
El regreso desde la muerte
"Volvió una noche." De Eduardo Rovner. Dirección: Alejandro Samek. Elenco: Daniel Marcove, Norma Pons, Elita Aizenberg, Víctor Notaro, Mario Labardén, Martín Coria, Luciana Dulitzky, Daniel Goglino y Mario Alarcón. Escenografía y vestuario: Stella Iglesias. Luces: Héctor Calmet y Miguel Morales. Música original y sonido: Sergio Vainikoff. Asesor coreográfico: Adelco Lanza. Producción ejecutiva: Romina Chepe. Asistente de dirección: Silvina Rodríguez. En Andamio 90. Duración: 90 minutos.
"Volvió una noche" se estrenó en enero de 1995, en el Paseo La Plaza, en Buenos Aires (con Mabel Manzotti y Claudio Gallardou, dirigidos por Julio Baccaro) y subió a escena en otros escenarios del mundo, con mucho premio incluido. De aquella puesta original se han hecho muchos cambios y hoy se reestrena con nuevo brío.
Durante diez años, Manuel fue a visitar a su madre al cementerio para contarle cómo le iba en su vida. Pero le mentía de acuerdo con las pretensiones de ella cuando estaba viva: que fuera médico, que tocara el violín en una orquesta de música clásica y que se casara con una chica judía, como ellos. La verdad es que a Manuel las cosas le salieron bastante diferentes. Cuando le cuenta que se está por casar, su madre se levanta de la tumba y se mete en su vida cotidiana para conocer a su futura nuera. Obviamente, la aparición del fantasma no sólo genera inconvenientes en la vida normal de Manuel, sino una tremenda culpa.
Más allá de bromear sobre la idishe mame, Eduardo Rovner habla de la relación madre-hijo, de la dependencia mutua y de lo incompatibles que a veces son las tradiciones y la realidad. Ilustra este concepto con un humor variopinto, que pasa de lo negro a lo mágico y a lo vodevilesco. A su vez, consigue un interesante juego entre consciente e inconsciente, y entre realidad y fantasía. Es muy bueno el aspecto fantasioso que ilustra el universo de los muertos.
La obra tiene ritmo y la dirección le agrega más. Alejandro Samek les puso musicalidad a los textos y consiguió hacerlos ágiles y, sobre todo, muy divertidos. Hay una sincronización perfecta en las entradas y salidas de los numerosos personajes y le incorporó a la pieza interesantes elementos del vodevil y de la comedia brillante.
En el comienzo, el espectador se encuentra con una escenografía realista (muy bien diseñada por Stella Iglesias). Hasta que los muertos empiezan a entrar al mundo de los vivos a través de las paredes de la casa. Este recurso es muy ingenioso, está muy bien logrado y pone al público del lado de la obra casi de inmediato, ya que son las escenas más simpáticas. En los tramos finales sería muy fácil caer en el facilismo melancólico y melodramático, pero director y actores evitan ese lugar común y optan por una ternura natural que siempre desemboca en el humor.
Aunque la moraleja es liviana, la obra deja un sabor que remite al que Maurice Maeterlink pone en "El pájaro azul": cuando el recuerdo es muy potente, es una invitación al reencuentro, a la visita de los seres queridos que ya no están.
La puesta en escena de Samek se rige a un solo ámbito y la iluminación crea el resto. Por lo general los climas generados por las luces son muy buenos, pero hay un detalle de luz lateral que, por momentos, revela el truco de las paredes.
Es notorio el trabajo conjunto de todas las áreas en este espectáculo. La musicalización de Sergio Vainikoff, basada principalmente en motivos judíos y en tangos, es esencial. Le da intensidad a esos momentos y, es evidente, esto también beneficia al trabajo interpretativo de los actores.
Muy buen elenco
Qué grato que es ver un elenco donde nadie desentona. Cada uno de los actores se presta gustoso al juego y a la sincronización que exigen la puesta y el libro.
Daniel Marcove maneja muy bien los diferentes matices del personaje protagónico, es vivaz y se presta muy gustoso al gag. Buena conocedora del género, Norma Pons tiene oficio y una presencia magnífica, aunque le ponga a la madre un tono algo confuso. Luciana Dulitzky acompaña bien y hace un buen contrapunto simpático con Marcove, en el rol de Dolly, la novia en cuestión. Mario Labardén, Elita Aizenberg y Víctor Notaro están deliciosos, como los fantasmas, y Daniel Goglino, correcto en su rol. Pero merecen destacarse los trabajos brillantes de Mario Alarcón, como Julio, y de Martín Coria, como el sargento Chirino. Sus entradas tienen un peso importante y saben muy bien qué cuerda tocar.







