
El desenlace, una decisión difícil
Según Aristóteles, las obras de teatro, así como toda narración, deben tener un planteo, un nudo y un desenlace. En el desenlace, la intriga es solucionada y el público se irá a su casa satisfecho. Si es una tragedia, el ánimo del espectador quedará lo bastante sacudido como para sentirse aliviado de sus propios pesares; de paso, tal vez aprenda algo útil para su vida de relación. En su Diccionario del teatro , Patrice Pavis enuncia: "En la dramaturgia clásica el desenlace se sitúa al final de la obra, justo antes de la peripecia, en el momento en que las contradicciones se resuelven y los hilos de la intriga son desenlazados". La peripecia era, en esa dramaturgia clásica, "el momento en que el destino del héroe toma un curso inesperado. Se trata, según Aristóteles, del paso de la felicidad a la desgracia, o inversamente".
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La consigna era -siguiendo a Pavis- "que el autor concluya el drama de una manera verosímil, concentrada y natural [ ]. El espectador debe obtener todas las respuestas a las preguntas que se plantea acerca del destino de los protagonistas y sobre la conclusión de la acción". Sobran los ejemplos de esta preceptiva, que fue obedecida, al pie de la letra, por los dramaturgos durante siglos, hasta fines del XIX. Ibsen se propuso serle fiel, pero su pesimismo fundamental lo traiciona hasta el punto de recurrir al suicidio cuando el personaje no tiene una salida "verosímil, concentrada y natural". Así en El pato salvaje, Hedda Gabler, Rosmersholm . Digamos que es una manera relativamente fácil de desatar los nudos, no muy alejada del famoso deus ex machina , el dios que la maquinaria barroca hacía descender en una nube "para quebrar una situación bloqueada" y terminar con los conflictos.
Si bien los trágicos griegos no siempre obedecían a Aristóteles (¿qué es del rey ciego y errante, al final de Edipo en Colono , cuando entra en una caverna?), lo que hoy llamamos "final abierto" aparece en los tiempos modernos y tal vez haya sido Chejov el primero -o uno de los primeros- en utilizarlo. En sus dramas hay un desenlace, pero quedan abiertos muchos interrogantes: ¿cuál será el destino de Nina, en La gaviota ? ¿Y el de Vania y su infeliz sobrina, en Tío Vania ? ¿Y el de Liuba, Ania y Trofímov, en El jardín de los cerezos ? ¿Y el de Las tres hermanas ? Los finales de Chejov son engañosos, abren puertas a muchas conjeturas. Y no sólo en su teatro, también en sus cuentos: digamos, de paso, que uno de ellos, La muerte del obispo , es una obra maestra de "final abierto".
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Es Pavis, una vez más, quien completa así su definición del desenlace: "En cambio, una dramaturgia abierta (épica, o absurda) se negará a dar a la acción un esquema definitivo y resuelto". La dramaturgia épica -conviene aclararlo- se refiere al teatro de Brecht. Resulta evidente que el absurdo no puede soslayar esa apertura final, que está en su esencia misma y que es la consecuencia (se diría casi natural) de una visión lúcida y desencantada del mundo, tal como los hombres hemos querido que sea y lo sufrimos en este tiempo que Rimbaud, proféticamente, llamó "de los asesinos".
Podríamos citar como antecedente local la última escena de La zarza ardiente , del siempre sorprendente y adelantado José González Castillo. Hoy, la dramaturgia argentina es tributaria (no podría ser de otro modo) de aquellas dos corrientes principales, la épica brechtiana y el absurdo. No es que los finales abiertos le sean ajenos, todo lo contrario. Pero con una característica que en los últimos tiempos va acentuándose, en desmedro de la eficacia del producto. Se trata de la excesiva dilación para llegar al desenlace. Como si a los autores les costara desprenderse del libreto o desconfiaran de haber dado al público todos los elementos necesarios. Y entonces recargan las acciones y los parlamentos (sobre todo, los parlamentos), tensando en exceso una cuerda que hace rato se desgastó. No daremos títulos, pero la tendencia es verificable.
Hay en esto un doble riesgo. Estropear en sus últimos tramos un texto que muchas veces es excelente, y sobrepasar el umbral de atención de la audiencia, que en nuestros días no es de aguante largo. Claro que el creador se enamora siempre de su obra, como bien lo saben los pintores, los novelistas, los músicos. ¿Cuándo se termina, cuándo se debe hacer la dolorosa amputación? La paradoja está en que si el final es abierto ¿para qué prolongarlo inútilmente?
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