Ecos de Shakespeare en el norte argentino

Moira Soto
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1 de octubre de 2016  

Adela está cazando patos / Libro y dirección: Maruja Bustamante / Intérpretes: Bárbara Massó, Yanina Gruden, Paula Schiavon, Ariel Pérez de María, Diego Benedetto, Luis de Almeida, Julián Chertkoff / Vestuario: Federico Castellón / Escenografía: Grupo Capicúa / Iluminación: Sebastián Francia / Asesoría musical: Gonzalo Pastrana / Sala: Espacio Callejón, Humahuaca 3759 / Funciones: domingos, a las 16 / Duración: 90 minutos / Nuestra opinión: excelente

Qué tragedia de venganza tan generosa resultó Hamlet: ha dado para casi todo en las tablas, el cine y la TV. A veces, rigurosamente respetada; a veces, harto adaptada. Hasta llegó al dibujo con un Rey León en la sabana africana, tan lejos de Dinamarca como la provincia de Formosa, donde transcurre -en 5 siestas- Adela está cazando patos. Un estreno donde Maruja Bustamante reescribe escénicamente y desde el texto, la obra de igual título que presentara hace ocho años revelando un talento original y desbordante.

Si en aquella versión libre Bustamante apelaba a una cierta paleta pop en lo visual y a una tonalidad menos grave en las actuaciones, en esta reformulación con nuevas escenas, todo se oscurece: las ropas, los muebles y hasta la pileta son negros. Y las pelotas de plástico azul que, en un gran hallazgo, representaban el agua en 2008, ahora devienen renegridas en ese espacio donde se alternan la violencia, el erotismo, el ocultamiento o el simple remojón para aliviar el ardiente verano. Apenas reluce algún aderezo -como el colgante con el signo hippie que lleva Olivia/Ofelia- y resaltan los patitos amarillos de juguete que cada tanto caen sobre la escena iluminada -eso sí- con gran destreza por Sebastián Francia.

Muchas actrices, desde Charlotte Clarke en el XVIII hasta Maxine Peak en el Royal Exchange de Manchester en 2014, han actuado al esquivo príncipe. Bustamante propone a una Hamlet mujer, Adela, hija de un importante político enriquecido que acaba de morir. La acompañan una amiga enamorada, Olivia; su mordaz y elusivo hermano, Ulises, a cargo del siempre inquietante Diego Benedetto; su madrastra Magdalena, una tilinga prejuiciosa con la que Paula Schiavon se hace un sutil festín, y a su modo da consuelo a Adela el ayudante Francisco, a quien Julián Chertkoff confiere la necesaria inocencia.

En la primera siesta se cuela, ridículamente travestido, el difunto padre que ha asumido el espíritu del duende litoraleño Yací Yareté, negando haberse suicidado y pidiendo a la doliente joven que encuentre al culpable. La tragicómica situación, que se repetirá con variaciones, da pie a Luis de Almeida para rendirle emocionante homenaje, acaso no premeditado, a Alejandro Urdapilleta. Y al cierre de esta siesta inicial llega el tenebroso Chakal -a cargo del imponente Ariel Pérez de María-, amigo del finado ("era como mi hermano"), con ánimo autoritario y dispuesto a coquetear con varones y mujeres. No es por cierto el único personaje ambiguo en esta obra de acentos en la que prevalece una sexualidad fluctuante.

Como siempre en las creaciones de Bustamante, la música y el canto se incorporan orgánicamente, ya se trate, entre otros temas, de "María va", "Estudiante del interior" o, en un glorioso contrapunto entre Olivia -otra admirable composición de Yanina Gruden- y el padre, "Cementerio de mascotas". Una vez más, la dramaturga y directora incursiona con conocimiento en el país profundo: en este caso, una provincia feudal donde los indígenas han sido despojados, atropellados. No por azar aparece un cartel ("Alo anaxai, mujer valiente") en idioma qom.

Bárbara Massó es una Adela conmovedora, en conflicto con su entorno, que se compromete de buena fe con la demanda paterna aunque la aceche la fatalidad.

Por: Moira Soto

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