
El señor de La Plaza
A los 35 años, Pablo Kompel es uno de los productores teatrales más exitosos del país
1 minuto de lectura'

En 1988, cuando tenía 22 años, a Pablo Kompel no le interesaba especialmente el teatro. Con su diploma del Conservatorio Musical, estaba más cerca de pasar su vida tratando de emular en el piano a su admirado Bill Evans que de lidiar con actores, directores y autores teatrales. En ese momento ocurrió algo que cambió su destino: su papá, el ingeniero y empresario Felipe Kompel, construyó La Plaza y le pidió que lo ayudara con la dirección artística del complejo.
En julio de 1989, el racimo de salas comenzó a funcionar. Doce años después –es decir, hoy, a los 35– se ha convertido en uno de los productores teatrales más exitosos del país, viaja por el mundo para comprar derechos de obras que intuye que podrían funcionar acá, organiza un concurso para detectar autores nacionales y aprendió a detectar las claves secretas para manejarse en el mar de egos inflamados en que suele transformarse el mundo de la escena.
Además, se dio tiempo para otras cosas. Entre ellas: producir películas, elaborar sus propias teorías sobre la situación del espectáculo en la Argentina, organizar un par de miles de recitales de música popular (en ese terreno, se dio el gusto privado de traer a otro de sus favoritos, B. B. King) y... dedicarse a la producción y comercialización de hortalizas, desarrolladas con el novedoso método de la hidroponía.
“Todavía hoy el piano es para mí una forma de desconectarme, pero en algún momento pensé en delinear una carrera profesional como músico. Siempre me tiró el jazz moderno, pero está bien que todo haya resultado así, porque el jazz, como el crimen, no paga”, bromea el señor de La Plaza, que hoy encuentra una gratificante compensación musical induciendo (“sin presiones”) a sus pequeños hijos a introducirse en los secretos del teclado.
¿Por qué el padre se metió de cabeza en el “proyecto muy alocado, pero apasionante” del teatro y arrastró al hijo detrás de él? El punto jamás quedará del todo claro. “No vengo de una familia con antecedentes artísticos, más allá de que mi madre tocaba el piano, no de forma profesional”, dice.
-¿Eras como tu colega Carlos Rottemberg, que de chico cuando iba al teatro en lugar de mirar el escenario se dedicaba a contar cuántas butacas habían quedado desocupadas?
-No, para nada. Esa es una anécdota que Carlitos no se cansa nunca de contar. En todo caso, para mí fue al revés. Si por alguna razón me atraía este mundo, nunca pasó por la idea de la boletería. Francamente, siempre me tiró más lo musical que lo teatral, y es curioso, porque aquí yo no produzco musicales...
Entonces ¿por qué dedicarse a producir? “Me interesó, porque al contrario de lo que mucha gente piensa yo no creo que el productor teatral tenga que ser sólo el que pone o el que consigue la plata, sino el que impone determinados criterios artísticos."
-¿Cuándo te diste cuenta de que tu olfato funcionaba?
-La verdad es que todavía no estoy muy seguro de que funcione -dice el dueño y regente de salas que son, en la ciudad, las que funcionan con el porcentaje más alto de entradas vendidas-. Lo primero importante que produje y que me viene a la cabeza es "Calígula", de Albert Camus, con Imanol Arias. No sólo porque trajimos una figura importante, sino porque consciente o inconscientemente me pareció haber encontrado allí un buen punto de equilibro: un producto que pudiera ser de calidad, artísticamente hablando, y que al mismo tiempo tuviera poder de convocatoria. Quizás alguien pueda decir que esto es un paraguas muy amplio, que puede abarcar muchas cosas. Y ojalá que sea así...
-¿Podrías producir cualquier cosa para La Plaza?
-Hay determinados géneros que es muy difícil que haga, como espectáculos de revista, y no lo digo despectivamente. Aquí tenemos varias salas unidas por un espíritu determinado, con otras actividades en paralelo. Para mí, La Plaza no es un envase, una cáscara camaleónica que hoy tiene esto y mañana aquello, como siento que, tal vez de manera más libre, trabajan otras salas de Buenos Aires.
