
El camino de Helen Martins
Una fascinante historia que cautivó al autor sudafricano
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"Miss Helen era una bonita mujer cuando joven y resultaba difícil reconocerla cuando vieja. No se preocupaba, parecía un espantapájaros. Andaba siempre en overol, nunca se cuidaba." La que habla es Freda van Heerden, antigua amiga de Helen Martins. Ese personaje que tanto fascinó a Athol Fugard, el autor de "El camino a la Meca".
En un extenso artículo de Mireya Robles, escritora radicada en Sudáfrica que fue hasta la antigua morada de Helen atraída por la obra de teatro, la autora se entrevistó con Freda van Heerden y con Getruida Claassen, otra vecina de "Miss Helen", como todavía la llaman en el pueblo. Son ellas las que cuentan la vida y obra de esta particular habitante de una remota aldea del área semidesértica del Karoo (palabra "hotentote" que significa "tierra roja")
"Nació aquí, estudió para maestra. Al terminar sus estudios se casó en seguida. Se divorció al año siguiente. Enseñó en Transvaal. Allí recibió la noticia de que su madre estaba enferma y regresó a Nie Bethesda para cuidarla. Se quedó aquí a cuidar a su madre y más tarde, a su padre. Cuando ambos murieron, comenzó a crear las figuras del patio. Sacó las imágenes del libro de Omar Khayyan, el "Rubáiyát". Casi todo viene de ahí. Le atraía la luz. En el alféizar de cada ventana ponía espejos y, sobre éstos, velas. Cuando se encendía las velas se creaban hermosos reflejos. Trituraba los vidrios con una máquina de moler carne o en un molino de café", cuenta Getruida.
Freda añade: "Cuando uno le preguntaba si podía traer gente a su casa, ella decía que le tomaría una hora encender todas la velas y que, recién entonces, podía traer a toda la gente". Una hora le tomaba llenar de luz su casa y 25 años le tomó hacer todas las estatuas que rodean su morada. Para darle forma a esas esculturas hacía las figuras con alambre y sobre eso ponía cemento y las recubría con los vidrios triturados.
"Cuando ella vivía -agrega Freda- todo el mundo hablaba de "La loca". Hasta yo hablaba así. Muchos años después me di cuenta de que no estaba loca, que ella tenía derecho a vivir como vivía."
Helen Martins se suicidó en 1976, a las 78 años, tomando soda cáustica. Dejó una carta en la que decía que se estaba quedando ciega y que así no valía la pena vivir. "Ella habría preferido matarse con un revólver, si lo hubiera tenido -cuenta Getruida en el relato escrito por Mireya Robles-. Se dice que se suicidó porque se estaba quedando ciega, pero hay mucho más que eso. Estaba profundamente deprimida y ésa fue una de las razones. Otra razón es que, posiblemente, padeciera hambre y frío. Seguramente habrá otras razones, pero no nos tocó a nosotras revelarlas... Sí creo que le preocupaba no tener dinero, pero cuando vino su primo en un tremendo Cadillac negro y le dio plata, ella se fue a comprar cemento. No se gastaba el dinero en ella, siempre en cemento."
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