
El Ópera cumple 90 años: los fantasmas que “viven” en el teatro, los rincones ocultos y el detrás de escena de uno de los gigantes de la calle Corrientes
Fue fundado el 7 de agosto de 1936 por Clemente Lococo; LA NACION hizo un recorrido por el histórico edificio
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Hace 90 años. Más precisamente, la noche del 7 de agosto de 1936 se inauguró el Teatro Ópera. Se levantó en donde había funcionado el Teatro de la Ópera. Ese tramo de la avenida Corrientes no paraba de festejar la apertura de nuevos edificios producto del complejo pasaje de una calle angosta a una gran avenida. La línea C de subte tenía apenas dos años de antigüedad. El Obelisco se había inaugurado apenas tres meses antes. El Gran Rex todavía no existía. Eso sí: Mirtha Legrand ya estaba viva, era una pequeña de nueve años.
Detrás de este verdadero palacio de ensueño, como varias veces se lo describió, estuvo el empresario Don Clemente Lococo, un verdadero pionero que, con 23 años, ya había estado a cargo de un cine. Él fue el que decidió construir este verdadero palacio del cine y del teatro de estilo art déco diseñado por el arquitecto belga Albert Bourdon que tuvo varias etapas en estas nueve décadas. La familia Lococo se desprendió del palacio en 1997, cuando pasó a manos de la productora mexicana CIE. En 2010 se encaró otra reforma que trajo aparejado la publicación de un libro. El primer testimonio de esa publicación de lujo tiene la firma, justamente, de Mirtha Legrand. “Don Clemente Lococo era un perfeccionista que concibió salas impecables. Hasta llegó a perfumar la vereda del Ópera con un dispositivo que trajo de Estados Unidos. Era muy buen anfitrión y siempre nos invitaba a un grupo de amigos a ver películas en el Petit Ópera antes de su estreno”, describió. La actriz, antes de convertirse en conductora, estrenó allí la película La cigarra no es un bicho, que dirigió Daniel Tinayre.

El nacimiento del Teatro Ópera es producto de un acto de amor familiar, así lo contó Francisco (Pancho), el mayor de los cuatro hijos del legendario Don Clemente en una nota de LA NACION publicada hace 30 años. “Papá daba vueltas y vueltas y no se decidía. El viejo Teatro de la Ópera, de Corrientes 860, lo estaba esperando con una oferta de compra, para edificar una nueva sala sobre él. Lo mirábamos a la hora de comer y él hacía largos silencios. Así, varios meses. Hasta que, un día, mi madre [María Magdalena] llamó a papá y lo sentó enfrente. Lentamente, ella se llevó las manos a las orejas y se quitó unos aros de brillantes; de la muñeca deslizó una pulsera y añadió un anillo de mucho valor. ‘Falta lo que puedas poner vos, pero ya tenés lo primero para comprar el Ópera’, le dijo. A papá se le llenaron los ojos de lágrimas”, recordó.

La crónica de LA NACION dio cuenta de aquella apertura a la que asistió el presidente de la Nación, Agustín P. Justo. “Las 933 localidades del viejo teatro de la Ópera se han convertido en 2500. La monumental araña central, con reminiscencias de ilustres veladas, y los abanicos de lámparas de las curvas de los amplios palcos desaparecidos han sido substituidos por ese sistema de luces difusas, suave, blanca; a los adornos y a las decoraciones del cielo raso, sustituye un techo atmosférico, de estrellas parpadeantes y nubes pasajeras”, describió. Días antes, se había publicado un anuncio a una página anunciando la inauguración del Ópera.
Esa noche de hace 90 años tocó la Gran Orquesta Sinfónica de Radio El Mundo y se exhibió la película El sueño del Missisipi, versión de la comedia musical Show Boat, con Irene Dunne y Paul Robeson. Una semana después, se estrenó Tiempos modernos, de Charles Chaplin. Así fue que la leyenda del Ópera escribía sus primeras páginas doradas.
Una historia inabordable contada por su trabajador histórico
LA NACION realizó una extensa recorrida por este verdadero palacio guiados por Omar Ciprés, histórico electricista del Ópera. Empezó a trabajar, según calcula, en la sala cuando tenía poco más de 20 años. Hoy, tiene 72. Su padre había trabajado en el autocine que tenía Lococo y su primo fue operador de la sala. Al tiempo se sumó él. Durante años estuvo en la cabina de proyección ubicada en la última fila del pullman siendo testigo de historias protagonizadas por las grandes divas y actores de Hollywood y de la época dorada del cine nacional.

