
Del tablero al código QR: el final de uno de los íconos del teatro porteño
La compra remota de entradas en el circuito comercial llega al 90%, mientras que las viejas boleterías pierden protagonismo
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Durante décadas, tal vez, la función de una obra de teatro se iniciaba cuando una persona se acercaba a la boletería horas o días previos a que un espectáculo formalmente levantara o corriera su telón. Si el bolsillo lo permitía, el futuro espectador “invertía” sus minutos eligiendo la mejor localidad en un tablero de madera que reproducía el plano de la platea con sus butacas. En cada de estos elementos con agujeritos que reproducían la ubicación de cada asiento se ponía su ticket correspondiente que había sido enrollado manualmente. En perspectiva, cada tablero era una obra de arte de pequeño formato. A veces, en el momento de la selección de la butaca, se escuchaba cierta palabrita clave: “por favor, de las buenas...”. Mágicamente, magia ayudada por algún billete extra, aparecían las ubicaciones más deseadas. En ese momento, el primer telón se acaba de levantar.
Para un sub-30, todo esto de un tablero con tickets enrollados prolijamente le sonará a ciencia ficción pura. Es que en los tiempos que vienen corriendo, la gran mayoría de las ventas de entradas teatrales se resuelve en modo remoto. Todo es más sencillo desde el teclado de una computadora o de un celular (aunque, claro, esa comodidad implique pagar de un 12 al 13 por ciento en concepto del famoso service charge). Tan significativo es este cambio de hábito de consumo cultural que, en lo que se refiere al circuito del teatro comercial de Buenos Aires, alrededor del 90 por ciento de la venta se resuelve vía un call center o por la web.

Ya en 2020 el experimentado productor Carlos Rottemberg marcaba en un posteo un dato importante: “Hace 50 años un teatro tenía la cantidad de boleteros simultáneos para atender en taquilla en proporción a 380 butacas nominales colocadas en las salas. Hace 6 años, esa proporción había pasado a 870 por boletero a raíz del crecimiento de la compra vía internet”. Se puede sumar otro dato de esta transformación: hasta no hace tanto, en el Teatro Gran Rex, el más grande del país, trabajaban 15 boleteros en turnos rotativos. En la actualidad, son tres. Antes, eran todos hombres. Ahora, mujeres. El dato lo aporta Andrés Cordero, el señor de fina estampa cuyo abuelo inauguró el Teatro Gran Rex hace 89 años. De hecho, en esa magnífica sala en donde se está presentando Charlie y la fábrica de chocolate, el tanque actual, de las dos grandes boleterías de la sala solamente una está habilitada para su uso original.
Claro que la mutación de la compra presencial a la remota no se reproduce igual en todos los circuitos teatrales. En el Complejo Teatral de Buenos Aires, organismo del gobierno porteño que congrega a ocho salas, la compra remota de entradas, según datos oficiales requeridos por LA NACION, ronda el 70 por ciento. En el amplio circuito del teatro alternativo que atraviesa una delicada situación (cerró la sala Mil80 Teatro, de Javier Margulis; y está por bajar la persiana Estudio Los vidrios, de Lisandro Rodríguez), no hay información sobre cómo es el hábito de adquisición de localidades. Pero, según datos de la página Alternativa Teatral (plataforma clave para el sector) solicitados por la nota, se pasó de 720.000 entradas vendidas en 2014 a 1.054.000, en 2024.

En algunos teatros el oficio de boletero se iba heredando de padres a hijos. Hace casi 50 años, Ricardo Marino se convirtió en el primer boletero de una sala de Rottemberg en Mar del Plata. En aquella lejana temporada de 1979, el joven empresario teatral estaba parando en el hotel Corbel. Como necesitaba que alguien le confeccionara un telón para el debut de la obra Pijama de seda, que protagonizaban Susana Campos y Rudy Carrié, el conserje del hotel, Ricardo Martino (padre), le aconsejó contactar a su mujer. Fue ella, Luisa, la que eligió la tela y terminó confeccionado el telón. De paso, Ricardo Marino, hijo de la pareja, se convirtió en el primer boletero del empresario teatral con 51 años de actividad. Actualmente, Ricardo Marino (hijo) es el apoderado de Rottemberg en Mar del Plata.
