Cuatro que intentan conocer algo del amor
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Hablar de amor . Sobre un cuento de Raymond Carver. Dramaturgia y dirección: Adrián Canale. Con: Marcelo Subiotto, Carolina Tisera, Maribel Outeda y Fernando Castels. Iluminación: Sergio Cosstesich. Asistencia de dirección: Mariana Jaiquil. Puerta Roja, Lavalle 3636. Viernes, a las 22.30. Entrada, $ 15. Duración: 70 minutos.
Nuestra opinión: bueno
En su cuento De qué hablamos cuando hablamos de amor , Raymond Carver narra un momento -quizás un par de horas- de un encuentro entre dos parejas amigas que, entre ginebra y ginebra, hablan del amor. El director Adrián Canale toma este texto del escritor norteamericano para presentar la segunda parte de lo que será una trilogía sobre Carver. En Hablar de amor opta por trabajar sin un texto fijo y deja a sus actores, y éstos a sus personajes, librados a un formato de improvisación a partir del que recorren diferentes puntos de la narración, que les sirven de sostén.
Así, como aquí los vasos de ginebra se transforman en elegantes copas de vino, la conversación de estos amigos toma algunos pocos colores locales para hacer más cercano y más natural el relato. Y el espectador asiste a esa reunión casi como si fuese un voyeur involuntario. Todo transcurre con tanta naturalidad que, por momentos hasta cuesta entender qué dicen porque hablan a la par que fuman o que comen un trozo de queso.
Es la voz del personaje que interpreta Fernando Castels -muy cómodo en su rol- la que sitúa algo de contexto, palabras esenciales para que el espectador vuelva a ser espectador o, al menos, se sienta menos intruso en el papel de fisgón.
Así, es sumamente agradable asistir a esa intimidad ajena, que se puede parecer tanto a cualquier encuentro entre amigos que no hacen otra cosa que conversar de la vida. Conversación que de a poco va brindando datos sobre quiénes son, qué hacen, por qué están ahí. No hay respuestas grandilocuentes a estas preguntas y ahí Canale logra pintar el mundo de Carver, despojado, limpio, sin grandes conflictos pero sí con pequeñas tensiones.
Irónicos, agudos, pasivos, triviales son los diálogos entre estos amigos sobre el amor, el vacío, el sinsentido. Cada uno de los actores le da una impronta a su personaje cercano y reconocible, sobre todo Marcelo Subiotto que hace de su dueño de casa un ser verborrágico, sensible y querible, cualidades que se acentúan con el paso del tiempo y de los vinos. Casi como un capitán de barco, él lleva adelante la impronta de la improvisación de sus compañeros de escena, lo que les permite llegar a buen puerto. Más allá de marcaciones de dirección, se nota la mano de un actor talentoso, con un ojo fino y sensible. En el mismo sentido, buen papel desempeña Carolina Tisera. A quien se la ve más perdida en ese mar de diálogos, aparentemente dispersos y casuales, es a Maribel Outeda, que no logra darle cuerpo a sus intervenciones.
En conjunto, logran un trabajo sumamente atractivo, original y sensible del que da placer ser testigo.