-¿La Plaza siempre fue un negocio brillante?
-No, no, para nada. El teatro es un negocio de riesgo constante. Hay quienes dicen que hay que perder en diez para ganar en una. No sé si ésa es la proporción, pero no debe de estar muy lejos...
La hora de ganar
Esa "una" con la que le tocó ganar (está lejos de ser la única) sigue en cartel, con funciones que se adicionan todo el tiempo, y lleva un nombre que en su momento generó cierta polémica: "Monólogos de la vagina".
"«Monólogos...» es una obra que tuve mucho tiempo en el cajón. Casi dos años. Cuando compré los derechos, todavía no se había planteado en el exterior el formato de trío de actrices que después se consolidó, sino que era un unipersonal... En algún momento, llegué a pensar que no era una pieza para La Plaza, por las reacciones que podía causar."
-¿Es tu éxito más grande?
-Puede ser. Es importante porque representa un esquema de producción diferente. Aunque no sea del todo original, la rotación mensual de los elencos es una idea de la que me siento orgulloso. Es difícil decir cuánto del suceso actual se debe a ese esquema, pero yo creo que es buena parte.
-Esos elencos que salen se van desdoblando en giras por el interior.
-En el verano van a haber cuatro elencos simultáneamente, en distintas partes del país y en Uruguay. Aquí, en la Capital, ya está decidido que la obra seguirá en cartel al menos durante todo el año que viene.
Un amor complicado
En el reino de intereses diversos del joven Kompel, el cine ocupa un lugar especial. Usa una vez más el verbo "atraer" cuando se refiere al tema, y es persona que no divorcia el deseo de la acción cuando se siente atraído por algo. Sin embargo, después de unas cuantas incursiones -algunas, felices- no está produciendo cine en este momento.
"Es muy difícil hacer cine en la Argentina", se queja.
-¿Diste por cerrada esa etapa?
-En general, nunca doy nada por cerrado, pero yo creo que las condiciones para hacer cine aquí son muy duras, y que lo serán hasta que el Estado no apoye el cine plenamente, como parte de una política cultural. Eso es algo que sucede en países como Francia, Italia y España. Pero también en Brasil, para no dar solamente ejemplos del Primer Mundo.
-¿Pero no existe ahora mismo apoyo oficial al cine?
-Sí, pero ese apoyo siempre está muy sujeto a los vaivenes y a los humores de la política de turno. La famosa inseguridad jurídica que puede afectar a otras ramas también pesa en actividades como ésta, que no pueden seguir si las reglas de juego cambian de modo permanente. A un negocio que es de por sí muy riesgoso, sumarle este tipo de incertidumbre lo convierte en una aventura. Digo eso más allá de que siempre sigan apareciendo buenas películas.
Después sigue con los números. "Los niveles de inversión entre cine y teatro son incomparables -dice-, por lo menos con el tipo de teatro que regularmente se produce en el país. Una película promedio requiere diez veces más dinero que una buena puesta teatral."
Afinando la puntería
Kompel todavía extraña los tiempos en que La Plaza tenía su anfiteatro al aire libre. No sólo porque era un excelente pulmón para el complejo, sino porque ése fue el escenario para el que produjo infinidad de recitales que el público podía disfrutar sin pagar un centavo.
"Era esa época en que la gente que venía acá creía que éste era un espacio municipal. Por poco no nos preguntaban qué plaza era ésta", dice.
Hoy, el anfiteatro ha sido techado y fue concesionado como bar, otra mutación que habrá que cargar en la cuenta de la ley económica. "No me arrepiento de haberlo hecho. Era un espacio en el que había demasiados tiempos muertos." El empresario busca en la necesidad la justificación por la pérdida de oxígeno.
Claro, el complejo tiene sus demandas. Hay que alimentarlo, "es como un fuego al que siempre hay que echarle leña". Tratándose de un lugar básicamente dedicado al teatro, se debe interpretar que la mencionada leña simboliza buenas obras. Y también obras que vendan buena cantidad de entradas, ya que ése es el tipo de combustible capaz de mantener el hogar siempre vivo.