A lo largo de todos estos años de trabajo mantuvo contacto con los cuatro hijos de don Clemente: José, Magdalena, Clemente y Francisco. A veces iba a la casa del padre fundador del imperio para hacer algún arreglo. “Vivian dos personas en una casa con tantos comedores, tantos baños, tantas cuartos... Yo sabía que tenían mucho dinero, pero no sabía que era tanto. Por eso compraron tantos cines...“, se sonríe hablando de este clan familiar que administró, entre otros, a los cines Buckingham 1 y 2, el Suipacha, el Ideal y el Metropolitan, del centro porteño, y el Roca, el Argos, el Fénix y, el Pueyrredón.
Pero esta sala que se levantó en apenas nueve meses sobre un lote de 30 metros de ancho y 60 de fondo ocupó siempre un lugar protagónico en la dinastía Lococo. En el libro Los productores, editado por Aadet, cuenta que la sala poseía su propio bar, servicio de guardería infantil, jaulas para mascotas, pinoteca propia, surtidores de agua filtrada, cabinas telefónicas, una pantalla de 50 metros cuadrados, un escenario preparado para espectáculos teatrales con foso de orquesta y un microcine.
Omar Ciprés recuerda que en el subsuelo del hall estaba el Petit Ópera. Él estaba a cargo del proyector de carbón que había en el señorial microcine. El proyector de la sala era de lámpara y todavía hoy se lo puede observar descendiendo al subsuelo.

Cuando el Ópera dejó de pertenecer a la dinastía Lococo pasó a manos de la productora CIE. Daniel Grinbank fue durante un tiempo el rostro visible de esa etapa. En ese período se le realizó al edificio una profunda transformación para poder albergar a grandes musicales. En ese proceso, el Ópera perdió varios de sus signos constitutivos. De 2500 butacas pasó a tener 1852. Al trasladar los baños del hall central al subsuelo, el Petit Ópera, una sala de unas 40 butacas, dejó de existir y pasó a ser un espacio de uso eventual. Del viejo Teatro de la Ópera construido en 1871 en esa zona subterránea de este palacio quedaron dos murales realizados con venecitas. Uno de ellos quedó escondido en un pasillo interno. El otro, una verdadera rareza, en la pared de fondo del baño de hombres.

Al Petit Ópera se accedía por unas puertas que daban al imponente hall con su piso de mármol y “escaleras sobreactuadas”, como sostuvo en una publicación el arquitecto especialista en patrimonio Fabio Grementieri. Se cuenta que en una oportunidad los invitados fueron Juan Domingo Perón y Eva Perón. Al parecer, a ella le gustó tanto la sala que pidió a su esposo que se la comprara.
En la pared de la línea de edificación hay una reja de 30 metros de largo por casi 3 de altura. Con tensores y pesas, mecánicamente se eleva a nivel de la vereda para proteger la sala mucho más cuando la avenida Corrientes se transforma en lugar obligado de manifestaciones de protesta y festejos.

De presencias ausentes y amuletos
Por los pasillos imposibles de este palacio del espectáculo que habitaron los grandes nombres de la escena nacional circula Pepe, el gato de Omar Ciprés (“mi hijo”, según sus palabras). Hubo otro gato en el Ópera que, cuenta, tenía el don de ponerse a maullar debajo del escenario justo en escenas de necesario silencio.
En este nivel ubicado debajo del hall y la sala están las viejas cañerías que acondicionaban el aire de la sala. En un gran espacio cerrado está el viejo sistema de tuberías que servía para aclimatar a la sala. Al aire se le ponía perfume que llegaba hasta la misma vereda de la avenida Corrientes al 800. Art déco y glamour.
En repetidas veces a lo largo de dos horas de la recorrida Ciprés hace referencia a los fantasmas del Ópera. “En todos los teatros hay fantasmas...”, suelta al pasar justo en momentos en que el paisaje arquitectónico adquiere una atmósfera decididamente espectral. Cuentan que varios serenos renunciaron a su trabajo por el terror que les generaba la sala de noche cuando crujen los materiales producto de los cambios de temperatura.