En un reportaje publicado en el diario La Capital, aquel joven boletero recordaba varias anécdotas. Una de ellas remite al éxito que tuvo La cena de los tontos, aquella versión que protagonizaron Guillermo Francella y Adrián Suar. “Había dos colas: la de la gente de los comercios que nos puteaba y la del que estaba por llegar y se quedaban sin entradas. Probamos de abrir la boletería a las 8, pero a las 11 no teníamos más localidades. Estaban los dos boleteros, yo, y tres acomodadores que venían a la mañana para organizar todo. Hicimos la prueba de mandar a uno de ellos a calcular cuál era el límite para avisar que, a partir de ese lugar, no garantizaba que llegara a conseguir”, contó. La medida parece que funcionó a medias. Entonces, probaron con dar números, pero tampoco. Eran otros tiempos.
En la actualidad, la venta de entradas para los tanques que, por ejemplo, protagonizan Francella y Suar (Desde el jardín y Sottovoce, respectivamente) se resuelve casi en su totalidad desde teclados varios. Nada de numeritos para los que aguardan en la cola.
Claro que el arrollador protagonismo que tiene al venta remota no necesariamente se replica de igual modo en otras plazas del país. Volvamos a Mar del Plata. Allí, durante la temporada de verano, Rottemberg considera que el porcentaje de venta en modo no presencial es del orden del 60 por ciento. “En Mar del Plata el ir a sacar las entradas es un plan en sí mismo”, asegura. Por eso, cuenta, para aquellos espectáculos más rendidores en términos de audiencia ya antes de la apertura de las boleterías a las 10 suele haber una cola de gente esperando adquirir la suya. Esperan su turno, mientras hacen malabares con la sombrilla, termos y bolso con milanesas.

Cambios de hábitos para un mismo ritual
“La compra de entradas mediante plataforma es una modalidad de consumo que se suma al estilo de vida actual”, reflexiona Andrea Stivel, la directora artística del Teatro Astros, cuyo tanque actual es la obra de las hermanas Marull, María y Paula, que presentan Lo que el río hace. La modalidad de lo remoto claramente abarca a otros productos culturales. El padre de la gestora del Astros fue David Stivel, el gran director, que en plena década del 60, estuvo al frente del ciclo televisivo Cosa juzgada. Por allí pasaron jóvenes actores como Carlos Carella, Emilio Alfaro, Bárbara Mujica, Juan Carlos Gené, Norma Aleandro o Marilina Ross. Fue una de las primeras ficciones en televisión abierta que, desde aquel hito, han cumplido un rol clave en el armado de elencos que alimenta al circuito comercial. Cosa juzgada marcó un hito. A falta de ficciones televisivas en la época actual, tema sumamente preocupante para el circuito teatral, el consumo actual de ficción audiovisual también depende de inscripciones a plataformas que se hacen a la distancia.
Sobre este hábito de compra de entradas teatrales a distancia, Andrea Stivel aporta un dato generacional. “A las personas mayores les cuesta. Por eso, tanto el boletero como el personal de sala, siempre ayudan a aquellos espectadores que no puede encontrar su correo electrónico o su código QR. Con que nos digan su DNI les resolvemos el problema”, señala sobre un rol vital que cumplen los trabajadores de las salas para que la experiencia de ir al teatro sea lo más amable y placentera posible aún antes de que se levante el telón.
La compra por web o call center tiene sus beneficios. Ante suspensiones o modificaciones de horarios, cosa que viene sucediendo con los partidos de la selección nacional, las mismas ticketeras envían notificaciones a los compradores anunciando la nueva hoja de ruta. El mecanismo está aceitado. De hecho, para la función de Charlie y la fábrica de chocolate que debió postergar su horario de inicio hasta que finalizara el partido entre Argentina y Cabo Verde, solamente dos personas habían comprado sus tickets en el Gran Rex.
Desde fines de los 90 el mundo de las boleterías teatrales fue mutando. En el diseño original de muchas salas hay dos boleterías enfrentadas a las que se accede sin necesidad de ingresar a los halls (como los teatros Lola Membrives, Metropolitan, El Nacional y Astral). Ante el cambio de hábito de consumo, en general solamente se usa una de ellas. Otras, como el Teatro Liceo, la sala privada más antigua de América Latina, a su boletería histórica ubicada en el señorial hall se le sumó un espacio que da directamente a la calle que es la que se usa en estos momentos.
