
El centésimo mono
Osqui Guzmán, en su rol de director, ofrece un planteo escénico que se impone por su belleza
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Dramaturgia y dirección: Osqui Guzman / Elenco: Marcelo Goobar, Pablo Kustnetzoff y Emanuel Zaldua / Diseño de escenografía y vestuario: Gabriela A. Fernández / Diseño de iluminación: Adrian Cintioli / Composición y producción musical: Tomás Rodríguez / Asistencia de dirección: Juan Manuel Wolcoff / Sala: La Carpintería Teatro / Funciones: jueves, a las 21; viernes, a las 20 / Duración: 90 minutos.
Nuestra opinión: muy bueno.
Osqui Guzmán toma como si fuera una especie de leitmotiv la teoría del científico Lyall Watson del centésimo mono. En ella Watson sostiene algo que podría explicar problemas de transmisión de conocimiento entre las especies, incluyendo a sujetos distantes en el espacio. Puntualmente, él estaba experimentando con una nueva alimentación en un grupo de monos y habría comprobado que en determinado momento la transmisión de ese nuevo conocimiento -cómo lavar una papa- se había transmitido no sólo a todo el grupo sino también a individuos de esa misma especie de otras islas. Y si bien Guzmán no hace una representación de la teoría sí ella está presente de manera reiterada en el espectáculo.
Desde el punto de vista estrictamente argumental -y con el fin de no adelantar nada de relevancia para el disfrute del espectador- diría que se trata de un espectáculo profundamente poético, que nos introduce en una especie de mundo inconsciente, liberado de las leyes que rigen y gobiernan nuestra razón. Y que una vez allí el tiempo y el espacio adquieren otra textura y otras capacidades. Y Guzmán logró plasmar ese universo escénicamente con toda la poesía que la magia puede tener cuando no jugás estrictamente con el efecto mágico sino con la ilusión que pone en crisis el sistema racional de comprensión.
Los intérpretes probablemente sean el eslabón más fuerte de este espectáculo, ya que logran no solamente llevar a cabo trucos de magia con verdadera maestría, sino que además saben jugar con las energías y las tonalidades de manera muy interesante. Porque cuando se enfrentan al amor, a la muerte, a la humillación, al olvido, a cada uno de los momentos que la obra describe con suaves pinturas, ellos pueden jugar y emocionarse con la escena.
El vestuario y la iluminación son grandes partenaires en este show, pero quien se impone con fuerza es el trabajo de composición musical, a cargo de Tomás Rodríguez, ya que logra -sin imponerse- acompañar al espectador por cada uno de los momentos por los que debe transitar. Tal vez la única zona gris de El centésimo mono sea la dramaturgia del propio Guzmán, que promediando el espectáculo parece perder cierto rumbo, y no porque sea poética en su estructura. Pero esto es probablemente un dato absolutamente menor ante un planteo escénico que se impone por su belleza.
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