
"El monje", muy desconcertante
"El monje", versión por Marcelo Mangone y Edward Nutkiewicz de la novela homónima de M.G. Lewis. Elenco: Alejandra Bonetto, Alejandro Dufau, Heidi Fauth, Alfredo Noberasco, Edward Nutkiewicz, Verónica Pelaccini y Laura Raggio. Escenografía y vestuario: Alberto Belatti. Luces, sonido, puesta en escena y dirección: Marcelo Mangone. En Teatro Estudio El Bardo, Cochabamba 743.
Nuestra opinión: regular
Frente a los merecidos éxitos anteriores del grupo El Bardo, encabezado por Edward Nutkiewicz (las espléndidas versiones de la novela de Dostoievsky "El jugador" y de "Un enemigo del pueblo", de Ibsen, ambas abundantemente premiadas), esta adaptación de "El monje", el truculento relato gótico de Matthew Gregory Lewis (1773-1818), decepciona tanto como intriga. Podría ser consecuencia del cambio de domicilio, de la casa particular de Nutkiewicz en la avenida Independencia -que obligó a aquellos títulos a sacar partido de carencias enfrentadas con imaginación-, a este nuevo hogar de la calle Cochabamba, por cierto muy bien reciclado y con una ambientación muy grata, aunque demasiado cercano a la autopista, con el ruido consiguiente.
Más a fondo: no parece haberse hallado el tono adecuado para recrear las andanzas, en una España mítica -más que negra, renegrida-, del virtuoso monje Ambrosio, cuya aparente devoción tapona su auténtica naturaleza: sequedad de corazón y debilidad de la carne en cuanto la pérfida hechicera Matilde, disfrazada de novicio adolescente, le revela su verdadero sexo y le abre las puertas de la lujuria más desenfrenada. Ceremonias satánicas, rituales nefandos, vírgenes -una, loca, y otra, prudente- acechadas por varones ardientes, cementerios profanados, sótanos y mazmorras en intrincada red subterránea y cloacal, todos los ingredientes del género fueron convocados por el inglés Lewis (rico heredero de plantaciones en Jamaica, tenía veintiún años y un cargo diplomático en Madrid cuando escribió la novela, publicada en 1795) para urdir una trama pródiga en situaciones de una teatralidad portentosa y portadora de una furia anticlerical que no en poca medida contribuyó al éxito internacional de su libro. No por casualidad la primera traducción fue hecha en Francia, durante las convulsiones de la Revolución Francesa, y titulada "El jacobino español".
Versión sin inspiración
Asombra que esa evidente teatralidad, señalada por todos los críticos y comentaristas de la novela, no haya inspirado a los responsables de esta versión un registro más rico y menos ampuloso de las aventuras del depravado Ambrosio (quien no deja de tener, de vez en cuando, escrúpulos de conciencia). Tal vez en nuestros tiempos escépticos, este material tan sólo pueda ser abordado con ironía, haciéndole un guiño al espectador. Aquí el humor resulta involuntario, como en la escena donde el monje irrumpe en el cuarto de baño de la casa de Antonia, que se está duchando, y procede a violarla. Nada que ver con la atmósfera portentosa del original, lo mismo que un final incomprensible (Lewis respondía al espíritu de su tiempo, pero sabía controlar su material). La precaria resolución espacial (hay numerosos cambios de lugar), el uso de un lenguaje inadecuado -personajes de esta tesitura no pueden tratarse de vos: sos, vení, sentate, etcétera- y las actuaciones enfáticas contribuyen al desconcierto, al desacierto general.