En varios rincones imposibles aparecen fotos de Osvaldo Pugliese que ofician de amuleto para la buena suerte. Pugliese fue una de las tantas glorias de la escena que se presentó en el Ópera. José Alberto, a quien todos conocen como Beto, empezó a trabajar en la sala en los 70 como cadete. Hasta su jubilación fue el gerente de la sala que, en la actualidad, pertenece a la productora brasileña T4F (Time for Fun). En la publicación de cuando se hizo una nueva reconversión de la sala en 2010 a la que se sumó el banco Citi Argentina, el antiguo gerente de la sala recordó la vez que Pugliese le pidió que la recaudación de esa noche se la repartiera en partes iguales a los 10 músicos de su orquesta. Al parecer, la leyenda de “San Pugliese” como signo antimufa nació luego de un recital de Charly García. El sonido no funcionaba, tardaban mucho en solucionarlo; pero pusieron un disco de Pugliese y las cosas volvieron a su lugar. Charly García actuó en el Opera. También lo hicieron Luis Alberto Spinetta y Gustavo Cerati.
Ciprés recuerda una de las noches que debía presentarse Mercedes Sosa. Minutos antes de iniciar aquella serie de recitales en su vuelta del exilio vio a operadores y músicos gateando por el escenario. Estaban buscando la pluma de un caburé que la gran Mercedes siempre usaba. Apareció. Las cosas volvieron a su lugar.
De camarines, lavandería y hasta una sala de kinesiología

Debajo de la platea hay dos grandes pasillos a los que dan los camarines que están habitados por el numeroso elenco del musical Billy Elliot. En esta gran producción se cuenta la historia de un niño de 11 años de un pueblo minero que descubre la magia del ballet clásico. En broma, le dicen que quiere parecerse a Mikhail Baryshnikov. En esto de las historias circulares el gran bailarín ruso pisó el escenario del Ópera junto a Willem Dafoe dirigidos por Robert Wilson.

Entre este gran espacio hay una sala de lavandería, otra de descanso, un gran tanque de agua contra incendio, una sala de kinesiología, camarines de técnica y baños. Hacia el fondo de este gran terreno se llega al foso de orquesta desde el cual se tiene una vista privilegiada de la sala y al montacarga que se eleva hasta el escenario. A las 20, esta gran maquinaria se pondrá en movimiento porque empieza Billy Elliot.

La pared de fondo del terreno es la original del viejo teatro de la Ópera. El muro tiene 1,5 metros de ancho y está ubicado a 60 metros de las puertas de ingreso al teatro inspirado en el Radio City, de Nueva York, y el Rex, de París. Si bien se inició como sala cinematográfica en la que trabajaban unas 100 personas con el tiempo pasaron desde Marlene Dietrich a Rafaella Carrá, de Joséphine Baker a Edith Piaf, de Louis Armstrong a Björk.
La primera película que proyectó Omar Ciprés fue Verano del 42. “La última era con Marlon Brando en la que había una escena con un pan de manteca que era muuuy particular...”, cuenta, casi pudoroso, al pasar. La película era Último tango en París, de Bernardo Bertolucci, con Maria Schneider en aquella recordada escena.
Al ampliarse el escenario a fines de los 90 se perdió la embocadura original de la sala. También parte de las fachadas laterales del interior de la gran sala con sus balcones y esculturas. Algunos de ellos funcionaban como palcos. Se accedía a ellos por un pasillo lateral secreto. Con la sala ya renovada llegaron los grandes musicales. Cuando se presentó El fantasma de la ópera, Ciprés recuerda comentarios del público elogiando los efectos especiales. Uno de ellos era, en verdad, más que especial: algunos espectadores confundían a los murciélagos que circulaban en la altura del escenario con un truco de puesta.
La baticueva de Omar

Ciprés tiene su oficina, despacho, baticueva o escondite en uno de los sótanos de la sala. Ahí está su gato, sus fotos de Pugliese, su propio santuario. Con extremo cuidado y sentido de pertenencia regala a este cronista el penúltimo ejemplar de un programa de lujo de cuando la sala cumplió 20 años y otro libro de lujo. Entre sus cajones guarda una nota de LA NACION por los 60 años de la sala en la que aparece como entrevistado.
El día anterior a la recorrida escribió apuntes sobre la sala como ayuda memoria. Con letra sumamente prolija, en uno de sus párrafos recuerda que el antiguo dueño del viejo Teatro de la Ópera, Roberto Cano, vivía en la calle Suipacha y que llegaba por un túnel a su palco. Según la revista ilustrada por los 20 años del Ópera, el viejo teatro que estaba en este terreno tenía usina propia. El 25 de mayo de 1889, el dueño facilitó los cables a la intendencia para que por primera vez “el pueblo porteño festejara el día patrio a la luz de las lámparas eléctricas”.

