
El puente azul: ni el mar puede separar lo que se ama
El puente azul / Idea: Mariano Mazzei / Dramaturgia: Fernando Albinarrate / Intérpretes: Mariano Mazzei, Dolores Ocampo / Vestuario: Marisol Castañeda / Escenografía: Gonzalo Córdoba Estévez / Luces: Claudio Del Bianco / Música y dirección musical: Fernando Albinarrate / Producción ejecutiva: Sebastián Ezcurra / Coreografía: Alejandro Ibarra / Director asistente: Juan José Barocelli / Dirección general: Emiliano Dionisi / Sala: Centro Cultural 25 de Mayo. Triunvirato 4444 / Funciones: sábados, a las 20 / Duración: 65 minutos / Nuestra opinión: buena

Un puente está pensado, diseñado, para unir orillas. A veces esas orillas son reales, en otras ocasiones, son metafóricas. En ese sentido, el puente opera sobre alguna distancia o sobre alguna imposibilidad. El océano juega doble, distancia e imposibilidad sumadas.
Cuando la propuesta se inicia. También se apela a la distancia con el espectador. Cierto juego de ocultamiento. Posiciones enfrentadas entre los actores, una especie de pasarela por la que transitarán, más de una vez, sin verse. La distancia será la necesidad para inventar el puente: Un puente azul. Porque es un puente de agua. Ahora bien, la distancia no es sólo espacial sino también temporal. Las narraciones se entrecruzarán a partir de una serie de cartas familiares. Y la reconstrucción de la historia familiar se hará presente encarnada en los personajes que se alternan, se cruzan, se eluden.
El espacio escénico pensado por Emiliano Dionisi es acotado. Como la historia... mejor dicho: las historias. Una contemporánea, en el marco de un encuentro ¿azaroso? Y otra armada con los fragmentos de las palabras que las cartas articulan. Para cambiar de un personaje a otro, de una época a otra, de un tipo de vínculo a otro, los rasgos de transformación son mínimos. Una pieza en el vestuario, un gesto, un modo de poner la voz, o de modificar la posición del cuerpo.
En muchas ocasiones, las historias de amor antiguas, epistolares, suelen producir poca empatía con los espectadores. Nuestra actualidad comunicacional pone en un lugar inverosímil muchas de sus dificultades. La particularidad que tiene la dramaturgia de Fernando Albinarrate en esta obra es haber podido construir ese gesto empático. Se podría decir, pieza por pieza. Porque lo hace despacio, gradualmente. Primero enmarca, justifica. Luego va acercando al espectador de a poco, y se entra como quien se desliza en un relato ajeno para convertirlo en un lugar al cual se pertenece.
La dirección de Dionisi logra que todos los elementos contribuyan a esta inclusión del espectador en el relato. La cercanía entre el público y la propuesta escénica, el piano como una figura más en la construcción de la historia, las bellas canciones, los músicos que juegan en más de una ocasión a sumarse al planteo narrativo aunque sea con pequeños guiños, el trabajo con el lenguaje: distintos registros, en donde surgen las diferencias epocales y etarias, las voces de los intérpretes y, sin ninguna duda, el trabajo actoral que llevan a cabo Mariano Mazzei y Dolores Ocampo, que se desdoblan, crecen, viajan y nos hacen viajar con ellos en una utopía de la educación sentimental.


