
El duelo en clave de clown
Povnia / Intérprete: Lila Monti / Vestuario: Marisa Geigner, Javier Moyano / Escenografía: Valeria Álvarez / Diseño de luces: Ricardo Sica / Arreglos musicales: Agustin Flores Muñoz, Guillermo Rey / Producción general: Lila Monti / Asistente de dirección: Silvia Aguado / Dirección: Guillermo Angelelli, Cristina Martí / Funciones: Sábados a las 20:30 y domingos a las 20:00 / Sala: Teatro Beckett, Guardia Vieja 3556 / Duración: 80 minutos.
Nuestra opinión: muy buena
Lila Monti acaso sea una de las pocas clowns del circuito teatral porteño cuyo nombre significa algo para el público no aficionado a su lenguaje. Esa circunstancia acarrea cierta responsabilidad, pero también una ventaja: sus funciones se llenan de espectadores ajenos a esa escena que, a través de Monti, descubren las posibilidades del género. Y si a su nombre se suman los de Cristina Martí y Guillermo Angelelli -maestros del clown y directores de esta propuesta-, la conclusión llega casi de inmediato: hay que ir a ver de qué se trata Povnia .
Este unipersonal estrenado hace dos años, que se puede volver a ver por unas pocas funciones en el teatro Beckett, cuenta la historia de Una, inmigrante involuntaria llegada desde un país lejano que por una serie de catástrofes (el espectador nunca sabrá si humanas o naturales), desapareció del mapa. La protagonista no sabe muy bien dónde ha caído después de la explosión que dio fin a la historia de su territorio (aunque durante el transcurso del espectáculo se vaya dando cuenta de algunas cosas: como mínimo, de que está en un teatro y algún espectador participativo le advertirá que ahora vive en un país llamado Argentina).
Una no vivía sola en su país: sus camaradas -así los llama- Vladimir Kochievic y Piotr Popov estaban con ella en el momento de la tragedia. ¿Y después? Nadie, ni siquiera la protagonista, sabrá exactamente qué les pasó. Y en esa despedida a la fuerza de sus compañeros de toda una vida puede encontrarse el cimiento de la pieza. Povnia desmaleza, sin caer en sentimentalismos exagerados ni en humorismos desaprensivos, los estadios de un duelo: la incredulidad, el enojo, la tristeza y la aceptación -que duele menos, aunque duele al fin-.
Más allá de su historia -que recuerda a los abuelos inmigrantes, pero también a los refugiados actuales- hay algo ontológicamente teatral en Povnia que sorprenderá a los extranjeros del lenguaje clownesco: ¿cómo hace Lila Monti para mantener nuestra atención durante una hora y media sin usar casi ninguna palabra del castellano? El poder está en la actuación. Si las palabras establecen un puente común entre los actores y el público, también pueden volverse peligrosas: no son pocos los actores que, en un principio, sienten su papel hasta el momento en que comienzan a prescindir del sentido y se conforman con repetir los movimientos y las entonaciones con ánimo mecánico. Por las características de Povnia , Lila Monti no puede darse ese lujo. Y aunque pudiese, queda claro que no se lo daría. La construcción de un lenguaje común con los espectadores cae bajo su entera responsabilidad y ella la asume creando momentos de una emocionalidad apasionante a puro cuerpo: cada centímetro de sí misma, de su voz y de sus expresiones está puesto al servicio de su clown y de su historia.