Lejos del centro se han producido cambios más radicales en relación a las boleterías. En la sala Timbre 4, esa gran factoría de Boedo de la escena independiente comandada por Claudio Tolcachir, sus gestores directamente decidieron reconvertir el espacio de venta de entradas en una librería teatral llamada El cuarto. Tolcachir se formó en Andamio 90, espacio que comandaba Alejandra Boero. En la sala sobre la calle Paraná la boletería se llama Carlitos. Tiene su explicación. Cuando esa gran directora y gestora de la escena independiente reformuló el espacio en los 90, en una recorrida que hizo por el lugar junto a Carlos Rottemberg, el productor le marcó un detalle no menor: se habían olvidado de destinar un espacio para la boletería. Esa figura clave del teatro comercial se la donó y esa figura clave del teatro independiente decidió, como reconocimiento, que llevara el nombre del productor.
En otras salas del circuito alternativo, caso El Galpón de Guevara como Dumont 4040, no está señalizado el lugar de compra de entradas porque queda confundido con la barra del bar.
En medio de este proceso de reformulación de esos espacios desde hace nueve temporadas, Aadet, la asociación que nuclea a empresarios y dueños de sala del circuito comercial, lanza en octubre la campaña “Vení al teatro”, una tentadora gran barata escénica con descuentos del 60 al 90 por ciento sobre el valor de las entradas. En cierto sentido, con tantos futuros espectadores haciendo cola en el puesto ubicado a metros del Obelisco, a la campaña se la puede entender como el tiempo de revancha de las boleterías.
De todas formas, no hay que esperar al ofertón de octubre para ser cómplice de esta reivindicación de esos mínimos espacios de los teatros. Tickets, el puesto de Aadet, está abierto todos los días ofreciendo precios amigables.
Lo que el tiempo se llevó: del oficio artesanal al código QR
Entre los inventos argentinos siempre se habla de la birome, el colectivo o la huella dactilar. Se puede agregar al bypass coronario, al sifón y al magiclick. Según los dichos de gente de teatro habría que agregar otro invento nacional: los viejos tableros de madera en los que se reproducía el plano de la platea en el que cada mínimo agujerito se le enrollaba la entrada. Los tableros eran, en general, de madera. En el Complejo Teatral, acorde con los parámetros de diseño de los 70, eran de acrílico transparente. Se ubicaban en la pared de fondo de las boleterías a la vista del público y, llegado el caso, el boletero lo descolgaba para que el futuro espectador pudiera decidir.

En perspectiva, esa modalidad concentraba una variedad de oficios y de trabajo manual de un artesanado que debería reivindicarse en tiempos de consumo rápido. Los tableros, según cuentan, durante unos 30 años fueron realizados por un empleado de la productora Espectáculos Gallo, familia ligada a la actividad teatral desde 1940. En la actualidad, Julio Gallo es el dueño del Teatro Astral, en donde se presenta otra versión de La cena de los tontos y Anastasia. Su hijo, Ricardo Gallo, cuenta que la persona que hacía esos tableros se llama Enrique Montaña, quien trabajó en el Astral desde los 18 años hasta su jubilación. En algunas oportunidades se sumaba Baldomero Gómez, otro boletero.
Los tickets, recuerda Rottemberg, dependían de la Imprenta Modelo, de los hermanos Resnik. Era la única que tenía las máquinas para imprimir las entradas. Los mismos podían venir fechados o con los nombres de los días sin fechar. A partir de ahí una personas o varias, cargadas de paciencia, tenían que hacer uso de los sellos de goma con fechadores para poner el día y el horario de función. Lo de la paciencia era fundamental: para una sala como el Gran Rex, con 3200 butacas, podría ser que para un día con cuatro proyecciones cinematográficas (la mayoría de las salas teatrales fueron cines en sus inicios) los boleteros tuvieran que sellar infinidad de entradas que había que enrollar con la ayuda de un clavo. Para entender la dimensión de este proceso vale reparar en una jornada del Gran Rex: para cubrir las 4 funciones diarias y enrollar los tickets de la platea y el súper pullman (el pullman era sin numerar) demandaban 13.600 sellos. Para sumar más pasos a este trabajo artesanal, al momento de la compra, el boletero, en algunos casos, debía abrocharle el ticket fiscal.