Lo que el art déco dejó
En los halls del segundo y tercer nivel el art déco del edificio original se expande a sus anchas. Los mármoles traídos de Bélgica, de África y nacionales revisten los pisos y las dos escaleras principales de 4,60 m de ancho. A ellas se suman las fuentes macizas de mármol negro e infinidad de detalles únicos. Allí fueron a parar algunas de las esculturas que estaban en los palcos de la sala.

El baño de hombres del segundo piso está tal cual se inauguró. Una gran estructura central de mingitorios domina el espacio. Piso de damero blanco y negro y venecitas completan la estructura monumental. Cada baño contaba con un bebedero de mármol empotrado en la pared. En la puerta de algunos sanitarios hay un hueco tapado con cemento. Allí estaban los escupideros de bronce.

Desde esos halls se accede al pullman y superpullman con sus 934 butacas. Al ampliarse el escenario a fines de los 90 a la última bandeja de público hubo que profundizar su inclinación para tener una buena visual. Subir hasta la última fila da cierto vértigo. Con levantar la mano se toca el techo.
A un costado se divisa uno de los reflectores, los Brenograph Magic Lantern, que iluminaban el cielo. El otro reflector traído de Estados Unidos está ubicado en un lugar imposible: entre el techo de la sala y del mismo teatro al que se accede por una estructura colgante.

De esa misma joya solamente queda la estructura. Había dos salas en América Latina que contaban con ese efecto mágico. Se las llamaba atmospheric theatres, “salas atmosféricas”. En el hall del tercer nivel se preserva la barra original de más de 15 metros de largo del bar del Opera.

La cúpula del fantasma del Ópera
En el sector que da a la fachada están las oficinas que alguna vez ocuparon los Lococo. Se accedía por un ascensor de madera que se opera con la palanca original. Un piso más arriba, donde antiguamente estaba la cabina de proyección, actualmente es el espacio que usa el personal de sala.

A partir de ahí, a oscuras, se inicia una subida por escaleras circulares de concreto hacia paisajes tan reconocibles como imposibles. “El volumen vertical de la fachada es casi la metáfora de un faro”, asegura la página Moderna sobre el Ópera. El centro de la fachada es semicircular y su exterior está formado por una sucesión de franjas salientes unidas por paños. La franja central tiene un trabajo de estrías que se repite en el remate de los laterales que remite al rascacielos Chrysler. El Ópera remata en una torre escalonada retirada de la línea de fachada con ornamentación en bajorrelieve.
En el penúltimo piso hay un salón circular de piso de madera con grandes ventanales de doble altura. Como muchos de los vidrios están rotos depende del momento del día es un imponente loft de vista única que habitan palomas o murciélagos. Entre el estado de abandono, la falta de luz y las siluetas de la ciudad que se divisan a esa altura parece ser el escenario ideal para la segunda parte de El Eternauta.

Alguna vez, cuenta Ciprés, el salón se usó como sala de ensayo de baile. Luego, se lo usó como taller de diseñadores y pintores que confeccionaban la cartelería de las puertas de entrada ubicadas a varios pisos de este salón de panorámicas fantasmales.
Queda una escalera más, más angosta que la anterior. También a oscuras. Es el volumen que remata el gran faro de este palacio de ensueños ubicado a unos 10 pisos de la vereda. Desde sus balcones se divisan infinidad de postales reconocibles de la avenida Corrientes, pero desde una perspectiva casi surrealista. En otros tiempos se realizaban visitas guiadas hasta las alturas del Ópera. Claramente, ya no.

Desde las alturas todo parece estar tan fuera de escala que el monumental Teatro Gran Rex, ubicado justo enfrente, el que tiene más localidades y el que ocupa una superficie más extensa que el Ópera parece pequeño. Las dos grandes salas de avenida Corrientes al 800 parecen medir fuerzas apelando a estilos arquitectónicos opuestos.
Al Gran Rex, la sala de la dinastía de la familia Cordero que maneja Andrés Cordero, nieto del fundador, le tocará festejar sus 9 décadas de vida el año próximo. Ahora, este viernes, le toca celebrar su cumpleaños a la sala de la dinastía Lococo.

Aunque pertenezcan a estilos radicalmente opuestos, los une un mismo decreto presidencial: en 2011 se declaró a ambos edificios como Monumento Histórico Nacional.