Kompel dice que encontrarlas no es tan fácil como parece, sobre todo cuando se buscan obras nacionales.
"Suena como si fuera poco defensor de lo local, pero en estos años hice mayoría de montajes de obras extranjeras. Siempre debo estar atento a lo que pasa en las plazas teatrales fuertes, como Nueva York, Madrid, Londres, Barcelona, París, Río o San Pablo."
-¿Qué es, más precisamente, lo que se busca?
-En esta búsqueda difícil de una propuesta de calidad más convocatoria de público que permita mantener una estructura comercial como ésta, siento que se ha tornado casi imprescindible en los últimos tiempos que el tipo de obra tenga un contenido humorístico importante.
-¿Y no lo encontrás entre nuestros autores?
-Falta determinado tipo de autor que encare materiales más ligados con la comedia. Para la gente en tiempos de crisis, elegir una obra de teatro es más comprometido que elegir una película. La gente puede fallar en la elección de una película, pero difícilmente eso la aleje del cine. En cambio, si se clava en el teatro es posible que no vuelva en meses a ver otra obra. Por otro lado, es sensiblemente superior el costo de las entradas teatrales, y ése no es un dato menor.
-Pero aquí debería haber cantidad de extraordinarios escritores...
-Sin embargo, yo creo que hay una falta importante de autores que piensen en el espectáculo integralmente, sin que esto signifique que renuncien a hacer pensar al público. Una obra como "Art" es una gran comedia, que tiene al mismo tiempo un contenido muy profundo. Estoy hablando de ese tipo de material, lo mismo que de "Humores que matan", de Woody Allen y David Mamet, de los propios "Monólogos...", de "El vestidor", que era una comedia dramática y a la vez muy divertida para el espectador.
Buscando esa franja ausente entre lo experimental, destinado a una orgullosa minoría, y lo masivo -que suele confundirse con lo de escaso vuelo o, sin ir más lejos, con lo burdo-, Kompel organizó su propio concurso literario. (Nota para dramaturgos interesados: podrán conseguir información adicional llamando telefónicamente al complejo.)
"No lo hago por una cuestión de imagen institucional, sino con criterio absolutamente productivo. Buscamos obras. Ojalá salgan de esta convocatoria. En ella hay una línea planteada acerca de los elementos que se buscan. Por eso no convocamos a un jurado de notables, porque la intención es absolutamente utilitaria: que sea una fuente de proyectos que se puedan llevar adelante", dice el empresario, apelando a la faceta más pragmática de una personalidad ya de por sí realista.
En todos los frentes
Producciones de teatro
"Calígula", con Imanol Arias; "Relaciones peligrosas", con Oscar Martínez y Cecilia Roth; "Humores que matan", de Woody Allen, David Mamet y Elaine May; "Sylvia", con Soledad Silveyra; "Bienvenida a casa", con Carmen Maura; "El vestidor", con Federico Luppi; "Inodoro Pereyra", con Santiago Varela; "Sinvergüenzas", con Arturo Maly y Fabián Vena; "El cuarto azul", con Soledad Silveyra y Osvaldo Laport; "La cena de los tontos", con Adrián Suar y Guillermo Francella; "Mamá está presa", con Favio Posca; "Huesito Caracú", de Hugo Midón; "Monólogos de la vagina", de Eve Ensler.
Para la pantalla grande
"Caballos salvajes", de Marcelo Piñeyro; "El dedo en la llaga", de Alberto Lecchi; "Territorio comanche", "Buenos Aires me mata", "Diario para un cuento".
En televisión
Ciclo "En escena", para canales de cable.
También la música
Produjo más de 2000 recitales de músicos nacionales e internacionales.
1- 2
El duro diagnóstico de Ricardo Darín tras el femicidio de Agostina Vega y su opinión sobre el gobierno de Javier Milei
3Maná regresa a la Argentina: dónde y cuándo será el show de la banda mexicana en Buenos Aires
- 4
Los Nocheros: cómo celebrarán sus 40 años, la ausencia que duele y la negativa al partidismo político

