
El diario de Carmen
Una obra en la que el espectador tiene un papel fundamental
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Dramaturgia y dirección: Luis Cano / Intérpretes: Gaby Ferrero, Mauricio Minetti / Dirección de voces: Tian Bass / Realización escenográfica: Víctor Salvatore / Diseño interior, utilería y vestuario: Lorena Ballestero y Laura Rovito / Iluminación: Mariano Arrigoni / Asistencia general: Micaela Piccarelli / Sala: El Kafka (Lambare 866) / Funciones: jueves, a las 21 / Duración: 60 minutos.
Nuestra opinión: buena.
En la cartelera porteña, hay obras para todo tipo de público: las que con el título nos dicen mucho; las que, tal vez por tratarse de una versión de una obra ya conocida, no nos dejan dudas sobre su historia, y están las que no nos dicen nada de nada. Este es el caso de El diario de Carmen, la nueva obra de Luis Cano. El programa de mano sólo nos arroja los nombres de la ficha técnica y entonces el espectador se convierte en pieza fundamental del armado de la historia.
Desde que el público entra a la sala y se va acomodando, los dos actores ya están ubicados en escena, en una escena pequeña que solamente tiene un sillón, un teléfono, unas puertas y ventanas, y algunos pocos objetos más que se irán usando a lo largo de la hora de función. Así, cuando finalmente la platea se termina de ubicar, la obra comienza o sigue porque, en realidad, lo que presenciamos es sólo un recorte, un fragmento, nos convertimos en una especie de voyeurs de la vida de estos dos seres extraños.
El diario íntimo en el que Carmen (Gaby Ferrero) escribe todo el tiempo casi de manera compulsiva es fundamental y es él el que nos va contando la historia: una mujer en soledad que jamás sale de ese living empapelado con flores y que con su remera floreada se va estampando, tatuando, en ese espacio donde se siente cómoda, segura, y es en ese diario, en ese lugar, donde inventa todo, escribe lo que quiere y no se sabe qué hay de cierto y qué de imaginado. Es que Carmen en ese diario puede recrear la historia como mejor le venga en gana sin que nadie la censure, porque está sola. El actor, Juan (interpretado por Mauricio Minetti), es su interlocutor, pero ella lo forma y lo deforma a su antojo. Y de esa manera se va convirtiendo en una especie de robot o de títere que hace los gestos que ella quiere y dice lo que ella le ordena. Tampoco sale nunca de esa habitación. No se mueve sin ella. El tiempo, los días, los climas e incluso los finales de las historias que ella cuenta son modificados a su gusto. Total, ¿quién se lo impide? Entonces, nos obliga a conocerla con pequeños datos: que trabaja hasta las cinco de la tarde en una oficina que tiene muchos pisos; que usa el subte para llegar a ella; que la vecina la espía. Lo demás debemos completarlo e ir armando una suerte de hipótesis para explicarnos el porqué de la soledad de esta mujer y el miedo que tiene al ring del teléfono, a salir a la calle, al timbre de la puerta. ¿Tal vez será por ese accidente que presenció en la vía pública tiempo antes? Las actuaciones de ambos son muy buenas y el hilvanado de los diálogos es tan preciso que se nos olvida que estamos en un estreno. Luis Cano, una vez más, nos fuerza a ser buenos y atentos interlocutores.






