los sentidos". Bondone destaca que para "ver" cualquiera de los dos espectáculos "se necesita un acto de fe, porque de lo contrario puede convertirse en una tortura antes que una experiencia novedosa". No es poca la gente que regresa y se sorprende y ríe cuando comprueba que cada función es diferente a la otra. La isla desierta ya fue vista por 80.000 personas. Desde entonces se enteraron del inicio de estilos similares en México, Costa Rica y Canadá además de la afirmación pública de Serafín Zubiri (que participó este año en "Bailando por un sueño") de replicar el espectáculo en su país.
Bondone, previamente fogueado en el teatro de la improvisación, prepara lo que será el próximo estreno del grupo. "Hay que romper el paradigma de la imagen que tenemos instalado en la cabeza. Diría que estoy aprendiendo a escribir desde un lugar no visual. Si lo que quiero es representar un lugar (este teatro, ubicado en el barrio del Abasto) sin mostrarlo, tendré que apelar a otros recursos, como el ruido de los colectivos que pasan cerca o el aroma del restaurante peruano vecino. Es como trabajar con muy pocos recursos, pero con la infinita posibilidad de la imaginación". Entre los proyectos inmediatos, figura la realización de una obra de contenido erótico, temática ideal para narrar desde las sombras, la puesta en marcha de la primera Escuela Argentina de Teatro Ciego, que enseñará la técnica a videntes y no videntes y también ofrecerá la posibilidad de participar en coros, clases de tango y otros talleres. Piensan instalar en el lugar un bar, al que llamarán El apagón, para tomar algo y escuchar música, también a oscuras. Y un dato luminoso que surge desde ese voluntario tinglado sin luz: los integrantes del elenco- desde el director al último asistente-, por un acordado criterio cooperativo de solidaridad e igualdad, cobran exactamente lo mismo. A ciegas con luz y La isla desierta volvieron a estar en cartel esta semana






