Como si afuera hubiera nada
Dramaturgia y dirección: Guillermo Hermida / Intérpretes: Carolina Barbosa, Lucrecia Gelardi, Miguel Forza de Paul, Miguel Israilevich, Javier Rodríguez, Luciana Dulitzky, Mariano Farran, Guillemo Hermida / Coreografía: Verónica Pecollo / Escenografía:Mirella Hoijman / Vestuario: Mariana Seropian y Analía Manouelian / Luces: Ricardo Sica / Duración: 80 minutos / Sala: Portón de Sánchez, Sánchez de Bustamante 1034 / Funciones: viernes, a las 21.
Nuestra opinión: muy buena.
Una fiesta de casamiento es la excusa de la que se sirve Guillermo Hermida para arrojar a un periférico balcón a un grupo de seres profundamente bellos por humanos. La fiesta propiamente dicha se desarrolla en el afuera de la escena, que llega al espectador simplemente por algunos elementos sonoros y por la sutil puesta de luces de Ricardo Sica. El espectador es invitado a involucrarse en una única mesa, la de los amigos de la novia, la que se ve marginada del salón principal, puesto que una de las invitadas sufre algún tipo de fobia, padecimiento que no le permite estar obligada a socializar sin tener escapatoria.
Con esa pequeña excusa, Hermida despliega en el texto, y luego lo traduce magistralmente en la dirección de actores, un conjunto más o menos pequeño de humanidades por momentos patéticas, en otros tiernas, en otros irritantemente agresivas y en otros de una vulnerabilidad extrema. Cada uno de los amigos vive el amor y la soledad de un modo particular, y esa vivencia se ve magnificada por el evento social al que concurrieron y que les permite discurrir en torno a lo que significan el matrimonio, la paternidad, la soledad, el noviazgo, la seducción. Cada personaje constituye y conforma algún tipo de minoría.
El homosexual, la separada en secreto ante la fuerte presión y normativización familiar, el padre que siente la imposibilidad de serlo, la violencia de género al revés de como al menos suele ser mostrada, el fetichismo trasvestista, la presión de tener permanentemente una sonrisa en el rostro como forma de decir que está todo bien cuando en realidad el mundo se derrumba.
Cada uno carga como puede con esa humanidad que le ha tocado, y lo importante es que el texto tiene una enorme capacidad de ternura para con los personajes que compone. Sin acusarlos, sin condenarlos, sin siquiera burlarse de ellos. Como si afuera hubiese nada es una perfecta metáfora acerca de ese sentimiento de inexistencia, de ausencia de cuerpo y de materia y que sólo un buen amigo podrá revertir.
Desde el punto de vista de las actuaciones, Hermida juega con una suerte de naturalismo escénico, al tiempo que lo quiebra con irrupciones festivas. Como ocurre probablemente con las fiestas en el sintagma de nuestra propia existencia, las coreografías en este espectáculo, tan poco técnicas como altamente humanas, constituyen una interrupción de la trama, que es retomada como si nada hubiera pasado y ante la mirada cómplice de la platea.
Espacialmente, la distribución del escenario colabora con la creación de climas y evita la aparición de baches que podrían surgir ante la brevedad de algunas escenas y la necesidad de mover a muchos personajes. Como si afuera hubiese nada es un espectáculo tan sencillo como potente, que no pretende ser más que aquello que efectivamente es: una caricia tierna a nuestros propios miedos como forma esencial de erradicarlos.




