Diez personajes para dos actrices

Leni González
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15 de noviembre de 2019  

Sentada en una casa de vidrio

Nuestra opinión: muy buena

Libro: Paula Ransenberg. Elenco: Paula Ransenberg y Daniela Catz. Dirección: Marcelo Nacci. Sala: Timbre 4, México 3554. Funciones: viernes, a las 20.30. Duración: 70 minutos.

Si bien esta vez actúa junto a su colega y amiga Daniela Catz, el último proyecto de Paula Ransenberg retoma las huellas de sus anteriores unipersonales. En Sentada en una casa de vidrio, hay una línea narrativa central que se ramifica frenéticamente en otras andanzas cada vez más enrarecidas. Estas dos versátiles intérpretes, dirigidas por Marcelo Nacci, se reparten la composición de diez personajes, algunos inspirados en la realidad.

La Autora, una mujer agobiada por la rutina de esposa y madre, quiere volver a escribir. Para eso invoca a una de sus viejas creaciones, Rapiña, personaje de Solo lo frágil, referencia que no importa conocer, ya que la información necesaria se repone en los diálogos. Para entusiasmarla, la Autora le propone interactuar con los flamantes engendros que imaginó como Marie Curie y su hermana Lidia, o el Gigante González y Pesca, la mujer pez.

Todos ellos, además de Rapiña y la muñeca Michiquita, "viven" en la cabeza de la Autora donde pujan por protagonizar la caótica búsqueda de algún sentido. Una puesta surrealista es la que eligió el director para presentar al público este paisaje mental: espacios creados por luces y sombras, objetos por el piso (muñecos bebé, una masa gelatinosa como chicle, un cubo de múltiples usos) y una puerta umbral que puede trasladarse. Al igual que la escenografía, el vestuario (diseños de Alejandro Mateo) se adapta a la perfección a la misma velocidad creativa de las actrices, que son -por encima de cualquier otro elemento- el motor de la obra. Un motor que no para, sin cesar de una máscara a otra y que tiene, en la inagotable energía comediante de Ransenberg, la principal llave para combinar el absurdo y la comicidad: el efecto es hilarante, por ejemplo, cuando personifica al olvidado y una vez famoso Jorge González, el chaqueño de 2,30 metros, basquetbolista y luchador en los Estados Unidos. Aunque por momentos la obra resulta confusa por la sobrepoblación de voces y microhistorias, es la prepotencia de la actuación, brillante y casi enamorada de sí misma, que envuelve a los espectadores y los conduce hasta el final.

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