
Con dirección de Marilú Marini: humor negro, farsa y comedia en un espectáculo que escribió Silvina Ocampo
La lluvia de fuego es una de las grandes apuestas del Teatro San Martín que protagoniza Valeria Lois
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La lluvia de fuego. (La pluie de feu) Autores: Silvina Ocampo y Juan José Hernández. Dirección: Marilú Marini. Intérpretes: Valeria Lois, Carolina Saade, Agustín Rittano, Damián Mai y Mercedes Beno Mendizábal. Escenografía y vestuario: Oria Puppo. Iluminación: Sol Lopatín. Música y diseño sonoro: Diego Vainer. Coreografía: Manuel Attwell. Colaboración artística: Eugenio Schcolnicov. Sala: Casacuberta del Teatro San Martín (Corrientes 1530). Funciones: de miércoles a sábados, a las 20.30 y los domingos, a las 19. Duración: 90 minutos. Nuestra opinión: Muy buena
No deja de ser un hallazgo que el Complejo Teatral de Buenos Aires, dé a conocer una de las tres obras de teatro que escribió Silvina Ocampo, la menor de seis hermanas del mismo apellido, siendo la mayor Victoria, fundadora y directora de la mítica revista literaria Sur.
Las otras dos no estrenadas aún, son una pieza infantil, basada en su propio cuento, La naranja maravillosa y Los traidores, esta última coescrita con Juan Rodolfo Wilcock.
La lluvia de fuego, de la que Silvina Ocampo es coautora junto con el poeta tucumano Juan José Hernández, refiere a una planta, de flores alargadas de color rojo. La que se convierte en la síntesis y el detonante que inspira esta obra de teatro, debido a que, al inicio del relato, su protagonista Adelaida y su criada Predefinda descubren que la planta está “moribunda”. Más tarde se dan cuenta que eso se debe a que el dueño de casa, esposo de Adelaida, el que la engañó con una empleada de su propio ingenio, orinó el arbusto, como una manera de provocar a su mujer, a la que termina abandonando.
Pero su título, también pareciera aludir al carácter “tormentoso” e impredecible de la protagonista: Adelaida, apodada “Greta Garbo”, la que según dice usa un lápiz labial de color rojo “atrevimiento”.
La historia se presume ambientada en una finca de Tucumán, provincia de la que era oriundo Hernández, cuyo jardín y galerías están pobladas de plantas y flores, según lo muestra la escenografía de Oria Puppo. La historia hereda el formato de los viejos folletines, cuyos relatos se leían por entregas. Podría decirse que la obra está contada como si fuera una espiral, que a medida que avanza se van descubriendo distintas y cada vez más ríspidas facetas de sus protagonistas. Sus giros cómico-dramáticos y de un humor negro, inmerso en un constante suspenso, pone en primer plano una venganza tejida con suspicacia por la protagonista, la siempre sorprendente Adelaida. Es ella, precisamente, la que le aporta a la obra medidas dosis de un feminismo, que se “ilumina” a partir de la impotencia que le provoca haber sido engañada por su marido.
Lo que despierta en ella, a pesar de querer ser amada y deseada, una imprevisible necesidad de tomar sus propias represalias, frente a los hechos que se suceden ante sus ojos. El acontecimiento más imprevisto, que se cocina a fuego lento, en el que puede leerse un continuo juego de palabras exquisitamente mostradas en sus diálogos, se descubre al final. Lo que les otorga un manto de protección mutua tanto a Adelaida, como a Predefinda, dueña y sirvienta de esa vieja casona, que es visitada por un lunático abogado, una sobrina de Adelaida y un verdulero, que oficiará, aunque por escaso tiempo, de jugar a ser el que corteje tanto a la señora, como a la criada, a la que se presume dejó embarazada.

La pieza fue estrenada por Marilú Marini en el papel de Adelaida, en 1997, en París, en el teatro de Bobigny, junto al grupo TSE y dirigida por Alfredo Arias. El texto le fue obsequiado -según ella lo ha contado- por el propio Adolfo Bioy Casares, esposo de Silvina, con la que coescribieron juntos Los que aman odian. Y a seis manos, junto a su inseparable amigo Jorge Luis Borges, Ocampo y Bioy Casares compilaron: Antología de la literatura fantástica y Antología poética argentina, ambas en 1940 y 1941.
Silvina Ocampo que siempre prefirió mantener un perfil bajo, a diferencia de su hermana Victoria y de su marido Bioy Casares, ha sido una aguda observadora de las conductas humanas y eso se ve inmerso en este relato, al que Hernández, sin duda, le aportó su parte poética. Con diálogos de fina ironía y agudo sarcasmo, Marilú Maríni en su papel de directora ejerció una precisa conducción de los intérpretes, creando la sensación de un constante juego lúdico, que subraya tanto los diálogos, como las filosas frases en cada uno de ellos, destacando matices fantásticos, farsescos y de un agudo humor negro, típico de algún policial de los 40. A su vez con firmeza trazó una puesta en escena con cierto ritmo de vodevil, tiñendo de sutiles, pero precisas pinceladas, las personalidades de cada intérprete, como los tics que le aportan identidad a sus personajes.
Valeria Lois es la gran “maga” que lleva adelante como una especie de “pirata intrépida” el ritmo y contenido de la propuesta, en la que se lucen cada uno de sus compañeros de escenario. Exigida y un poco tarambana es la exquisita personalidad que le aporta a su papel Agustín Rittano. Carolina Saade es la silenciosa y precisa cómplice de las fechorías que comete la señora Adelaida. Mientras que Demián Mai y Mercedes Beno Mendizábal demuestran ser los perfectos pusilánimes de esta propuesta teatral, que se parece a una muy divertida y bailable partitura musical, en la que nada desentona.
Esta obra integra la programación del Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA) 2026, que comienza el miércoles 9 y se extenderá hasta el 20 de este mes en nuestra ciudad.



