Dos mujeres en un triángulo amoroso
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"La brisa de la vida" , de David Hare, en versión de Fernando Masllorens y Federico González del Pino. Intérpretes: María Leal y Rita Cortese. Escenografía: Alberto Negrín. Iluminación: Jorge Pastorino. Dirección: Alejandra Ciurlanti. Duración: 73 minutos. En el teatro Regina.
La literatura en general y la dramaturgia en particular tienen un extenso repertorio sobre el tema del triángulo amoroso. Es difícil innovar sobre esta problemática que encierra a tres personas en un conflicto sentimental.
Pero lo que propone en este caso David Hare tiene sus visos de originalidad. La obra presenta a dos mujeres mayores: la esposa y la amante de un mismo hombre, con la variante de que éste las abandonó para irse con otra mujer más joven. O sea, que ninguna de las dos puede considerarse una triunfadora.
El encuentro escapa de los enfrentamientos habituales, de los rencores acumulados, del despecho por tener que compartir sentimientos. Es lógico: no tienen nada que disputar, solamente develar el pasado, y en ese retroceso en la memoria se definen las características de cada una de las protagonistas. Simplificando, se puede decir que una, la amante, es una intelectual, liberal, que, en su juventud, fue militante activa en pro de la humanidad; la otra, la esposa, es una mujer de familia, preocupada por atender a su marido y cuidar a sus hijos.
Y con esta diferencia caracterológica, el autor empieza a desgranar el pasado de cada una, lo que coloca a las protagonistas en un enfrentamiento constante que permite el crecimiento dramático, con un diálogos certeros, con algo de amargura y mucho de mordacidad.
Hare vuelve a demostrar la habilidad y delicadeza con que puede ingresar en el mundo femenino, sin delatar su propio género, ni sumar una mirada condescendiente. Algo similar a lo que demostró, como guionista, en el film "Las horas", o en las obras "Plenty" o "Amy´s View".
Personajes potentes
Para que dos personajes sostengan durante más de setenta minutos la tensión dramática de la pieza son necesarias dos actrices potentes que puedan, mediante el diálogo, armar el crecimiento dramático que lleve al desenlace.
En este sentido, Rita Cortese, como la amante, tiene caudal para cargar las tintas con una fuerza emotiva que podría calificarse de visceral. Casi habría que asegurar que es la actriz ideal para encarnar a este personaje.
María Leal, la esposa, apoyada por las características de su criatura -una mujer contenida que cuida siempre las formalidades-, elabora a su personaje desde una composición exterior que no tiene fisura, pero tampoco emociones, y esta carencia desnivela el duelo interpretativo y resta potencia al enfrentamiento.
En cuanto a la dirección de Alejandra Ciurlanti se notó sobre todo en la puesta, porque había algunas acciones físicas, muy marcadas y ajenas a la situación, que resultaron un poco artificiosas, como la escena de la comida o cuando las protagonistas se apoyan en las paredes laterales.
Por lo demás, la escenografía de Negrín abrió acertadamente el escenario para que el drama tuviera espacio para desarrollarse. En cuanto al diseño de luces de Jorge Pastorino acompañó las secuencias dentro del estilo realista que propone la pieza.