Para cumplir con ese protocolo era clave tener a mano sellos, tinta, abrochadoras, sus ganchos y clavos para lo que, desde hace un tiempo, se resuelve con computadora y, si fuera necesario, una impresora. Otro signo de los tiempos.

Cuenta Andrés Cordero, del Gran Rex, que como las entradas se vendían con anticipación se necesitaban varios metros cuadrados de las paredes de las dos grandes boleterías para que el futuro espectador pueda elegir. Aunque se trate un teatro de dimensiones desbocadas, se vendían con 5 días de anticipación porque no había espacio físico para colocar los tableros. En otros teatros, como el Astral, se vendían con 7 días de antelación. En la actualidad, con meses de anticipación, unas 20.000 personas adquirieron sus tickets para Charlie y la fábrica de chocolate hasta 10 días antes de su estreno.

El paso de esa vieja modalidad de venta al universo de plataformas más reconocidas (Plateanet, Ticketek o Tu entrada) no fue de un día para el otro. Ricardo Gallo recuerda que en el Astral el primer espectáculo para el cual se sumó venta remota fue vía Ticketron. El telón de la compra virtual se puso en práctica para La dama y el vagabundo, con Moria Casán, Miguel Ángel Cherutti y Nito Artaza. Aquello fue en la temporada de 1998 en la que estaban en cartel obras como Sacco y Vanzetti, El diluvio que viene y Gypsy, entre otros títulos. El anuncio de la llegada de Ticketron al mercado fue musicalizado con bombos y platillos. La modalidad se presentaba como “la nueva manera de comprar sus entradas para los mejores espectáculos con teléfono y su tarjeta de crédito”. En las salas de Rottemberg, la llegada de la venta a distancia fue para la inauguración de Multiteatro, con Ticketmaster, en la temporada de 2001.
La migración de la venta telefónica a las plataformas fue posterior. Plateanet se fundó en 2007 en tiempos en los que no existía WhatsApp ni Instagram ni el comercio electrónico como lo conocemos hoy. Apostaron a la venta telefónica gracias a su propio call center. Con el paso de los años, la modalidad de venta migró de la atención telefónica a la web. La pandemia hizo que esta modalidad de compra de localidades diera un salto radical.
Volvamos a los viejos tableros. Si realmente fue un invento argentino faltarían datos para asegurarlo. Por lo pronto, en el histórico Teatro Obraztsov, de Moscú, en la boletería hay, como registro de otros tiempos, una maravillosa maqueta que reproduce toda su sala con escenario, platea, palcos y bandejas para que el espectador imagine su ubicación. En el Metropolitan Opera House, de Nueva York, antes de la llegada de las pantallas se mostraba un plano de la platea plastificado. En la Scala de Milán el boletero enseñaba al público planos de las salas con sus butacas.
El libro No hay más localidades, verdadera memoria de la actividad teatral, lo escribió Carlos Rottemberg. “La boletería de un teatro es un punto de encuentro que supera el hecho de vender entradas”, asegura en uno de sus capítulos en el cual cuenta una anécdota de 1988, en Mar del Plata, que da cuenta de este espacio como caja de resonancia de la actividad. Tras conocerse la noticia de la muerte de Alberto Olmedo, el productor fue a la boletería del Teatro Tronador, en donde se presentaba Olmedo y una de las salas que le pertenece, para instrumentar la devolución de las entradas. “Turbado aún por la noticia [de su muerte], escuché a un señor que calificaba de irresponsabilidad empresaria el no haber previsto una reemplazo para Olmedo”, narra, con asombro.
Este mes Rottemberg sacará su segundo libro, Pasen y lean (Editorial Losada). La imagen de esta nueva publicación hace foco en aquellos viejos tableros y un ticket actual con su respectivo QR como dos signos de época. Sea de un modo u otro, el ticket papel o un código a escanear ofician de la primera llave para que se inicie el viejo y mágico rito teatral.
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